La Trilogía de la Gloria
Discurso de presentación del libro “La Trilogía de la Gloria” del historiador colombiano Antonio José Rivadeneira Vargas, en la Quinta El Cerrito de la Urbanización San Román en Caracas, el 30 de agosto de 2018, de parte de Pedro Bernardo Celis.
Damas, Caballeros, Jóvenes todos! Muy buenas tardes. Damos comienzo formalmente a la presentación del libro “La Trilogía de la Gloria” del historiador colombiano Antonio José Rivadeneira Vargas, evento que nos reúne esta tarde de agosto, en el maravilloso ambiente de la Quinta El Cerrito, espacio habitable diseñado por el reconocido arquitecto italiano Gio Ponti, y amablemente cedido para esta ocasión por la Fundación Anala y Armando Planchart, y desde donde tenemos el privilegio de contemplar una espectacular vista de la ciudad de Caracas arropada por las verdes faldas del imperturbable y caraqueño Cerro El Ávila.
Tengo el grato placer de darles la bienvenida y agradecerles su compañía en nombre de la Fundación Celis Cepero para la integración cultural de los países iberoamericanos. La Fundación Celis Cepero, creada por mi padre, hace ya más de 50 años, tiene como objetivo honrar la memoria unificadora del Libertador Simón Bolívar, a través del desarrollo, preservación y comunicación de los lazos culturales que unen a nuestros países.
La obra que presentamos hoy, “La Trilogía de la Gloria – Tres Héroes Epónimos y una sola Lealtad Verdadera”, nos presenta la historia entrelazada de tres próceres de nuestra independencia: Carlos Soublette, José Laurencio Silva, y Pedro Celis Pirela, escrita por el reconocido historiador colombiano Antonio José Rivadeneira Vargas, quien es presidente de la Federación Internacional de Sociedades Bolivarianas, y Miembro de las Academias de Historia de Colombia y Venezuela. Rivadeneira Vargas nació en Chiquinquirá, en el Departamento de Boyacá en 1929, se doctoró en Derecho en la Universidad Externado de Colombia en 1953. Y ha alternado el ejercicio de la profesión con la cátedra, la investigación y el estudio de la historia, particularmente en el campo del derecho constitucional e integración latinoamericana.
El libro cuenta con el prólogo del Dr. Kurt Nagel Von Jess, historiador y cronista de la ciudad de Maracaibo, quien lamentablemente falleció a principios de este año. Casado con una descendiente de los Celis, el Dr. Kurt Nagel Von Jess se dedicó a estudiar e investigar la historia de Maracaibo a lo largo de su vida y hacerles seguimiento a personajes relevantes, nacidos en la región zuliana, como es el caso de Pedro Celis Pirela.
En la obra, también hay una corta presentación de parte del Dr. Napoleón Peralta Barrera, miembro de número de la Academia colombiana de la historia.
La Trilogía de la Gloria contiene una separata inédita, escrita por mi padre, el arquitecto Carlos Celis Cepero, en la que narra parte de la historia familiar, esa que no está en los libros, sino que se pasa de boca en boca, de padre a hijo, por generaciones, y en la que la documentación histórica y académica pasa a un segundo plano y toman total relevancia los lazos familiares y los sentimientos de pertenencia propios del ser humano. En este último escrito, mi padre narra los momentos aciagos en los que, perseguido por la dictadura de Ospina Pérez en Colombia, se asila en la embajada de Chile y solicita salvoconducto para salir del país y evitar la muerte a manos de la tiranía colombiana de los años 40 y 50. En esa encrucijada, su padre, mi abuelo el maestro Pedro Eustaquio Celis Pachón, le aconseja no ir a Chile, sino a Venezuela, donde tiene sus orígenes el apellido Celis y donde podría lograr conexiones familiares. Por supuesto, conocemos el desenlace, yo existo, y no soy chileno, sino venezolano. El caso es que el arquitecto Carlos Celis Cepero llegó a Venezuela, y se hizo un nombre a pulso, no por ser de apellido Celis, sino por ser un extraordinario arquitecto, trayendo las ideas revolucionarias de Le Corbusier al país, y trabajando en sus inicios al lado del arquitecto Carlos Raúl Villanueva.
