Facundo Garay era profesor de Castellano y Literatura del Nacional No. 1 de Rosario. Había estudiado en Filosofía y Letras hacía ya muchos años. Su mejor amigo, Eduardo Zannini, que había sido su compañero de estudio, era profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Tecnológica de Texas. Se había ido de Rosario poco después de terminar su licenciatura y había continuado sus estudios en la Universidad de Nueva York, donde sacó un doctorado.
Facundo, además de enseñar treinta horas en el Nacional, había sido, hasta hace poco, Ayudante de Trabajos Prácticos de Literatura Argentina en la Universidad de Rosario, y era profesor titular de esa misma materia en el Instituto Superior de Profesorado. Tenía una carga pesada de trabajo y siempre se acordaba de su amigo en Texas. Eduardo había hecho una excelente carrera profesional. Había publicado varios libros de crítica y era experto en la obra de Borges, Sábato y Bolaño. Daba muy pocas horas de cátedra por semana y tenía tiempo libre para investigar y escribir. Era el privilegio de ser profesor en Estados Unidos. Venía a Buenos Aires todos los años. A veces lo visitaba en Rosario, donde tenía familia.
De jóvenes eran inseparables. Los dos escribían poesía. Fundaron una revista de literatura que sacó varios números. Cuando se hicieron mayores fueron abandonando la poesía, pero siempre conservaron algo de poetas. Eran soñadores y poco prácticos y se ganaban la vida con dificultad. A pesar de su éxito aparente, Eduardo le decía que la vida académica en Estados Unidos era difícil, triunfaban los que sabían acomodarse y no los mejores. Por suerte él había conseguido permanencia en Texas y estaba tranquilo. Era soltero y tenía su propia casa. Enseñaba literatura hispanoamericana y argentina (española no) y tenía un grupo excelente de estudiantes de doctorado.
Facundo, por su parte, era divorciado y tenía una hija, a la que casi no veía. Vivía solo, como Eduardo. También estudiaba y escribía, pero tenía muy poco tiempo libre. Se quedaba los fines de semana en casa para escribir. Hacía reseñas de libros y notas culturales para la edición de los domingos del diario La Capital. Esa no era su única actividad cultural extracurricular. Formaba parte de la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía de Rosario. Facundo era un hombre respetado en el medio. Trabajaba mucho y, al igual que otros rosarinos, que tenían pasión por los viajes, ahorraba dinero para poder viajar fuera de las fronteras en los veranos. Casi siempre iba a Europa, sobre todo a Francia, que era su país favorito. Estudiaba francés por su cuenta, y lo hablaba bastante bien.
Eduardo lo había invitado muchas veces a Texas, pero los Estados Unidos nunca le habían interesado. Finalmente Eduardo, que deseaba que lo visitara en su casa, le hizo una oferta que no podía rehusar. A los dos les gustaba la literatura gauchesca y las historias sobre los bandidos rurales del siglo XIX. Le ofreció ir a conocer Fort Sumner, Nuevo México, el pueblo donde había vivido y luchado Billy the Kid, y donde lo habían matado. Allí estaba enterrado. Podían recorrer juntos Nuevo México, tierra de “cowboys”, y visitar su tumba. La propuesta le gustó. Eduardo le dijo que algunos estudiantes tenían ranchos, que eran las estancias de allá, cerca de Lubbock, donde estaba la Universidad. Podían pasar un fin de semana en uno, andar a caballo y conocer la pampa texana, a la que llamaban el “Llano estacado”. Finalmente, terminó el año escolar y Facundo se preparó para ir. Viajaría a principios de enero, cuando su amigo estaba en el receso invernal. Allá las estaciones eran exactamente opuestas a las de Argentina. Se pensaba quedar todo enero y febrero acompañando a Eduardo. El otro empezaba sus clases a mitad de enero, pero enseñaba sólo seis horas por semana y tendría tiempo de atenderlo y salir con él. Podrían hablar y discutir de literatura, que era la gran pasión de los dos. A fines de febrero, antes que se regresara a Rosario para empezar su trabajo, harían, durante un fin de semana largo, un viaje de cuatro días por Nuevo México, y visitarían Fort Sumner, Santa Fe y Taos, donde vivían los indios Pueblo.
Al llegar a Lubbock, Eduardo lo esperaba en el aeropuerto. El sitio era muy distinto a lo que se imaginaba. El clima era seco, la ciudad tenía casas grandes, bajas y espaciadas. El campus universitario era precioso, una mini-ciudad de lujo. Nunca había visto nada así.
Su amigo vivía en una casa nueva, con varios cuartos. Lo que más le impresionó fueron los baños. Tenía tres. ¿Qué profesor podía vivir así en Rosario? Hizo una reunión en su casa para homenajearlo. Invitó a sus estudiantes graduados. Bebieron vino de la zona, que le pareció bastante bueno, no sabía que Texas producía vino. Los estudiantes del departamento de literatura hispana eran muy interesantes. Venían de distintos países: México, España, Colombia, Costa Rica. Los norteamericanos eran los menos. Entre éstos había una chica, Helen, que le llamó la atención. No era de una belleza especial, pero le resultó atractiva. Era de Texas, y hablaba muy bien el español, casi sin acento. Estaba escribiendo una tesis sobre literatura argentina bajo la dirección de Eduardo. Había visitado Buenos Aires y Mendoza, pero no había estado en Rosario. Su tema de tesis era la obra de Eduardo Gutiérrez. Defendía la idea de que Gutiérrez era el autor más original de la novelística gauchesca, el que inició el ciclo y mostró al gaucho como un rebelde, que no claudicaba ante la sociedad decente (como lo había hecho Martín Fierro en la segunda parte de la obra), ni aceptaba trabajar como peón (como lo harían los gauchos de Güiraldes en Don Segundo Sombra). El gaucho de Gutiérrez, como podíamos comprobarlo en Juan Moreira, era un ser que amaba la libertad y luchaba a muerte por defenderla. Para ella Moreira representaba el verdadero espíritu de la argentinidad y por eso había pasado al teatro. El argentino se identificaba con Moreira, y no con Don Segundo Sombra. El director de cine Leonardo Fabio había imaginado a Moreira como un rebelde anarquista, víctima de las manipulaciones políticas de los patrones. Ella había conocido a Fabio en Buenos Aires y hablado con él.
