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@orchidcovs
– ¡No tiene ninguna lógica! –exclamó, aunque no con la voz tan alta como antes. Debía moderarse, tenía que hacerlo por Seamus, aunque sólo pensar en su hijo, que ya no podía ver a su padre, le daban ganas de ir a gritar a todas las oficinas del Ministerio– Hay niños... niños que no pueden ver a sus padres, a sus madres, ¿¡A quién ayuda esto!?
"A nadie," respondió Miriam con voz baja, pero firme. "No ayuda a nadie, y lo peor es que lo saben." Su mirada, cansada pero lúcida, se mantuvo fija en Ángela. "Esto no es por seguridad. Es para controlarnos, para aislarnos... para rompernos." Tragó saliva antes de continuar, la voz algo más tensa. "Ayer tuve que dejar a una paciente sola. Era hija de muggles, no tenía a nadie que pudiera recogerla, y pasó toda su estancia completamente sola. Sin nadie que la acompañara." Sus dedos se cerraron con fuerza sobre su abrigo, conteniendo la rabia. "¿Cómo pueden creer que eso está bien? No están protegiendo a nadie... solo destruyen a los que no encajan en su mundo."
– ¿Hacer qué? Vas a tener que ser más específica –su sonrisa se tornó burlona, a la vez que su cabeza se ladeaba hacia un lado. Parecía increíble que alguien como Dane Higgs tuviese un matrimonio así, con cómo era con los demás, pero ¿cómo no iba a serlo cuando se trataba de Isolde? Puso fin a los juegos cerrando la distancia para finalmente besarla de verdad. Fue un beso corto, apartándose a los segundos para, al fin, ponerse en marcha. Tendió su brazo hacia ella– Andando entonces. No me gustaría que termines decepcionada.
Sus mejillas apenas se tiñeron de un leve sonrojo, mientras una suave sonrisa se dibujaba en sus labios —una que, aunque discreta, estaba cargada de afecto y picardía. Fue todo lo que necesitó para responder a las palabras burlonas de su esposo. "Ya sabes a qué me refiero… a cómo me tienes perdida en tus ojos," susurró con un deje de dramatismo juguetón, justo antes de que sus labios volvieran a encontrarse en un beso breve pero significativo, uno de esos que hablaban más de costumbre y complicidad que de impulso. Al separarse, Isolde aceptó el brazo que él le ofrecía con una elegancia innata, como si la escena estuviese ensayada desde siempre, como si el mundo solo fuese un escenario para ellos dos. "Menos mal," murmuró con ligereza, permitiendo que él la guiara entre los pasillos. "No sabría qué hacer con la decepción… y tú sabes lo insoportable que puedo volverme cuando algo no cumple con mis expectativas." El comentario no sonaba a amenaza, sino a advertencia suave, envuelta en terciopelo. Una verdad disfrazada de juego. Porque si alguien conocía sus estándares, era Dane… y si alguien sabía cómo cumplirlos, también era él.
Una larga letanía acompañada de lágrimas y pañuelos lo abordaron al salir del Ministerio de Magia. Debió aparecerse directo en su mansión, pero el deseo de estirar las piernas se esfumó pronto. La población mágica estaba consternada por las medidas tomadas. Pero, ¿por qué se lo decían a él? —Yo qué sé. ¿Acaso no hay un módulo de informes por ahí? —Exclamó, fastidiado, cuando le preguntaron qué podían hacer al respecto sobre la nueva ley. Tampoco sabía porque acudían al Ministerio con una duda tan ridícula. Eso no cambiaría nada.
Xenophilius no parecía molesto ni sorprendido. De hecho, su atención parecía estar a medio camino entre la conversación y alguna idea extraña que solo él podría explicar. Aun así, al escuchar las palabras de Rabastan, ladeó ligeramente la cabeza, como quien examina un objeto curioso en un estante polvoriento. "Quizá te lo dicen porque representas lo que está mal con todo esto" comentó con su tono pausado y suave, sin asomo de provocación directa, pero con una claridad inquietante. "O porque, en su desesperación, confunden la indiferencia con autoridad."
entre el barullo de personas se tambalea un poco, pero logra mantenerse de pie gracias a que lo sostiene del brazo, sin soltarlo. y vuelve a mirarlo mira con una mezcla entre burla y fascinación que seguro venía del momento. "podría espantarlas igual. soy bueno en eso." revela con seguridad, aunque no de la forma en que podría. "...en arruinar momentos perfectos, o en hacerlos memorables, depende de a quién le preguntes." completa la frase encogiéndose de hombros. "así que solo pídelo si lo necesitas, estoy a tus ordenes." se ofrece dando un nuevo trago a su bebida.
