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La presencia de su compañero logró florecer una pequeña sonrisa en los labios australianos, siguiendo con la vista los pasos que daba hasta acortar distancias.— ¿Acaso tú no sudas? Creo que sí. —Respondió, dejando poro un momento aquel montón de prendas a un lado para mantener la conversación con el rubio.— ¿Te duchas a todas horas o qué? —Negó rápidamente con la cabeza, haciendo un gesto negativo inclusive con las manos, para remarcar que podía hacerlo sola.— Estoy bien, ya casi termino. Pero no me vendría mal un poco de conversación interesante. —Indirecta.
---¿Y si te dijera que no, que yo no sudo? ---. La cuestión en sí, era totalmente ridícula; propia de las bromas de Nikolai, que tenía un humor bastante extraño. Sin embargo, una cordial sonrisa cruzó el rostro del ruso, que ladeaba un tanto el rostro para mirar a su compañera, un tanto de reojo. ---Es difícil tener hedor cuando en realidad no haces muchas cosas que involucren movimiento físico... ---. Aquella lógica tendría al menos una pizca más de sentido, ya que le incomodaba un tanto el responder a la interrogante original de la muchacha. ---Conversación interesante, uh... ---repitió, recorriendo con la yema de sus dedos la ligeramente áspera piel de su mentón. ---¿Qué considerarías tú como interesante? ---la escudriñó con la mirada y una sonrisa afectada curvando sus labios.
—¿Y qué tiene de malo tener a un montón de chiquillos corriendo por todos lados? A lo mucho que te podrías enfrentar sería a las enormes ganas que te entrarían de unirte a ellos… ¡Yo sé lo que te digo! — lo señaló con el índice, dibujando una sonrisa en sus labios. —¿A una muchacha? — frunció el ceño con ligereza, achicando los ojos en su dirección. —¿Quién era? — alzó las cejas, cruzando los brazos sobre su pecho. —La pregunta más importante: ¿Por qué tenías que ayudarla tú? — pestañeó un par de veces, humedeciendo su labio inferior. —Pues yo estaba ocupada en, uhm, no sé, haciendo algo por el bien de la humanidad — alzó el brazo. —No coqueteando con algún muchacho — giró los ojos, exagerando. Elevó la mano derecha con la intención de cubrir la sonrisa que amenazaba con arrancar la seriedad que se había encargado de formar, pues ambos (estaba segura) sabían que se encontraba bromeando.
---Hasta que empiecen con las maldades, ---apuntó, alzando el índice para enfatizar el punto. ---Más cuando se es la coordinadora estrella del campamento y no quieres que los chiquillos se lastimen, ---añadió. Una mueca repleta de diversión fue lo único que fue capaz de dedicarle a su hermana con respecto a las palabras que ahora le dedicaba. ---Era a Maxine, ---soltó, sin borrar aquella mueca, que lentamente se convertía en una sonrisa. ---¿Porque estaba cerca? ---. Aquella respuesta, había salido más como interrogante, pero aún con la misma diversión, mientras casualmente se rascaba la nuca. ---Si coquetearas con algún muchacho, me gustaría enterarme también. Planearé cosas qué hacer si momentos como aquél se presentasen, ---afirmó, asintiendo un par de veces. La sonrisa aquella, le acompañó todo el rato.
Y era su turno de guardar silencio. —Porque lo es para algunas personas — respondió finalmente, asintiendo con la cabeza. —¿Has visto la reacción que tienen ciertos campistas al consumir grandes cantidades de azúcar? Al principio es gracioso, pero después… — se estremeció fingidamente, esperando obtener la seriedad deseada. —En realidad no eran míos — agregó, refiriéndose a los dulces. —Los he conseguido especialmente para los pequeños — anunció, la sonrisa decorando sus facciones. —Pero sí, he tenido más que suficiente — estuvo de acuerdo. —¿Qué hay de ti? ¡No te vi en la feria! — entornó los ojos en su dirección, colocando su brazo libre en forma de jarra.