En estos tiempos en que la mitad de los venezolanos están indagando en su genealogía para documentar antepasados judíos sefarditas, hablar de nuestras raíces y nuestra genealogía se ha puesto de moda. Entonces es oportuna la ocasión de la presentación del libro “La Trilogía de la Gloria”, para ahondar un poco en la genealogía del apellido Celis. Mi nombre es Pedro Bernardo Celis Caraballo-Gramcko, y soy descendiente directo, por la rama neogranadina, en su sexta generación del coronel Pedro Celis Pirela, prócer de la independencia. Con certeza, puedo decirles que ya hay incluso una incipiente octava generación en los nietos de mi hermano, el Ingeniero Carlos Celis Caraballo-Gramcko. Y me atrevería a decir que la mayoría de los aquí presentes, al igual que yo, y por supuesto eso no es casualidad, pertenecen a la estirpe de los Celis, en alguna de sus ramas andina, carabobeña, guariqueña o neogranadina.
Además, contamos esta tarde entre los asistentes, con descendientes de la estirpe del General en Jefe Carlos Soublette, entre ellos, el arquitecto Luis Emilio Pacheco y su hermana Ana Teresa, y el empresario Andrés Sosa Mendoza.
De los Celis, destaca la presencia de un nutrido grupo de los Celis Marrero, descendientes del General Juan de Dios Celis Paredes, quien fuera gobernador de Caracas, y quienes asisten en representación de la rama andina.
También tenemos entre los presentes a descendientes del doctor Adán Celis González en representación de la rama guariqueña.
Por último, destaco la presencia entre nosotros, de un grupo de los descendientes de los Olavarría Celis en representación de la rama de los Celis de Valencia. De esta estirpe de los Celis de Valencia, destaco a un entrañable amigo y colega venezolano de mi padre, el arquitecto Gustavo Wallis Olavarría, quien lamentablemente no pudo asistir hoy, pero fue quien sembró la semilla de esta obra al compartir muy amablemente con mi padre, una copia del archivo personal del coronel Pedro Celis Pirela, con la seguridad que nace de la intuición de ser almas afines y la certeza de poseer algún tronco común en el pasado. Recuerdo de joven haber leído con avidez el interesante archivo personal de un antepasado que luchó por la independencia de las colonias españolas, y que además era mi homónimo.
Luego de esta larga introducción al tema, hablaré sobre la obra escrita por el Dr. Antonio José Rivadeneira Vargas, “La Trilogía de la Gloria”, aclarando que escucharan la visión de un ingeniero apasionado del pensamiento sistémico, no la de un historiador, y convencido de que el modelo de Estado Federal de Poder Descentralizado es el único sistema social en el que el ser humano puede ser libre, es el único sistema social en el que los derechos universales del ser humano pueden ser protegidos, cada vez más.
Para la mayoría de nosotros, la historia no es más que una epopeya protagonizada por “Próceres Angelicales”, como los llama el historiador Elías Pino Iturrieta. Seres sin tacha dedicados de lleno al engrandecimiento de la patria. Sin embargo, si pasamos más allá de la veneración ciega a los protagonistas de la epopeya libertadora, rápidamente podemos entender que se trata de seres humanos como nosotros. Nos dice Elías Pino Iturrieta en uno de sus recientes artículos en Prodavinci:
“…no son los protagonistas inmaculados que venera la posteridad: sacan los colmillos y se enfrentan cuando las circunstancias los conminan, se baten en la defensa de sus prerrogativas y son capaces de fomentar desórdenes en su celosa custodia...”
En los albores del siglo XXI, con una Venezuela convulsionada económica, política y socialmente, y subyugada por la bota militar, es complicado tomarse el tiempo para hablar bien de militares, aunque sean nuestros antepasados, aunque hayan vivido hace 200 años, aunque hayan sido próceres de la independencia. Sin embargo, descubriremos que el ejercicio es importante y es revelador. Entre otras cosas, porque el bochinche del que se quejaba Miranda, con toda razón, lo seguimos viviendo 200 años después. Porque el modelo napoleónico de dictadura tan admirado hace doscientos años, nos llevó a ciclos repetidos de dictadura y caudillismo hasta nuestros días. Porque lo que fuimos hace 200 años, lo seguimos siendo hoy. Porque no hay duda de que siempre podemos aprender de los aciertos y de los errores de nuestros antepasados.
