Siempre he sido una persona demasiado fuerte, y gran parte de eso se lo debo a mi mamá.
Aprendí a no demostrar delante de los demás cuando mi mundo se estaba derrumbando. Aprendí a ser un roble, a mantenerme firme incluso cuando por dentro sentía que no podía más. Me convertí en ese pilar para muchas personas, en alguien que siempre está, que escucha, que sostiene y que muchas veces es necesaria para los demás.
Pero en medio de eso olvidé algo muy importante: que yo también necesito sostenerme.
Hace poco llegué a un punto donde me sobrepasé, donde mi propia fuerza ya no era suficiente y tuve que aceptar que necesitaba ayuda. Busqué a mi familia, los llamé a todos, y quienes estuvieron ahí fueron mi mamá, mi tía (que es mi mejor amiga) y mi prima, que es como una hermana para mí.
Ese momento me hizo entender algo muy grande: si yo caigo, también tengo un SOS. También hay personas que me levantan, que me abrazan y que no me dejan sola.
Me di cuenta de que realmente nunca he estado sola, simplemente me acostumbré tanto a poder con todo que olvidé pedir ayuda. Me guardé tantas cosas, cargué tanto en silencio, que se me olvidó que también tengo derecho a descansar en alguien más.
Y aunque todavía hay muchas cosas por sanar y superar, hoy agradezco tenerlas a ellas. Porque gracias a su amor, su presencia y su apoyo, sigo de pie enfrentando todo lo que viene.











