La extrema manipulación en el sector de la energía
Llevo tiempo dándole vueltas a una sensación que se me hace cada día más evidente: en el mundo de la energía llevamos décadas siendo manipulados. No es casual, no es nuevo y no es inocente. Simplemente va cambiando el disfraz según la década, pero la maniobra siempre es la misma: que nada ponga en peligro el negocio de los combustibles fósiles.
Si miro atrás, hay un episodio que lo ejemplifica de forma perfecta: la campaña de “Nucleares, no gracias”. No fue solo un eslogan, fue un fenómeno cultural descomunal. Y lo más increíble de todo es que consiguieron que los movimientos ecologistas de la época enfocaran toda su energía en luchar contra la nuclear… mientras dejaban al petróleo completamente tranquilo.
Piénsalo. Lograron que millones de personas se movilizaran contra una tecnología que no emitía CO₂, y desviaron la atención de los combustibles fósiles, que eran —y siguen siendo— los verdaderos responsables del desastre climático.
Una jugada maestra. No digo que la nuclear sea perfecta, pero es evidente que eligieron al enemigo equivocado… y alguien lo aprovechó mejor que nadie.
Y ahora, décadas después, veo el mismo patrón repetirse, calcado, pero con nuevos protagonistas. De repente, las renovables se han convertido en el chivo expiatorio perfecto. Si lees titulares o miras redes sociales, parece que la energía solar fuera un monstruo a punto de devorarlo todo: que si arrasa bosques, que si destruye paisajes, que si colapsa la red. Todo muy dramático, todo muy emocional… y todo tremendamente útil para quienes no quieren que esto avance.
El origen del ruido es casi siempre el mismo: permisos concedidos donde no tocaba. Parques gigantes montados en zonas sensibles, decisiones políticas tomadas sin criterio, sin planificación, sin respeto por los territorios. Y claro que eso genera rechazo, como es normal. Pero ese rechazo luego se utiliza para construir un relato falso: el de que la energía solar es el problema.
Y no, el problema no es la solar. El planeta tiene espacio de sobra para poner renovables sin arrancar ni un árbol. El problema es la mala gestión. La solar no destruye bosques; lo hacen las malas decisiones de algunos gobiernos.
Mientras tanto, por detrás, se está torciendo el mercado para hacer que la solar deje de ser rentable. Se deforma el precio horario hasta hundir el valor de la energía limpia, como si hubiera que enviar un mensaje claro:
“¿Quieres meterte en renovables? Pues prepárate para perder dinero.”
Es exactamente el mismo manual de siempre. La manipulación ahora no es emocional como en los 80; es económica. Golpean donde más duele: en la confianza. Si la gente siente que la solar no funciona o no es estable, perfecto: los fósiles siguen reinando.
La campaña contra el coche eléctrico es otro capítulo del mismo libro. Cada día escucho una barbaridad diferente: que si contaminan más que un diésel, que si no valen para viajar, que si se van a quedar tirados, que si las baterías son un peligro…
Mientras tanto, la contaminación real —la que respiras tú y tus hijos cada día— parece que ya no preocupa. Pero claro, hay que meter ruido. Hay que sembrar dudas. Lo importante es frenar la transición como sea.
Y luego está el apagón.
Ese apagón brutal que vivimos hace nada les ha venido de maravilla. Una oportunidad perfecta para decir:
“¿Ves? Esto es lo que pasa por depender de renovables.”
Es una maniobra brillante en términos de manipulación. Conviertes un fallo estructural, de planificación y de diseño —que nada tiene que ver con la energía solar— en un arma para atacar justo lo que sí funciona. Y de paso justificas lo que realmente interesa: más gasto en red, más infraestructura mastodóntica, más centralización, en vez de invertir en lo que de verdad solucionaría el problema: producción distribuida, descentralizada, local, más barata, más resiliente y más limpia.
Porque ésa es la clave de todo: la autonomía.
Las renovables permiten que cualquiera genere su propia energía. Que no dependas de un oligopolio. Que puedas decidir. Que puedas ser parte de la solución.
Y eso, para algunos, es peligrosísimo. Porque la energía siempre ha sido poder. Y cuando el poder empieza a repartirse, tiemblan los de arriba.
Por eso vemos esta guerra abierta: contra la solar, contra la eólica, contra el coche eléctrico, contra cualquier cosa que permita que tú seas independiente.
Quieren que sigas pagando, que sigas dependiendo, que sigas creyendo su relato.
Pero lo bueno es que esta vez la tecnología juega en nuestro favor. La gente empieza a ver las costuras de la manipulación. Y aunque intenten frenarlo, aunque intenten asustar a la opinión pública, esta transición ya no se puede parar.
Porque el futuro será limpio, descentralizado y en manos de la gente.
Justo lo que más temen.