Antonio José Rivadeneira Vargas nos facilita este ejercicio al conformar su obra, “La Trilogía de la Gloria”, seleccionando a tres próceres de la independencia que tienen un común denominador, un hilo conductor que los diferencia del resto de sus compañeros de armas de forma inequívoca. Carlos Soublette, José Laurencio Silva y Pedro Celis Pirela
“provienen de familias formadas dentro de un cristiano sentido de la vida y un honrado concepto del deber, que desde niños imprimieron carácter a sus acciones”
según elabora el historiador. Ellos cuentan con comprobada experiencia militar, aborrecen el caudillismo y están totalmente comprometidos con la constitución y las leyes de la República. Estos tres próceres de la independencia, al decir del autor,
“son ejemplos de lealtad a unos ideales de confraternidad, fidelidad republicana y entrega sin reservas a la defensa de los derechos fundamentales de la persona humana”.
En su obra, Rivadeneira Vargas nos cuenta su visión de la historia de Venezuela del siglo XIX, entrelazando en su libro, las vidas de Carlos Soublette, José Laurencio Silva y Pedro Celis Pirela. Nos cuenta cómo la convicción ética y moral de estos tres personajes a veces los guiaron por senderos diferentes, pero siempre alejados de la moda caudillista de la época, que tanto daño le hizo a la incipiente República. De vocación legalista, estas figuras venezolanas definitivamente tuvieron papeles trascendentales en la génesis de la multipatria de Bolívar.
Pedro Celis Pirela nació en 1792 en un hogar modesto de la provincia de Maracaibo. Demostró desde pequeño su vocación militar y se enlistó en el ejército del Rey a los 13 años, en 1805, un lustro antes de que se desarrollara plenamente el movimiento independentista en las Colonias españolas. Es así como Pedro Celis Pirela luchó por el bando realista una buena parte de la guerra de independencia. Fue adscrito al famoso Batallón Tercero de Numancia y eventualmente pasó a formar parte de la Guarnición de San Fernando de Apure.
Cuando el general Pablo Morillo fue derrotado por el Libertador en Calabozo en febrero de 1818, el general José Antonio Páez fue a tomar la Guarnición de San Fernando de Apure. El 8 de marzo de ese mismo año, cumplió su cometido y llamó de inmediato a los oficiales americanos del Batallón Numancia, tenientes Pedro Celis Pirela, Eusebio Moreno y Jaime Alcázar a incorporarse al ejercito patriota. Celis y Moreno aceptaron el reto y se sumaron a la causa patriota. No fueron los casos de Carlos Soublette y José Laurencio Silva, quienes desde los sucesos del 19 de abril de 1810 decidieron incorporarse a la lucha por la independencia de las Colonias españolas en funciones militares.
Hace 200 años, Celis fue adscrito al Batallón Barcelona, cruzó Los Andes e hizo toda la Campaña Libertadora de la Nueva Granada al lado de Bolívar y Soublette. Entró en Tunja el 5 de agosto de 1819 y se cubrió de gloria el día 7 en el Campo de Boyacá. Luego retornó a Venezuela y lucho en Carabobo al lado de Simón Bolívar, José Antonio Páez y José Laurencio Silva, participando así en la independencia de ambas naciones.
Celis se casó en primeras nupcias, siendo soldado del rey, con la neogranadina María Josefa Bermúdez Suarez, en Boyacá, de cuya unión nació Pedro Celis Bermúdez en 1817, otro gran militar que originó la rama neogranadina de los Celis. Ya viudo, contrajo matrimonio con la venezolana María Isabel de La Plaza y Obelmejía, hermana del prócer de la independencia Ambrosio Plaza y Obelmejía. Pedro Celis Pirela falleció en Valencia en 1857, por lo que no pudo participar ni tomar partido en la Guerra Federal.