Rodó los ojos, divertido, aunque no podía evitar que una sonrisa más amplia se dibujara en su rostro al ver a Sirius mantenerse en pie por pura terquedad. Le sostuvo el brazo con firmeza para que no terminara de perder el equilibrio. "Bueno, al menos tienes claro tu talento," bromeó, dándole un sorbo tranquilo a su bebida. Se acomodó en el taburete, dejando que el bullicio del pub llenara los silencios entre ambos. "Pero está bien, Black. Si te toca espantar fans hoy, me aseguraré de anotar cómo lo haces. Siempre sirve aprender de los expertos." Bromeo el semi-vampiro puesto que en verdad dudaba que en algun momento hiciera algo asi, sus admiradoras a pesar de ser algo intensas eran muy importantes para el antiguo slytherin. Le dio un pequeño golpecito en el vaso con el suyo, en señal de brindis, antes de terminar su cerveza. "Y por Merlín, pídete un poco de agua después de eso. Te estás tambaleando como si el suelo fuera opcional."
📍 azotea de un edificio en el callejón diagon.
vio a lorcan antes de que su amigo lo viera a él, y se acercó sin apuro, con ese andar desalineado que parecía despreocupado pero en realidad calculaba cada paso para no parecer demasiado ansioso. no dormía del todo bien últimamente, así que buscaba mantenerse distraído tanto como fuese posible así evitaba lo ruidosa que se volvía su propia mente por esos días. "hey" saludó, con una media sonrisa que era más genuina de lo que solía mostrar, deteniéndose a su lado, sin invadir demasiado, pero sin distancia innecesaria. la brisa le revolvía el cabello y, más abajo, las luces del callejón diagon parpadeaban entre carteles, faroles y vitrinas cerradas. desde allí arriba, todo parecía más lejano y aún así se reflejaba todo lo que había estado pasando. "¿tienes mucho tiempo esperando?" (@orchidcovs)
Alzó la mirada apenas escuchó el saludo, dejando que el sonido lo arrastrara de vuelta al presente. No se sorprendió de verlo, pero aun así, una pequeña sonrisa logró dibujarse en su rostro—cansada, sí, pero sincera. "Hey," respondió en un tono bajo, mientras llevaba el cigarrillo entre sus dedos de nuevo a los labios. Inhaló con calma, permitiéndose disfrutar del sabor amargo del tabaco, como si con eso pudiera disolver, aunque fuera por un segundo, el peso que le cargaba los hombros. "Un rato, sí... pero tampoco es como si tuviera algo mejor que hacer," admitió, encogiéndose de hombros con una ligereza fingida. La chaqueta mal abrochada y los nudillos apenas enrojecidos por el frío decían más que sus palabras. Bajó la vista un momento hacia el Callejón Diagon, que desde esa altura parecía una postal antigua: silencioso, apagado, ajeno al caos que se sentía tan vivo unos pisos más abajo. "Aquí arriba, al menos, no parece que el mundo se esté desmoronando del todo."
Preparaba dos tazas de té, de forma ausente. Lo que estaba pasando era algo que Andrómeda no se había imaginado que era posible. Sabía que el Ministerio estaba lleno de puristas, pero aun así, una medida así jamás se le había pasado por la cabeza. Tendrían que cerrar el café, al menos momentáneamente, al estar situado en pleno Londres muggle y atender a público no mágico con regularidad, mas no era esa su mayor preocupación. Era Ted, que con esto tendría que mantenerse alejado de su familia ( familia que la había aceptado también a ella, desde un inicio ). Con lo demás, podían vivir. Podían hechizar el café y conectarlo al mundo mágico de alguna forma, buscar otro local si era necesario, pero el ser apartados de seres queridos era otra cosa completamente distinta. Se volvió al oír la puerta de la habitación de Nymphadora, expectante. En menos de un minuto, la figura de su esposo emergió a través de la puerta de la cocina– Hey –saludó, alzando levemente la comisura de sus labios, tratando de invocar una sonrisa. Casi no se habían visto en el día, no habían tenido oportunidad de conversar realmente– ¿Ya se durmió? –preguntó, aunque era obvio, sino, la pequeña hubiese aparecido tras de él, mas no quería saltar de inmediato a la conversación que realmente iban a tener.
