La Guerra de Troya (IV) La formación de la Liga Helena
Como los lectores podrán imaginar, el rumbo que tomaron los acontecimientos a partir de este momento es lógico. Menelao volvió a Esparta dos días después de la partida de los troyanos (y de su propia esposa) del reino, y nada más llegar se le informó de que la reina Helena no aparecía por ningún sitio y que no se la había vuelto a ver desde el banquete de despedida de los troyanos. Desesperado, Menelao envió docenas de exploradores a registrar los alrededores, sin éxito. No obstante, al día siguiente, un mercader de la ciudad pidió audiencia en su palacio, alegando que tenía que decirle algo muy importante. Menelao accedió a recibirlo, pensando que quizás el hombre tendría noticias del paradero de Helena, y así fue: el mercader acababa de volver de completar una transacción comercial en Troya, y para ello había entrado en el mismísimo palacio real para liquidar cuentas con los contables del rey. Era allí donde había visto a Helena, caminando por los pasillos del palacio, como si aquella fuese su casa. Iba ricamente ataviada y bien peinada, lo que descartaba que la retuviesen cautiva. Indagando un poco más entre los sirvientes del palacio, se enteró de que Helena había renegado de su marido Menelao ante los dioses porque pensaba contraer matrimonio con el príncipe Paris unos días después. De hecho, concluyó el mercader su historia, seguramente en aquel momento ya se habrían casado, ya que él había tardado unos días en completar sus negocios y volver navegando a casa.
Como es normal, la cólera de Menelao no conoció límites. Se dedicó a destrozar el salón del trono hasta que sus criados más allegados pusieron freno a su locura agarrándolo por los brazos y susurrándole palabras de calma. Una vez de nuevo en sus cabales, el rey despidió a sus sirvientes y se dirigió a sus habitaciones. Necesitaba pensar.
Hay que decir a favor de Menelao, que después de darle muchas vueltas (y a pesar del relato del mercader) confió siempre en el amor y la fidelidad de Helena. El rey no pensaba que la joven estuviese actuando por voluntad propia, y su instinto le decía que seguramente tendría un motivo poderoso para portarse de esa forma. La conocía muy bien y sabía que era así. Sin embargo, su corazón no albergaba ni un ápice de comprensión y compasión para los troyanos, quienes no sólo lo habían insultado gravemente, sino que habían roto uno de los códigos no escritos más importantes en la sociedad griega de entonces, el de la hospitalidad. Causar tal afrenta en casa de un hombre que te había acogido bajo su techo y proporcionado calor y alimento era una falta increíblemente grave que debía ser restituida.
Poco después, comenzó a trazar un plan. Recordaba, igual que recordarán los lectores, el juramento que todos los pretendientes de Helena (unos cincuenta según algunos autores) habían hecho antes de anunciarse el ganador de la mano de la joven. Este juramento, conducido por el padre de Helena como consejo de Odiseo, los ataba a todos a acudir en auxilio del vencedor en caso de que alguien le hiciese daño a Helena o, directamente, la raptase, que es como Menelao calificaba a lo que había ocurrido. Sin dudar ya ni un ápice de que habría guerra contra Troya, el rey de Esparta no dudó en redactar una carta, la cual duplicó y posteriormente envió con dos mensajeros de su confianza a la corte de su hermano Agamenón en Micenas y a la del viejo Néstor en Pilas. Puestos al corriente de la situación, los tres reyes se reúnen en la corte espartana y deciden que la afrenta de Troya no debe quedar impune. Admiten la necesidad de reclutar un ejército cuanto antes y resuelven visitar los reinos de todos los pretendientes y asegurarse de que cumplían la promesa que los unía a todos.
