cierra los ojos solo para evitar hacer evidente el blanco que los tiñe ante negativa, el tiempo conociendo a la castaña haciendo que fuera de esperarse renuencia a su pedido. “nahla—” quiere contrariar pero se corta ante insistencia; mandíbula se tensa al ver que extiende la mano en su dirección y entonces sabe que no tiene caso ponerse a la defensiva. pero october, reacia a contacto físico y con la poca costumbre a ser objeto de preocupación, da un paso hacia atrás tan pronto como dermis roza foránea. traga maldición, se siente vulnerable ante tono empleado por contraria, y aunado a la rabia aún latente por encuentro anterior, siente que está por ponerse a temblar. “alguien estaba hablando mierda de queenie,” suelta por fin, y lo hace de mala gana. se gira hacia el fregadero y fija la mirada en sus nudillos, incapaz de alzar celestes para volver a encarar a acompañante, porque sabe que extinguiría sensaciones negativas, y por un instante desea abrazar su ira. desea sentir algo más que culpa, y si incontrolable sentimiento la opaca, pues que así sea. “es que— joder, ese imbécil estaba culpándola, ¿quién carajo se cree? no sabe una mierda, ¡nadie sabe una mierda!” palabras caen una tras otra con rapidez casi tropezando entre sí, repentinamente rompiendo el filtro y levantando un poco la voz, a la par que, en un remonte de enfado, golpea la superficie de la mesada con el costado del puño herido, sintiendo que el dolor se extiende por el resto de su brazo. los ojos comienzan a arderle, pero las ganas de llorar no son precisamente reacción al dolor físico. “así que lo golpeé— lo golpeé tanto que me rompí los putos nudillos con sus dientes, y hubiese seguido. hubiese seguido…” su voz vibra exponiendo fragilidad y desesperación, escozor que envuelve sus ojos crece, pero es tanta su necedad que se rehúsa a ceder. estaba tan enojada, que si no hubiesen intervenido, no sabe hasta dónde habría llegado. quizás sí era un monstruo después de todo. “no es justo. no es justo, joder, lo hice yo—” no logra controlarlo, su voz termina quebrándose. apoya ambas manos sobre el mueble e intenta recuperar el aire que comienza a faltarle, para terminar llevando su mano sana a su rostro y frotarlo exasperada— más bien, para ocultarlo. no llores, joder, toby. no te rompas. “no puedo hacer esto” murmura, de pronto sintiendo el bajón de energía. la conciencia le pesa. “solo… quiero… golpear cosas” suspira como si confesión fuese sinónimo de largo maratón, aún indispuesta a mirarla. la vergüenza comienza a arrastrarse por su interior— por primera vez siente pena por sí misma y sus arranques de ira. pecho sube y baja con densidad, mientras celestes ( húmedos, batallando contra rebeldes lágrimas que quieren correr ) permanecen sobre el fregadero, observando el pasar de turbios pensamientos.
Aunque brusquedad en rechazo ante contacto físico ocasiona que nudo aparezca en su estómago, no presenta disgusto ni insistencia, se limita a respetar espacio personal de su contraparte porque conoce en carne propia efecto repelente que cualquier cercanía puede despertar cuando lo último que se quiere es sentirse expuesto frente a ojos curiosos. Así que se abraza al silencio, otorga tiempo para que figura contraria desahogue verborrea a la que estado colérico da rienda suelta, y aunque menudo cuerpo respinga en sobresalto ante arrebato de rabia que lleva a la inglesa a golpear la mesada de la cocina, es un nudo en su garganta lo que aparece como reacción. Angustia crece y se esparce como hiedra venenosa conforme escucha relato, se ve envuelta en impotencia que genera lasitud en extremidades porque puede ver cómo de a poco pierde la compostura, y deseo por menguar su dolor retuerce sus entrañas, pero no sabe cómo detener inminente quiebre en su psique. Entonces, cuando nota cómo voz ajena se agrieta, el corazón se le encoge al tamaño de una nuez con una aflicción que hace doler cada partecita de su ser. Joder, daría cualquier cosa en ese momento por tener la manera de sanar cada rasguño, de mitigar cada tormento que aprisione tortuoso a la mente de su contraria. Pero no la tiene, por primera vez siente haber perdido control y su existencia se reduce a la de un pequeño ser humano cuyas intenciones por proteger al resto se vuelven en vano; desconoce soluciones con las que pueda remediar la situación, porque ella misma siente encontrarse al borde del colapso. Y aun así, con magullada anatomía implorando a gritos un respiro, encuentra la templanza necesaria para mantenerse en calma cuando, con pasos cautelosos, reduce nuevamente distancia interponiéndose entre las dos. “Toby,” su voz se mantiene serena, gentil, aunque cierto toque titubeante se deja entrever, en temor a provocar tosca reacción una vez más ahora que se encuentra cerca, “voy a abrazarte, ¿de acuerdo?” y no busca autorización, es más bien un aviso. Diestra se posiciona gentilmente sobre la columna de la mayor, suave caricia es propiciada con intención de apaciguar temperamento, antes de que delgados brazos se animen a rodear cuerpo ajeno por la cintura, con cuidado, como si temiera no otra reacción brusca de su parte, sino infligir más daño en ella. Después, cuando envuelve contra cuerpo propio al ajeno, su frente encuentra descanso sobre espalda y párpados caen rendidos. Un suspiro de derrota se escapa trémulo de entre labios, y se percata solo entonces de escozor en su mirada. Los brazos le tiemblan y tiene que aferrarse a October porque, en ese momento, el suelo parece desmoronarse bajo sus pies. “Está bien,” murmura con hilo de voz quebradizo, y una lágrima silenciosa cae por su mejilla, “estás bien, te tengo.” Pero nada de aquello está bien. Ninguna de las dos está bien, y duda que alguna vez lleguen a estarlo.