☽. starter cerrado para ted tonks / @orchidcovs
Ted se apareció por el marco de la puerta, su silueta recortada contra la tenue luz de la cocina. Su cuerpo estaba ligeramente encorvado, como si cada nueva noticia que cargaba sobre los hombros le sumara otro kilo invisible. Y, sin embargo, al ver a Andromeda, su expresión se suavizó. Solo ella podía hacer que aquellos días tan grises se sintieran un poco menos insoportables. Asintió con una sonrisa cansada, esa que apenas levantaba las comisuras de los labios pero decía más que cualquier palabra. "Sí... se quedó dormida en mis brazos. Creo que está tan agotada como nosotros," murmuró mientras cruzaba el umbral y se acercaba a la encimera. Su voz era baja, tranquila, pero arrastraba una tensión que no se molestó en ocultar del todo. Como si incluso hablar requiriera esfuerzo. Tomó una de las tazas que su esposa había preparado y la sostuvo entre sus manos como si el calor pudiera colarse por su piel y fundir, aunque fuera un poco, el nudo en su pecho. Guardó silencio por unos segundos, intentando ordenar pensamientos que no dejaban de arremolinarse. "Estuve pensando todo el día... pero no hay forma de que esto tenga sentido. ¿Separar a familias por protección?" repitió, con una mezcla de ironía y rabia ahogada. Ladeó la cabeza, el ceño fruncido. Cada vez que lo pensaba, menos lógica encontraba. Todo era una fachada. Un castigo disfrazado de cuidado. "La mayoría de nuestros clientes son muggles... Pero con lo que tenemos ahorrado podremos sobrevivir un tiempo, ¿no?" preguntó, aunque en su voz no había verdadera preocupación por las finanzas. No era el café lo que realmente le quitaba el sueño. Bajó la mirada hacia el vapor que se elevaba desde su taza. Su voz, cuando volvió a hablar, sonó más baja, más sincera. "No quiero que Dora olvide a sus abuelos." Ahí estaba el verdadero peso, la preocupación que le carcomía en silencio. El tiempo no se detenía por el miedo, ni por las leyes. Y su hija, tan pequeña aún, no entendía por qué sus abuelos ya no podían visitarla, por qué las cartas se respondían con retraso, o por qué su padre pasaba más tiempo mirando al vacío en lugar de hacerle reír. "Con esta ley... Merlín sabe cuándo será la próxima vez que podamos verlos," añadió con un suspiro, y el nudo en su garganta casi le impidió seguir hablando. Ted había visto a su madre romperse antes, aquel fatídico día en que su pequeña hermana falleció, aquel día en que su núcleo familiar había sido golpeado por la desgracia una vez. No podía soportar la idea de que sus padres volvieran a pasar por algo similar a eso. "No soportaría que vuelvan a sentir que han perdido un hijo," murmuró al fin, más para sí mismo que para ella. Porque ese miedo, enterrado desde su infancia, ahora volvía a tomar forma con nombre y ley. Y dolía.
"Pff, no hay nada" murmuró por lo bajo, tachando la opción que creía había encontrado para mudarse. Rosalind bufó, escondiendo su rostro entre sus brazos. Con la nueva legislación se veía forzada a mudarse de la casa que compartía con su madre, el lugar que la vio crecer. No deseaba meterla en problemas, por eso insistía en buscar un nuevo sitio. Desgraciadamente no conseguía nada bueno. "Disculpa, ¿no sabrás de algún lugar donde estén rentando?" Desesperada preguntó a la primera persona que vio cruzar cerca de su mesa.