Palamedes de Argos, de ingenio proverbial, hijo del rey de Nauplia, fue uno de los primeros en unirse al trío de reyes. Juntos, los tres monarcas embarcaron rumbo a Ítaca para reclutar a Odiseo, el artífice del juramento que los unía a todos. No obstante, la astucia por la que Odiseo era conocido no decepcionó y, sabiendo gracias a sus exploradores lo que había ocurrido en Esparta y qué hacían los tres reyes en su isla, decidió intentar no ser considerado para la guerra y se fingió loco, mostrándose irritable, inquieto y paranoico delante de Menelao, Agamenón, Néstor y Palamedes. Odiseo incluso llegó a sembrar de sal algunos campos de cultivo cercanos a palacio, esperando así resultar convincente y librarse del enorme peso que supone participar en una guerra. Sin embargo, no contaba con el ingenio de Palamedes, quien rápidamente se dio cuenta de que Odiseo mentía, y para demostrarlo, aprovechó que el héroe estaba arando por décima vez aquel día sus campos yermos de sal para entrar en el palacio y tomar al pequeño Telémaco, hijo de Odiseo y Penélope, la prima de Helena. Lo colocó en el suelo, a unos metros de su padre, y cuando éste tuvo el arado a centímetros de él, se paró en seco y bajó los hombros, derrotado: por nada del mundo arriesgaría Odiseo la vida y la integridad de su único hijo. Así se descubrió el truco y Palamedes pudo mostrar a Menelao, Agamenón y Néstor que el rey de Ítaca mentía. Así, aún a regañadientes, Odiseo se unió a la comitiva y juntos parten a otros reinos, reclutando uno a uno a todos los pretendientes de Helena. Algunos más complacientes que otros, todos acababan por unirse a ellos al final, y Agamenón, que había sido nombrado general de los ejércitos por su hermano Menelao, comenzó a dar instrucciones de reunir una gran flota en el puerto de Áulide. Néstor, amigo de los dos hermanos, era demasiado viejo como para combatir en una guerra, pero se ofreció a ir con ellos para proporcionarles consejo y apoyo.
Fue entonces cuando Calcante entró en juego. Calcante era el más célebre y poderoso adivino de la época. Natural de Micenas, el reino de Agamenón, era nieto de Apolo, quien le había concedido el don de la profecía, y se decía que nunca fallaba. Calcante pidió audiencia a Agamenón porque había visto el futuro y tenía algunas cosas que contarle. Ante toda la flota griega, profetizó que la Guerra de Troya duraría 10 años, que Filoctetes, uno de los héroes reclutados, tendría un importante papel en la venganza que Menelao buscaba, y por último, pero no por ello menos importante, que nunca ganarían la guerra si Aquiles, heredero al trono de Ftía y futuro caudillo de los mirmidones, no participaba en ella. Las palabras de Calcante calaron profundamente en el ejército griego, y Menelao, Agamenón y Néstor se reunieron a deliberar.
Ninguno de los tres ponía en duda la profecía de Calcante, quien ya había profetizado y adivinado lo suficiente como para ser tomado más que en serio. Menelao argumentó que Aquiles nunca había pretendido a Helena y, por lo tanto, no estaba sujeto a ningún juramento, por lo que no podía obligarlo a ir. Agamenón y Néstor, no obstante, concluyeron que al menos debían intentarlo, porque la alternativa no parecía muy halagüeña.
Partieron, pues, a Ftía en compañía de Odiseo y del mismo Calcante, y cuál fue su sorpresa cuando descubrieron que Aquiles no se encontraba allí. En palacio, todos, incluidos los reyes Peleo y Tetis, esquivaban las preguntas de los cuatro monarcas, y nadie parecía saber por dónde andaba Aquiles. Calcante, que sospechaba que había un engaño en todo aquello, advirtió de lo fatal de negarle a una persona cumplir con su destino y, finalmente, Peleo les confesó que su mujer Tetis había disfrazado al joven de mujer y lo había enviado a la corte del rey Licomedes en Esciro, pues ella, siendo una nereida, tenía contacto con los dioses, y Apolo le había confiado la misma profecía que Calcante había hecho ahora años antes, anticipándose a los acontecimientos. Menelao, Agamenón, Néstor, Odiseo y Calcante partieron rápidamente a Esciro, esperando que no les costase mucho localizar a Aquiles. Mientras, en Ftía, se cuenta que cuando Tetis supo que Peleo había revelado el paradero de su hijo se enfureció tanto que hizo subir el nivel del mar, inundando varias ciudades, y al mar se retiró junto con sus otras cuarenta y nueve hermanas, abandonando a Peleo para siempre.