Carlos Soublette nació en 1789 en un hogar acomodado de la provincia de la Guaira, que junto con Maracaibo tenían los dos puertos más importantes de la Capitanía General de Venezuela. Se incorporó a la carrera militar en 1810, como portaestandarte de la Caballería Disciplinada de Caracas y al año siguiente obtuvo el grado de capitán e hizo la Campaña de Aragua y Carabobo bajo el mando de Miranda. En 1812 participó en la defensa de La Victoria contra Monteverde y después de la Capitulación estuvo preso en las mazmorras de La Guaira. En 1813 bajo el mando de Rivas y Bolívar peleó en San Mateo y participó en la segunda batalla de La Puerta. Ya desde sus inicios, Carlos Soublette demostraba su valía ante el mismo Miranda, por su educación y capacidad de redacción. Tuvo un ascenso meteórico, participando heroicamente en Boyacá junto a Bolívar y Celis. Durante los años de la guerra ocupó posiciones de gobierno en Venezuela y Colombia, fue embajador plenipotenciario en Europa y fue dos veces presidente de la República de Venezuela luego de la desintegración de la Gran Colombia. Casó con Olalla Buroz, cuñada del doctor Cristóbal Mendoza, primer presidente del país. Carlos Soublette es probablemente el único gran estadista que ha tenido Venezuela. Falleció en Caracas en 1870.
José Laurencio Silva nació en 1791 en un hogar modesto de la aldea de Tinaco en la provincia de San Carlos de Cojedes, donde sus habitantes se dedicaban al cultivo del cacao, el café y la quina, los mayores productos de exportación y las únicas fuentes de riqueza en aquellos tiempos. Al igual que Soublette, José Laurencio Silva se integra al ejercito patriota también en 1810 a raíz de los eventos del 19 de abril y pasa a estar bajo las órdenes del Marqués del Toro. Bolívar, Soublette y Silva, al mando de Miranda, luchan juntos por la causa patriota. En 1813, a diferencia de Soublette, Silva evita ser capturado y opta por retirarse como fugitivo a las montañas, hasta que se une a la Campaña Admirable, participando en las acciones de Bárbula y San Mateo donde se inmolaron Girardot y Ricaurte. Es seleccionado por el Libertador para participar en la Campaña del Sur donde luchó las batallas de Bomboná, Junín y Ayacucho. Casó con Felicia Bolívar, sobrina del Libertador en 1827, y se convierte en albacea de la herencia del libertador acompañándolo hasta el final. José Laurencio Silva fallece en Valencia en 1873.
En la primera parte del libro, el historiador comienza su obra con la etapa mirandina. Continúa con la guerra a muerte; la campaña admirable; el itinerario de Angostura a Boyacá; y se extiende en el interesantísimo impacto geopolítico del triunfo en Boyacá. Mientras nos narra estos hitos de la historia venezolana, ubica a nuestros tres próceres como protagonistas de las acciones y se explaya en el pensamiento político de ellos, demostrado por sus acciones en cada hito histórico presentado. El autor sigue el recorrido de historia venezolana por la carta de Tunja de 1821, el escenario triunfal de Carabobo, y la participación protagónica de José Laurencio Silva en la Campaña del Sur que cierra el ciclo independentista. Pero la historia venezolana del siglo XIX apenas comienza con el fin de la guerra de independencia. Rivadeneira Vargas continúa su exposición con las repercusiones de La Cosiata, las nostalgias de la gloria que dificulta e imposibilita el paso del testigo de manos militares a manos civiles, la bipolaridad entre el caudillo y la ley, la insurrección de 1846 y el nefasto episodio de 1848, llegando a la participación de Silva y Soublette en la Guerra Federal.
El período post independentista separa los caminos de Soublette y Celis, del de Silva. Las circunstancias y sus convicciones los colocan en bandos opuestos del espectro político de la época, pero más allá de esas diferencias, nunca abandonaron el nexo íntimo conformado en el fragor de las batallas que solo pueden compartir compañeros de armas. Silva y Soublette en diferentes tiempos se acogen al asilo neogranadino que les abre las puertas cordialmente para que escapen de la persecución caudillista del momento. Silva, al lado de Bolívar, se opone a la desintegración de la Gran Colombia y busca asilo en la Nueva Granada en ese primer año de la República de Venezuela. Soublette, al lado de Páez, participa políticamente en los primeros años de la República venezolana, pero le toca el turno de asilarse en la Nueva Granada cuando los Monagas toman el poder. Celis no tuvo las mismas posibilidades de asilo ya que las circunstancias y sus propias convicciones lo llevaron a ser capturado y pagar con cárcel la oposición a los Monagas. Por otra parte, Silva recibe la dudosa distinción de ser el pacificador de la nación durante la tiranía de los Monagas.