La nueva ley no le afectaba directamente —al fin y al cabo, pertenecía a una familia mágica—, pero eso no significaba que no pudiera ver el horror tras ella. Era un acto cruel, disfrazado de una supuesta preocupación por el bien común, cuando en realidad no era más que una herramienta para desgarrar familias. Greta había notado a Rosalind un poco antes, mientras terminaba su turno en la tienda donde trabajaba. No fue sino hasta que colgó el delantal que se acercó a ella, con dos pequeños postres en mano. No cambiarían el mundo, pero quizás podrían hacerle el día un poco menos gris a la otra chica. Y en tiempos como ese, todo pequeño gesto contaba. “No… y lo peor es que creo que algunas personas están subiendo los precios a propósito, aprovechando la desesperación.” comentó con el ceño fruncido, dejando el dulce frente a Rosalind y tomando asiento a su lado. No lo decía con dramatismo, sino con una mezcla de decepción y cansancio. Porque sí, todos estaban cansados. Y nadie —ni siquiera quienes parecían estar a salvo— se sentía realmente seguro.
Eva De Dominici for D.Larez Mag Photoshoot by Diego Larez, June 2024.
"No me mires a mí, yo ya ni soy auror."
"¿Renunciaste? Si es así, bien por ti. Yo no podría trabajar en un lugar que impone leyes tan absurdas."
– Ya era hora de tomar medidas serias –comentó, antes de llevarse un cigarrillo a los labios para prenderlo. Higgs no era tonto, sabía perfectamente que la medida no tenía nada que ver con seguridad y no le importaba en lo más mínimo. Si fuera por él, hijos de muggles y mestizos también estarían incluidos entre aquellos que debían estar lejos de la comunidad, pero este era sin duda un paso.
"Mi suegro es, sin duda, un hombre que no se toma estos problemas a la ligera," comentó Melissa, su tono impecable y su voz baja, medida, como cada uno de sus movimientos perfectamente calculados. Sabía cuándo hablar, cómo decirlo y, sobre todo, a quién dirigir sus palabras. "No cualquiera tiene el temple de tomar decisiones impopulares... pero necesarias." Detrás de aquella fachada de aparente preocupación por el bienestar ciudadano, la verdad latía con claridad: esa legislación no era más que una maniobra cuidadosamente ejecutada para erradicar lo que desde siempre se había considerado una amenaza a la pureza. Una forma elegante —y legal— de poner fin a los vínculos con los muggles, esas uniones que, a ojos de los suyos, sólo servían para contaminar los linajes.
la acera estaba vacía, y eso normalmente se sentiría como un alivio...solo que esta vez le resultaba diferente, le sabía diferente. el silencio era distinto esa tarde: pesado, denso, como si en algún lugar estuviese pasando algo de lo que ella no tenía idea, y seguramente era así. el titular del profeta seguía reflejándose en sus pupilas. leía la misma línea por quinta vez, pero no entendía nada. sus papás no le escribían desde hacía meses, así que no era por ellos (o no del todo) pero su gato se había quedado en su departamento, zona muggle en la que había decidido refugiarse, ¿cómo funcionaba en ese caso? ¿podría siquiera llegar hasta allí? ni siquiera había alguien a quien pudiera pedirle el favor de ir a alimentarlo. "esto es ilógico." se dice más a sí misma que a otre.
Usualmente no le importaban ese tipo de leyes. Después de todo, era sangre pura, y en teoría nada de aquello debería afectarla directamente. Pero, claro, estaba el pequeño detalle de que Katherine disfrutaba mucho más de las cosas que los muggles creaban que del constante y monótono aburrimiento del mundo mágico. "Ilógico es quedarse corta," murmuró tras escuchar lo que dijo la joven a su lado, alzando una ceja con evidente irritación, como si el universo le hubiera hecho un desaire personal. "Ni siquiera puedo ir al centro a hacerme las uñas," refunfuñó, como si eso fuera lo más trágico de toda aquella absurda legislación. Se cruzó de brazos con dramatismo, mirando la calle vacía, con el mismo fastidio con el que se observa un zapato mojado: con desprecio absoluto.