Mientras, en la corte del rey Licomedes, los monarcas griegos y Calcante se las veían para poder localizar a Aquiles. Tetis había sido tan diligente que ni el propio rey sabía que el heredero de Peleo se hallaba en su corte, y se vio incapaz de ayudarlos. Dos días tardaron en localizarlo, hasta que Odiseo se dirigió al mercado, se disfrazó de herrero y expuso en un tenderete una serie de armas y corazas que había tomado prestadas del verdadero herrero del rey Licomedes. Cuando aparecieron las numerosas esclavas y sirvientas del palacio para comprar lo que hacía falta allí, Odiseo comenzó a pregonar la gran calidad de las armas y armaduras que vendía, prometiendo hacer un precio especial. Fue entonces cuando una de las jóvenes encapuchadas se acercó a él, vistiendo ropas anchas y manteniendo la cabeza agachada, pero acariciando las espadas y las puntas de las flechas como si las echase de menos, como sólo una persona adiestrada en el dominio de las armas haría, y eso no era precisamente algo que las sirvientas del palacio había recibido. Satisfecho, Odiseo retiró la capucha de la joven y se encontró con los ojos azules de Tetis mirándole desde un rostro maquillado pero evidentemente masculino si sabías lo que buscabas, enmarcado por una melena rubia. El joven llevaba casi ochos años haciéndose pasar por mujer y, encima, esclava, por lo que su contacto con las armas había sido nulo, y lo ansiaba tanto que al final lo había delatado.
Dado que ya no tenía que seguir las rígidas instrucciones de su madre, puesto que lo habían descubierto, Aquiles accedió a seguir a Odiseo hasta el palacio de Licomedes, donde el rey le recibió esta vez como el príncipe que era y no como sirvienta, y se dio órdenes de bañarlo, desmaquillarlo, cortarle el pelo y buscarle unas ropas acordes a su sexo y rango. Después, Aquiles se reunió con Menelao, quien le contó su historia y la de Helena, y la afrenta que había sufrido a manos del príncipe troyano Paris. Agamenón, Néstor y Odiseo apelaron al amor que sabían que el muchacho sentía por el arte de la guerra y las armas, y Calcante le habló de su profecía, e incluso se sintió inspirado para formular una nueva: si accedía a combatir en Troya, Aquiles no regresaría, pero se convertiría en el héroe más grande de la historia de Grecia. Sin embargo, si decidía no partir con ellos, disfrutaría de una vida larga, pero insulsa. Tras unas horas más de conversación, Menelao se despidió de Aquiles y le dio un plazo de cinco días para decidir si se unía a ellos en el puerto de Áulide o si prefería quedarse en Grecia. Tras esto, los monarcas y el adivino se retiraron y volvieron junto a la flota griega, ultimando los preparativos para partir.
Mientras, Aquiles permaneció en la corte de Licomedes, ya que el rey le había permitido quedarse en su palacio hasta que tomase una decisión. Se sentía muy tentado a ir, pues la gloria y la guerra eran cosas que siempre le habían atraído, pero al mismo tiempo temía a la muerte y a desobedecer a su madre Tetis, a quien estaba muy unido.
Al segundo día, precisamente, recibió una visita por la noche de ella, de Tetis, en su habitación. La nereida le traía una soberbia armadura forjada por Hefesto, y casco, un escudo, lanza, espada y arco fabricados por el mismo dios.