En la segunda parte del libro, el historiador detalla las estirpes de los Paúl y de los Celis de Colombia y Venezuela. Y en la tercera parte, el autor desarrolla los resultados de sus investigaciones sobre el pensamiento de Bolívar como genitor de multipatria, con énfasis en el léxico constitucional bolivariano y en la doctrina del humanismo bolivariano.
La primera constitución de Venezuela, redactada por Cristóbal Mendoza y Juan Germán Roscio, aprobada el 21 de diciembre de 1811, definía a un Estado Federal de Poder Descentralizado. La principal característica de un Estado de esa naturaleza es un poder ejecutivo relativamente débil y bien balanceado con respecto a los poderes legislativo y judicial. Bolívar y Miranda nunca estuvieron realmente conformes con esa constitución descentralizada. Como admiradores de Napoleón, veían con buenos ojos a un ejecutivo fuerte, y estaban convencidos que para luchar una guerra se necesitaban poderes dictatoriales. A la caída de la Primera República, la constitución de Juan Germán Roscio se señala como la debilidad congénita de la incipiente nación. Caracciolo Parra Pérez en su Historia de la Primera República de Venezuela, defiende a Miranda y sostiene que el desastre del poder federal y de la dictadura que apenas pudo ejercerse en la provincia de Caracas, generan el gran descalabro de ese primer intento de República.
Bajo esta premisa, Bolívar se aleja de la concepción de Estado Federal de Poder Descentralizado, convencido de la necesidad de centralizar el poder en un ejecutivo todopoderoso. Durante la guerra asume el poder absoluto y resulta exitoso en la epopeya independentista y en la liberación de los 5 países que asumen la característica bolivariana. Su éxito confirma sus creencias sobre la centralización del poder, y es así como la constitución de la Gran Colombia redactada en Cúcuta en 1821, sin la presencia de Juan Germán Roscio que había muerto en la víspera del Congreso de Cúcuta, define a un Estado Federal de Poder Centralizado, con el agravante que no solo se tiene a un ejecutivo con inmenso poder, sino que se tiene a un poder legislativo diseñado con mayoría absoluta neogranadina.
La Constitución de Cúcuta, que no podía ser modificada antes de cumplir los 10 años, comienza a generar conflictos ya en 1826 cuando Valencia otorga poderes especiales a José Antonio Páez, desafiando la Carta Magna de Cúcuta, en lo que se conoció con el desdeñoso nombre de La Cosiata, pero que de hecho conforma el primer paso hacia el desmembramiento de La Gran Colombia. José Laurencio Silva todavía estaba acompañando al Libertador en la Campaña del Sur para 1826, por lo que no participó en los hechos de Valencia. Carlos Soublette y Pedro Celis, con importantes cargos públicos en el gobierno de la Gran Colombia, se mantuvieron al margen de los hechos.
En 1828, se convoca a la inconstitucional convención de Ocaña, con el objetivo de modificar la constitución de Cúcuta y mantener la viabilidad de la Gran Colombia. Dice el historiador colombiano Álvaro Gómez Hurtado en su ensayo titulado “Ocaña o la nostalgia de la grandeza”:
“Lo que se hizo en Ocaña … fue adoptar unos nuevos cánones para nuestra vida política. Se acercó el horizonte, se angostaron los caminos, se achicaron las metas. Todo lo grande que quedaba de la epopeya libertadora fue sometido rabiosamente a un proceso de enanismo … En Ocaña hace crisis, pues, el amplio concepto de gloria y de grandeza que Bolívar había impreso a su noble empresa de crear naciones fuertes y respetables.”
