Un kiosko de sueños cuando nadie lee.
Siempre soñé con tener un kiosko de diarios.
Algo simple, con olor a obrero pero muy intelectual.
algo que daba la posibilidad de estar informado
y ganarse la vida al mismo tiempo.
Sin ser periodista
ni tener que enseñar a alguien lo aprendido.
El amor a las cosas simples,
al conocimiento que da leer paginas roñosas,
de diarios que luego solo sirven
para envolver pescados
entre noticias podridas
de un mundo que se cae a pedazos.
Cuando me entere que Marcelo Bielsa,
trabajó en un kiosko de diarios al dejar el fútbol
entendí la empatía que siempre he sentido
con la figura del rosarino.
Una forma de vivir de lo que se ama,
a través de las crónicas de terceras personas.
Hace años en Concepción un amigo me contó,
que había tenido la posibilidad de ser suplementero.
Lo escuche con atención ocultando mi humilde sueño,
humilde, pero digno sueño, al fin y al cabo.
Lo peor del negocio no era levantarse temprano,
era sacar el olor a meado como ritual sagrado.
Una vez cesante estuve muy cerca de cumplir mi sueño:
en una esquina transitada estaba ese kiosko,
y su seductor cartel de “se arrienda”.
Estaba dispuesto a invertir mis ahorros,
y entregar mi vida a una costumbre en retirada,
la de leer un diario un día cualquiera a las 9 de la mañana.
Imaginaba hasta mi modelo de negocio,
basado en tener variedad de periódicos
y uno que otro fanzine anarquista.
También iba a tener libros variados,
de autores extraños y países lejanos,
ligados al compañerismo y el calor revolucionario.
Tendría una clientela fiel,
escasa pero fiel,
revolucionaria, pobre, pero fiel.
Buscando en esas revistas lejanas,
recetas foráneas para transformar lo cotidiano
en un caos donde todo valiera la pena.
Para sumar clientes no lectores a mi kiosko
iba a vender bebidas exprés heladas y
juguetes lego del agrado de grandes y chicos.
También iba a vender encendedores y papelillos,
pipas, tabaco y cigarros sueltos.
Aunque fuera ilegal, ese producto no podía faltar.
A lo días pase decidido a anotar el número y llamar,
y cambiar mis mañanas de sueño
por otras llenas de café y actualidad.
Pero el kiosko ya no tenía disponibilidad,
se iba en retirada.
dando paso a la modernidad.
Me quede con las ganas, mis ahorros
y un modelo de negocios por explorar:
explicar a los lectores lo que iban a disfrutar.
¿habría sido un buen suplementero?
Es difícil de saber, pero de algo estoy seguro,
el amoniaco hubiera sido mi mejor amigo
en la guerra contra la ignorancia y el olor a meado