A Keira no le gustaban las injusticias, pero mucho menos cuando encima había dinero de por medio. El suyo, para ser más específicos. El hecho de que se cortara todo contacto con muggles hacía que la joven perdiera parte de su audiencia. Sí, era una mínima parte y siempre estaban vinculados a magos, pero aún así contaba. Igualmente, con el enfado más aparente en la comunidad mágica, no podía ponerse de lado de los puristas ni el gobierno en su programa de radio (y eran los que mejor pagaban por ello), temiendo a perder oyentes del bando contrario. Era todo un dilema. "Nos van a llevar a la ruina a todos..."
"Ni lo digas," respondió Bertie a la contraria, sin importarle si interrumpía los pensamientos ajenos de la muchacha a su lado. "El teatro estaba casi vacío, tuvimos que cancelar las puestas debido a la poca gente que asistía," añadió, dejando escapar un suspiro. Lo que claramente más le molestaba —y dolía— era el hecho de que no podía ver a su madre, y que su padre se encontraba ahora sin un lugar donde vivir. Probablemente tendría que mudarse al departamento de Bertie hasta que aquella estúpida ley cesara, o peor aún, su madre tendría que buscar refugio en otro sitio. Todo le parecía simplemente ridículo. ¿Separar a un matrimonio? Era inaudito.
📍 apartamento de mina.
la taza tembló apenas cuando mina la dejó sobre la mesita auxiliar, justo al lado del respaldo del sofá. no estaba segura de si era el frío o el nudo en la garganta lo que hacía que sus manos se sintieran así, pero la situación de a momentos le parecía demasiado. "no sabía si preferías manzanilla o menta, así que puse las dos." dijo, bajando la voz como si cualquier palabra demasiado alta pudiera hacer que todo desapareciera. el abrigo colgado en la percha, la maleta a medio abrir en el suelo, la presencia de miriam en su espacio. inspiró hondo, queriendo encontrar más palabras como si el silencio no fuera opción. "y dejé la ventana abierta, por si necesitas aire...—pero si hace frío puedo cerrarla." ofrece, tratando de mantenerse tranquila. apoyándose en el marco de la puerta, sin entrar del todo al salón. no quería invadir, le preocupaba hacer demasiado, o muy poco. el ministerio seguía allí fuera, todos estaban en peligro aunque nadie lo dijera en voz alta, y ella seguía con el uniforme de cazadora puesto...pero miriam ahora estaba ahí. "puedo dormir en el sofá, así descansas tranquila en la cama." (@orchidcovs)
No sabía cómo agradecerle a Mina por dejarla quedarse en su departamento. Desde que aquella ley había sido declarada, Miriam supo que tenía que abandonar su pequeño piso en Londres muggle cuanto antes. Había intentado buscar otro lugar, pero no encontraba ninguno disponible; no era la única desplazada por aquella absurda legislación, y los pocos departamentos mágicos en renta ya estaban ocupados o se habían vuelto inalcanzables. Su salario como sanadora, digno pero limitado, no cubría ni la tercera parte de lo que ahora pedían. Nunca pensó molestar a Mina. No se le cruzó por la cabeza siquiera insinuar que necesitaba quedarse con ella. Pero la oferta había salido de los labios de la cazadora con una naturalidad tal que, por primera vez en días, Miriam sintió que podía soltar el aire contenido en su pecho. Y ahora ahí estaba. En la única habitación del lugar, con su maleta a medio abrir en el suelo, abrazando una de sus piernas sentada sobre la cama, aún pensativa, aún atrapada en el torbellino de todo lo que estaba pasando. Su mente no se detenía, y por momentos, la habitación se le sentía prestada, como si su sola presencia rompiera un equilibrio frágil. La voz de Mina la sacó de sus pensamientos. Miriam alzó la vista, encontrándose con esa figura en el marco de la puerta, tan cerca pero aun a una prudente distancia. Como si esperara su permiso para entrar no solo al cuarto, sino también a ese momento tan vulnerable. "Gracias..." murmuró al fin, casi como un suspiro. Su mirada se posó en la taza humeante por un segundo, y luego volvió a buscar el rostro de la otra. "Realmente no tenías que hacerlo… pero muchas gracias por dejar que me quede." Las comisuras de sus labios se alzaron apenas, con una gratitud sincera que iluminaba su expresión cansada. "Me alegra que lo hayas hecho." Confesó, su voz más firme, buscando los ojos contrarios como si en ellos pudiera encontrar algo de calma. "Manzanilla y menta están bien." Asintió suavemente. No tenía intención alguna de pedir más de lo que ya le ofrecían. El gesto, por pequeño que fuera, ya lo significaba todo para ella. Hubo una pausa. Luego tragó saliva, como si las palabras se atascaran un poco en la garganta antes de salir. "No es necesario que te vayas al sofá." Otra pausa, más larga, mientras sus dedos se aferraban inconscientemente al borde del colchón. "No me gustaría estar sola esta noche." Su voz bajó un poco más, cargada de honestidad, de un cansancio emocional difícil de ocultar. "Aparte… creo que las dos entramos." Y no era solo cuestión de espacio. Era una forma tímida de pedir compañía, de admitir que, esa noche, no quería cargar sola con el peso de todo.