Ocaña fracasa estrepitosamente en su objetivo, deroga la Constitución de Cúcuta y simplemente declara dictador a Simón Bolívar, sellando así la suerte de la Gran Colombia. Rivadeneira Vargas piensa que, si Soublette hubiera persuadido a Bolívar de intervenir en la Convención de Ocaña y utilizar su influencia para modificar positivamente la Constitución de Cúcuta, se pudiera haber salvado la Gran Colombia. Pero Soublette probablemente intuía que el proceso de disolución ya era irreversible.
Como dictador, Simón Bolívar, en un último intento de mantener la unión, convoca al Congreso Admirable, que se reúne en 1830 con la participación de José Laurencio Silva. En abril de ese año el Congreso Admirable promulga una nueva y definitiva constitución, insistiendo en el modelo de Estado Federal de Poder Centralizado. En cualquier caso, ya era muy tarde, pues meses atrás, Carlos Soublette y Pedro Celis Pirela se habían unido a José Antonio Páez para consumar la disolución de la Gran Colombia el 23 de noviembre de 1829, cuando una asamblea popular reunida en Valencia declara que Venezuela no debía continuar unida a la Nueva Granada y a Quito.
Desde la primera constitución redactada por Cristóbal Mendoza y Juan Germán Roscio en 1811, Venezuela ha tenido otras 23. Ninguna de esas 23 definen a Venezuela como Estado Federal de Poder Descentralizado, requisito indispensable para la libertad del ser humano y para la defensa de sus derechos universales. En mi opinión, la disolución de la Gran Colombia y el ciclo de dictadura y caudillismo que se ha perpetuado en la Venezuela Republicana tiene sus orígenes en nuestra incapacidad para crear un Estado Federal de Poder Descentralizado.
El 11 de febrero de 1876, el presidente de la República Antonio Guzmán Blanco y su ministro de Relaciones Interiores Juan Pablo Rojas Paúl firman un decreto para trasladar los restos de generales, coroneles y ciudadanos eminentes al Panteón Nacional, entre ellos, se encontraban los nombres de Carlos Soublette, José Laurencio Silva y Pedro Celis Pirela.
José Laurencio Silva es el primero de los tres en llegar al Panteón Nacional en 1942. La familia de Carlos Soublette se negó a aceptar el homenaje por razones políticas, hasta que el presidente Rafael Caldera logra cumplir el cometido y los restos de Carlos Soublette ingresan al Panteón Nacional en 1970 con un imponente desfile militar que acompaño al féretro.
Los restos mortales del coronel Pedro Celis Pirela reposan desde su muerte en 1857 en la ciudad de Valencia, y hasta ahora no han ingresado al Panteón Nacional para reposar junto a sus compañeros de armas. Esperamos que este anhelo de sus descendientes sea cumplido en el futuro.
Los invito a leer con espíritu crítico la interesante saga independentista, plasmada magistralmente por el historiador colombiano Antonio José Rivadeneira Vargas en su obra La Trilogía de la Gloria. Saga a la que todavía nos corresponde escribirle un final que sea satisfactorio para todos, pero que, sobre todo, garantice cada vez más los derechos universales de los ciudadanos venezolanos y el fin del caudillismo y de la tiranía.
Para cerrar esta presentación, les leeré un extracto de carta fechada el 26 de marzo de 1848, de parte del coronel Pedro Celis Pirela, que reposa en su archivo personal, refiriéndose al horrendo crimen cometido por el general Monagas dos días antes, y dirigida al Jefe Político de La Grita, Juan Entrena, quien eventualmente le responde conminándolo a deponer las armas y solicitar amnistía al gobierno de José Tadeo Monagas. Escribe Celis Pirela lo siguiente:
“Yo pregunto a usted cuál es el gobierno a quien usted procura sostener y a donde han ido a parar todos los derechos y garantías de los venezolanos. El Poder Legislativo que es el principal de los tres reconocidos por nuestro sistema de gobierno, ha sucumbido bajo la cuchilla del Ejecutivo que se ha erigido en tirano; y la Constitución, en lugar de obligarnos a sostener la tiranía, nos impone el deber sagrado de destruirla cada vez que pretenda levantar su infernal cabeza.”














