El Palomar de la Breña
El indicador tipo flecha plantado en la mitad del camino entre Barbate y Caños de Meca solo anuncia dos cosas: “residencia de siglo XVIII” y un nombre: El Palomar de la Breña. Debo confesar que al principio lo que nos llamó la atención fue lo de una residencia antigua que se podría visitar. El viajero que se encuentra en la costa del Mediterráneo, sea en España, Italia, Francia, bajo la continua amenaza visual de los edificios nuevos de turismo masificado, tiene una sed enorme de “casas antiguas”. Si no para comprar una, por lo menos para visitarla y soñar. Lo del “palomar” no nos decía mucho y pensamos que era sencillamente el nombre del lugar o de la casa, con quien sabe que referencia remota. Pero nos equivocamos. Al final de un camino bajo las sombrillas de los pinos, que te da la sensación placentera y un tanto culpable de penetrar de verdad en la reserva natural del Parque de los Alcornocales, hay una residencia, que se ve hermosa, de estilo colonial y cuidadosamente restaurada, pero también un palomar. Un palomar de verdad, parece que el más grande del mundo conocido que ha quedado en pie y que el dueño del lugar te invita muy cortésmente a visitar. Pasando el recibidor de la casa, que ya se revela como un coqueto y acogedor hotel, llegas a una especie de patio rodeando un laberinto de muros salpicados de agujeros: una especie de urbanización para las palomas que antiguamente hacían de carteros. El camino hasta Madrid: un día. Igual de rápido hacían las palomas el viaje hasta Canarias y más aún: los barcos que venían cargados de oro y plata desde America no podían usar un medio de comunicación más seguro e imperceptible por los piratas que las palomas. Después de cinco días de navegación desde America, ya podían mandar una paloma que llegaba a Canarias en un día y luego, otra, desde Canarias a Cadiz.
Aquí donde ahora se puede visitar el palomar, hubo primero una corraliza (un lugar seguro para proteger el ganado durante la noche) y luego se convirtió en un sitio estratégico para le seguridad de la zona, pues es el único punto geográfico desde donde se divisaban todas la torres almenaras (que usaban fuego y humo para avisar los peligros venidos por el mar) desde Tarifa hasta Cádiz. Aunque la costa está a solo tres kilómetros en linea recta, el único puerto estaba a 8 kilómetros, así que el lugar estaba protegido por la distancia. De aquí, posiblemente, la sensación de cobijo, de sitio donde no te puede pasar nada malo, que El Palomar de la Breña sigue dando.
La hacienda, aunque edificada sobre piedras antiguas, es del siglo XVIII y muy típico del periodo. El principal dueño fue un aristócrata cultivado y de mente abierta que además contaba con el monopolio de la exportación de miel hacia America. Gran parte de las colmenas se encontraban alrededor, de aquí el nombre del pequeño pueblecito de al lado, San Ambrosio, el patrón de los apicultores.
El negocio de las palomas viajeras duró varios siglos en El Palomar de la Breña. Es curioso que en algún momento del sigo XVIII, principio del XIX, las palomas no sola valían para transmitir importantes mensajes, pero también para dar el precioso nítrito natural de sus excrementos, el mejor para la fabricación de la pólvora.
Solamente quedan algunas palomas, supongo que hoy en día usan los antiguos agujeros como alojamiento ocasional. Los dueños del hotel (el señor nos contó un poco la historia del lugar que encontró casi en ruinas hace 30 años) han sabido conservar esta huella sin parangón de un pasado no tanto remoto, cómo peculiar. Había una vez un gran negocio, él de las palomas viajera, que duró siglos y siglos y que viene incluso de más lejos. Móviles a mano, cobertura de internet free en todo el hotel, pasamos un rato inolvidable en el Palomar, tomando el café e intentando divisar la linea del horizonte mojada en el mar, mas allá de los pinos, de las palmeras y de la bonita alfombra de flores violetas que rodeaba el sitio. Igual que otros, en otros tiempos, buscaban las señales de las torres almenaras.