lily cruzaba la calle con el abrigo abierto, sin notar el viento helado, tratando de contener lo mejor posible la angustia estancada en su pecho. "no puede ser legal separar a una madre de su familia." murmuró para sí, aunque lo dijo lo bastante alto como para que alguien pudiera oírlo. no podía dejar de pensar en sus padres, en su hermana, ¿cuántas familias más ahora estaban obligadas a estar separadas?
"O separar a un padre de la suya." La voz de Olivia salió más baja de lo que quería, temblando apenas por el esfuerzo de contener todo lo que hervía dentro de ella. Quería gritar, romper cosas, arrancar de raíz aquella absurda ley que les había robado la normalidad. No solo a ella, sino a todos aquellos cuyas parejas o familias eran muggles. Era una injusticia, una monstruosidad disfrazada de seguridad. Desde el mismo día en que se publicó, había estado furiosa. No molesta, no irritada. Furiosa. "¿Planeas hacer algo?" preguntó, girando la cabeza apenas para mirar a Lily con los ojos encendidos de determinación. "Yo sí. Escuché que habrá una manifestación pronto y pienso ir. Haré lo que sea para que Katie pueda volver a ver a su padre."
"Alguna manera de habrá de quebrantar la ley..." Amelia seguía dando vueltas al asunto mientras comía un helado de un puesto cercano, mágico por supuesto. Le parecía una injusticia total para todos, pero sobre todo para aquellos que tenían que separarse de sus familias. ¿Qué iba a pasar con los niños? ¿Con los que tenían su vida ligada a los muggles? A pesar de todo esto, también tenía su punto egoísta: "Nadie hace el helado tan bueno como esa heladería de Londres..." Y lo estaba volviendo a comprobar con su tercer helado, todos de sitios diferentes y, juraba, que nadie daba con el sabor.
"Si encuentras una, no dudes en decírmela." La voz de Alfie sonó grave, casi como un murmullo que se escapaba entre el cansancio. Con aquella ley en vigor, se encontraba completamente solo para cuidar del pequeño Zacharias. Sus padres, quienes siempre habían estado allí para ayudarlo con el niño cuando las prácticas lo mantenían ocupado durante horas, ya no podían hacerlo. Eran muggles. Y ahora, legalmente, eso bastaba para convertirlos en un riesgo. Era el capitán de un equipo en decadencia, y eso significaba que tenía que dar aún más de sí. Más tiempo, más energía, más presencia. No había margen para errores ni ausencias. Pero también era padre, y Zach no entendía de leyes ni decadencia deportiva. Solo sabía que quería a su papá cerca. "No sé cómo haré con Zach y el trabajo... un estadio de quidditch no es precisamente el lugar más seguro para un bebé," admitió, dejando escapar un suspiro que parecía pesar más de lo que debería. Hubo un breve silencio, apenas interrumpido por el sonido del helado derritiéndose lentamente en su cono. Alfie esbozó una media sonrisa, como si por un instante se permitiera algo de ligereza. "Y tienes razón… ningún helado mágico se compara a los muggles." Él lo sabía bien. Siempre había pensado que la comida muggle tenía un algo más —un sabor auténtico, tal vez— que ni la más elaborada receta con encantamientos podía replicar. Era una de las tantas cosas que echaba de menos en este nuevo mundo que se les venía encima.