Arrugó un tanto el ceño, la sonrisa desvaneciéndose en su rostro. Agradecía el no haberse encontrado con algunos de esos campistas con sobredosis de azúcar. Su hermana lo hacía oír un tanto... ¿perturbador, sería la palabra? ---¿Para los pequeños? ¿Quieres tener un montón de chiquillos corriendo de aquí para allá y devuelta? ---Ahora soltó una corta risita, que debió oírse un tanto boba para la contraria, cosa que no preocupaba a Niko si era en presencia de su hermanita. ---Estuve ayudando a una muchacha con sus tiros.... en ese de los patos, ---sonrió de lado. ---¡Yo tampoco te vi! Supongo que ambos andábamos un tanto distraídos, ---se encogió de un hombro, sin borrar aquella sonrisa de su rostro.
Parte del carácter de Maxine era ser ordenada con sus cosas. Pero lo que no vio venir es que, por quedarse dormida en una de las clases de manualidades, le tocaría un castigo tan… severo. Colocar toda la ropa sucia del campamento en color, blancos u oscuros, para poder lavarlas más tarde adecuadamente. Las muecas de Maxine denotaban perfectamente qué tan bien olían las prendas, preferentemente masculinas.— Ug, qué asco. ¿Cómo pueden ser tan guarros?
Carraspeó la garganta, para llamar la atención, apareciendo por las espaldas de la fémina hasta llegar su lado. ---No nos metas a todos al mismo saco ---arrugó el entre cejo mientras sonreía ladinamente, éste último gesto borrando casi por completo aquel tono ofendido que el ruso había utilizado. ---Habemos algunos muy limpios, ---apuntó, refiriéndose a él mismo más que nada. ---¿Te ayudo en algo? ---se ofreció, mirando de frente a la muchacha.
La coordinadora pestañeó en su dirección, frunciendo el ceño con ligereza y echando un vistazo a su alrededor, como si con aquella simple acción esperase captar a algún testigo. Más tarde suavizó sus facciones y permitió que una risa escapara de entre sus labios, pues tenía la intención de hacerle saber que se encontraba bromeando, como siempre lo hacía en situaciones similares a esa. —Lo cierto es que la tienes — suspiró, escondiendo la sonrisa que amenazaba con escapar. —Puede ser… — entornó los ojos. —¿Le dirás a alguien? — pestañeó y ladeo el rostro durante un momento. —He tenido suficiente, te lo prometo — agrandó los ojos. —Pero todo esto está destinado para los pequeños —.
Se quedó mirando los dulces por lo que pareció un largo minuto antes de que su rostro cambiara totalmente sus facciones por una inmensa sonrisa que, de no ser porque el rostro tiene sus límites en la vida real, habría salido de sus márgenes. ---¿Por qué hablamos de los algodones como si fueran alguna clase de droga? ---serpenteó una negación con la mitad superior de su cuerpo, casi. ---Yo creo que haz tenido más que suficiente. Por eso los regalas, ---ahora asentía, pero sin borrar la diversión de su sonrisa que ahora era más leve.
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Con la gran bolsa entre sus dedos la rusa se encargó de recorrer los primeros metros de aquel camino que la llevaría hasta las zonas que los más pequeños se encargaban de visitar, guardando la idea de que resultaría mucho más sencillo para ellos cumplir con ciertas actividades si la coordinadora les mostraba algún incentivo. Llegó a la conclusión, quizá un poco muy tarde, de que los algodones de azúcar que llevaba consigo superaban la cantidad que podría considerarse normal. Frunció el ceño y avanzó un par de pasos, dispuesta a deshacerse de unos cuantos. Echó un vistazo a su alrededor hasta visualizar a su víctima, Raisie decidiendo mover las manos en su dirección para así llamar su atención. Temiendo que aquellas acciones no hubiesen funcionado como lo había esperado, la rusa caminó un par de pasos. —Es tu día de suerte — comenzó, quizá un poco agitada. —La bolsa mágica está esperando a que selecciones algo de su interior — y entonces la extendió.
--¿Pero si no tengo a la hermana más buena de todo el universo? --exageró con aquella voz de hermano orgulloso que casi siempre empleaba con alguna de sus hermanitas, al más mínimo contacto con ellas. Movió los dedos en el aire antes de introducir su mano en la bolsa y sacar uno de los algodones. --¿Estás traficando algodones de azúcar, Rais? --cuestionó ahora, frunciendo el ceño y soltando una leve risa sofocada, mientas enfocaba la vista en su hermana. --¿Alguien no pudo con toda el azúcar? --Ahora su tono tenía una pizca de picardía sana.
