Las reuniones nunca eran un fuerte para el Rey Sinbad, especialmente cuando estas eran con la gente de Kou, un grupo de personas que el consideraba complicadas y por lo que había visto completamente contrarias a las ideas que tenía. Esperaba que la reunión de esa ocasión fuera diferente, las palabras dichas por Ja’far le indicaban que quien había asistido era la princesa Hakuei, alguien de quien había escuchado bastante pero era la primera vez que tenía la oportunidad de conocer.
Sin ser acompañado, entró al cuarto de la reunión, quizá era un error entrar ahí de esa manera y dar la imagen que no tenía quien le defendiera pero si había alguien que le defendiera mucho mejor que un ejercito, sus Djinns; el hecho de tener ese pensamiento podría traducirse en que desconfiaba de la persona con la que hacía tratos, pero no, el confiaba en la mujer que tenía delante si es que ella era como Aladdin había narrado, su desconfianza venía del Imperio al que servía.
—Es un gusto al fin conocerla princesa, he escuchado maravillas acerca de usted— Detenido a estar a unos cuantos pasos de la mujer hizo una reverencia con la cabeza para mostrar respeto hacía su persona. —Sea bienvenida a Sindria— Terminando con la presentación caminaba unos cuantos pasos hasta recargar el cuerpo contra la mesa donde se supone que debería llevarse la reunión a cabo.
Sinbad era conocido por su actitud tan relajada, despreocupada, que no era muy bueno para seguir las reuniones y el protocolo —¿Que le parece si dejamos la formalidad y le muestro Sindria?— El hecho que tuvieran que reunirse no significaba que tuviera que ser en un cuarto y con una plática aburrida.
O eso era lo que venía en el manual de la política de Sinbad
Se giró al escuchar las palabras del Rey de Sindria, algo sorprendida por su franca hospitalidad, pero al mismo tiempo desconfiada por la misma. La amabilidad podía esconder las más oscuras intenciones, no tenía duda, y era más peligrosa que la hostilidad y los insultos.
Realizó con educación el saludo del imperio y parpadeó sorprendida ante la proposición del contrario. Hakuei era una mujer innovadora y abierta, pero si de reuniones se trataba, no había conocido más que la pelea desde ambos lados de una mesa.
—Está bien, rey Sinbad —la Hakuei normal, la divertida y alegre Hakuei, dio paso a una máscara de fría educación y vocabulario recto y formal, tal como le había indicado Kouen —. Confío en que ello pueda aportarme una nueva perspectiva de los temas que debemos tratar.
Salió de la sala acompañada por el hombre, aún algo recelosa.
—No soy una parte muy esencial del Imperio, por si le interesa, pero aún soy importante. Le recomendaría no preparar ninguna treta.