Con una sonrisa triste, Tetis le dijo que no se resistiese a lo que de verdad quería hacer, y que si lo que quería era ir a la guerra con los griegos, que no dudase en hacerlo. Le confió el secreto de su invulnerabilidad: ninguna herida podría matarlo, y quizás escapase a su destino de morir en Troya por ello. Aún no era consciente de que uno de sus talones había quedado sin sumergir en la Laguna Estigia y por ello no pudo alertarlo. Después, Tetis volvió al mar, y vivió cada día inquieta por su hijo y lo que le pudiera pasar.
Tras la visita de Tetis, Aquiles resolvió encontrarse con su destino en Troya y anunció a Licomedes que partiría al atardecer. Después, fue a despedirse de la única persona en la corte del rey que conocía su secreto: la princesa Deidamía, hija de Licomedes.
Ni Aquiles ni Deidamía habían contado a nadie su relación. La muchacha había descubierto el secreto del héroe al poco de llegar, pero había prometido guardar silencio. Con el tiempo, los jóvenes se enamoraron y vivieron una pequeña historia de amor a escondidas de su padre y el resto del mundo. Aquel día, Aquiles la buscó para despedirse de ella y pasar unos últimos instantes juntos. La pareja había tenido un hijo, llamado Pirro (“El rojo”; se decía que Deidamía era, como su padre Licomedes, pelirroja, y que su hijo habría heredado también este color de pelo, que le dio nombre) que apenas contaba ocho años por entonces, y que Deidamía ocultaba al mundo en sus habitaciones. Tras ver a su hijo secreto y despedirse también de él, Aquiles zarpó rumbo al puerto de Áulide para reunirse con el resto de la flota griega.
Antes incluso de que Aquiles llegase al puerto, se había corrido el rumor de su llegada. Tras ocho años desaparecido, el joven guerrero había resurgido y se dirigía a Áulide para convertirse en parte de la expedición de castigo comandada por los hermanos Menelao y Agamenón. Este rumor llegó incluso a oídos del antiguo amigo de la infancia y compañero de armas de Aquiles, Patroclo, quien no dudó ni un momento en armarse y partir para unirse también en la expedición.
Al llegar a Áulide, Aquiles se mostró alegre por volver a ver a Patroclo y aseguró a Menelao y Agamenón que zarparía con ellos al día siguiente a Troya. Inmediatamente después, se puso a entrenar para compensar el poco ejercicio militar que había recibido escondido como sirvienta en la corte de Licomedes. Por su parte, Menelao, tras pasar revista a los nombres tan ilustres y valerosos que se encontraban allí presentes (Odiseo, Áyax, Filoctetes, Anfímaco, Antíloco y Teucro, entre muchos otros) se sintió más confiado en ganar la guerra. Muchos autores llaman a esta coalición de reinos aqueos la “Liga Helena”, en honor de la mujer por la que se inició la guerra. El mismo día de la llegada de Aquiles, Menelao y Agamenón firmaron un mensaje que enviaron a Troya, exigiendo la devolución de Helena y describiendo la magnitud del ejército que había reunido, amenazando con la guerra en caso de que se negasen. Varios días después, el mensajero volvió con la respuesta negativa que ambos esperaban, y sin querer perder ni un minuto más, Menelao declaró oficialmente la guerra a Troya y ordenó a la flota zarpar. El problema era que soplaba un fuerte viento que hacía zozobrar a las mil ciento dieciséis naves griegas, un viento que el viejo Néstor consideraba sobrenatural. Aun así, la tozudez y las ansias de venganza de Menelao hicieron que no se volviese a puerto a esperar que amainase, sino que se empeñó en seguir avanzando, por poco que fuese. Néstor no se equivocaba: aquel viento no era natural. Y es que los dioses, eternamente aburridos en sus eternas vidas, estaban empezando a posicionarse en un bando y en otro ante la perspectiva de la guerra, que para ellos suponía una más de sus diversiones. Y Artemisa ya había decidido quién quería que ganase cuando envió esos fuertes vientos al puerto de Áulide.