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Cerró los ojos de inmediato ante la exclamación del contrario y llevó ambas manos a su pecho, casi como una reacción defensiva. Con la poca iluminación, no alcanzó a reconocer al chico—. Juro que no soy una lunática con una moto sierra, ahora suéltame y no me grites —espetó rápidamente como si aquello fuera una afirmación necesaria de hacer y tragó saliva. Tenía que dejar de entrar a casas de terror, era una nota mental que trataría de no olvidar para la próxima.
Sus ojos gradualmente pasaron de tener la forma de un par de platos a ser ojos comunes y silvestres, mientras su pecho se inflaba y desinflaba en un suspiro bien respirado. Sacó sus manos de los hombros ajenos lentamente, como si un movimiento en falso activara otra de las cosas que los hicieron terminar en esa situación en primer lugar, aunque bien sabía que no funcionaba de esa manera. --Perdón, perdón, --me asustaste quiso decir, pero solo lo pensó. --Salgamos rápido de aquí, antes que otra momia, o lo que sea que es eso, se nos tire encima, --aún no sabía de quién se trataba, pero ya que sabía que no era una lunática con una moto sierra, como ella misma había dicho, la podría tomar de aliada.
Pero, pero… ¡Pero es que no logro darles quietos, cómo lo haré si se mueven! —Se sentía un poco idiota al escuchar sus risotadas debido a lo patética que, probablemente, se veía.— Pues si se te da mejor y puedes… lo agradecería. Quiero ese peluche. —Señaló un oso panda de tamaño gigante que había colgado en el puesto.— Necesito tirar al menos cuatro patos.
Su sonrisa se ensanchó, aunque se negaría, si ésta lo hiciese, de sostener él aquel arma que ella tenía entre sus manos. --¿Me permites? --cuestionó antes de rodear a la muchacha por la espalda, en una especie de abrazo, mientras posaba sus manos sobre las de ella. --El secreto está en esperarlos, no moverte con ellos, --mencionó por encima de su hombro, concentrado en el blanco. Y, pasado unos segundos, disparó, presionando el gatillo junto con el dedo de la rubia. Luego, rápidamente se separó. --Ahora tú.
Una tétrica música que parecía sacada del soundtrack de Psycho sonaba de fondo en conjunto con la cambiante (y casi inexistente) iluminación de aquella casa del terror, donde la argentina caminaba con cuidado de no chocarse con ninguna de las decoraciones que colgaban del techo y paredes. Aún así, ni eso ni el ir alerta la salvaron de ser asustada por una falsa momia que salió prácticamente de la nada y se le abalanzó al tiempo que unos alaridos bastante escalofriantes salían por los parlantes en el momento justo para crear tensión— ¡Carajo, mierda! —exclamó con algo de miedo a la vez que daba un salto hacia adelante para escaparse de ese personaje y por accidente chocó de lleno contra otro de los integrantes del grupo que había entrado con ella.
Si decía que no tenía nada de miedo dentro de aquella casa, mentiría. Aunque si le preguntaran, seguro lo haría, sólo para no quedar como el típico gallina que todos temen en convertirse cuando van en secundaria, aunque el ruso se supone había dejado todo ese rollo atrás. Pero cuando el miedo que trataba de espantar llegó a su tope, fue cuando una muchacha le embistió por la espalda, --¡Qué mierda! --exclamó la pregunta como una exclamación, volteándose inmediatamente con cara de espanto (supuso) sujetando a la muchacha por los hombros.
Deberían estarse quietos esos patos, si se mueven así puede que le dispare a un ojo al pobre hombre que lleva este puesto… —La australiana hacía un esfuerzo mayor por mantener firme aquel arma de fogueo, del cual solo saldrían unas bolitas que tirarían el objetivo… si es que Maxine lograba apuntar bien.
El ruso no puedo más que reír ante las palabras de la rubia. --¡Es que no tienes que seguirlos! --le aconsejó con un movimiento de brazos. --Si quieres te puedo ayudar a que apuntes bien, --con ambas cejas alzadas, y sus manos en los bolsillos, sugirió a la australiana, mientras una sonrisa ladeada aparecía lentamente sobre su rostro.