A Facundo le parecieron brillantes las ideas de Helen, que se expresaba con soltura. Le encantaba la mujer. Claro que ella era joven, y él tenía cincuenta años. Vio un anillo de casada en su mano izquierda, y no dijo nada. Hacía mucho que Facundo no tenía un amor importante en su vida. Se había divorciado de su mujer hacía siete años. A su hija casi no la veía. Tenía veinte años y estudiaba medicina. Las peleas con su ex eran constantes. Era una relación que, aun estando separado, lo torturaba.
Eduardo le dijo que Helen estaba casada con un ranchero, o sea un estanciero norteamericano. Había grandes establecimientos agrícolas, de algodón y de maní, en la zona. También se veían muchos pozos petrolíferos. Pero los texanos viejos se preciaban de ser vaqueros, ganaderos; eran gauchos, “cowboys”, de corazón. Eso le llamó la atención a Facundo, y le gustó. En Argentina casi no había gauchos, y nadie usaba sus ropas, excepto en los programas de televisión. Visitando el campus universitario vio jóvenes estudiantes que usaban botas texanas, sombreros de ala ancha y pantalones vaquero ajustados, como en las películas del oeste. Sólo les faltaba el revólver. Su amigo le dijo que lo tenían, pero que no lo podían portar en el campus universitario. Texas defendía la tenencia de armas, lo consideraban un derecho civil inalienable.
Comenzó el semestre en la Universidad y Eduardo invitó a Facundo a visitar una de sus clases. Estaba dando un curso graduado sobre el Martín Fierro y la novela gauchesca. Le gustó escucharlo leer los versos de Hernández en Texas. Era como si el gaucho se hubiera encontrado con el espíritu del cowboy. Pensó que los dos se parecían. Pero quizá estuviera equivocado. Su amigo hizo hincapié en el papel de la policía y el ejército en el Martín Fierro. Dijo que para el argentino la policía era una secta de trúhanes, corruptos y ladrones. Usaban la institución para robar y abusar del campesino. En el oeste americano tenían una idea distinta de la ley: creían que podía redimir a la sociedad. La policía perseguía a los cowboys bandidos, que eran crueles, como Billy the Kid. El ejército argentino era aún más perverso que la policía. Apresaba a los gauchos, los mandaba como reclusos a la frontera, les robaba sus posesiones y destruía sus familias. La conducta de Martín Fierro estaba justificada, era una víctima del estado. Se rebelaba contra las injusticias. El Martín Fierro era una obra de denuncia. La leyenda de Billy the Kid era otra cosa. Se trataba de un asesino sin justificación, un enemigo del orden y la tranquilidad pública.
Un estudiante le preguntó por qué cambiaba tanto el Martín Fierro en la segunda parte, y Facundo le dijo que la vida de Hernández había cambiado. Había conseguido estabilidad económica y reconocimiento político. Le preguntaron también por qué odiaba tanto a los indios. En Texas había un movimiento popular que defendía a los indios. Facundo respondió que Hernández los despreciaba y los consideraba salvajes, sin embargo envió a sus personajes, Fierro y Cruz, a vivir con ellos para escapar de la barbarie blanca. Los indios estaban marginados y tenían que vivir del robo y el cuatrerismo para subsistir. Reconoció que los criollos victimizaban a los indios. Al año siguiente de aparecer la segunda parte de la obra, Roca organizó la expedición al desierto, que echó a los indios de sus tierras. El gobierno argentino se quedó con ellas y una buena parte pasó a manos de los militares. Hernández apoyó al partido de Roca, que salió elegido presidente. A él lo nombraron senador.
Helen los invitó a pasar el fin de semana en la estancia con ella y su marido. El casco era grande y moderno. Tenían un rodeo no muy numeroso de ganado, como 500 animales. El marido les dijo que los conservaba por nostalgia, que realmente ellos vivían de lo que le producían unos pozos petroleros que habían encontrado en unos campos de su familia. El rancho lo mantenía por seguir la tradición familiar. Su familia lo había comprado en 1850, y él había vendido una parte hacía unos cuantos años. Tenía más de 3000 hectáreas. Anduvieron a caballo y comieron un “barbecue”, el asado norteamericano. A Facundo no le gustó mucho, le habían puesto a la carne una salsa dulzona, y el corte era distinto al argentino. Cortaban las costillas a lo largo, en lugar de a lo ancho. Sí le gustó andar a caballo, aunque no era buen jinete. Había montado pocas veces en su vida. El caballo le parecía un animal fabuloso, lo admiraba. Se identificó con los texanos, y con los cowboys, que eran hombres de a caballo. Vio, sin embargo, que eran distintos a los gauchos argentinos.
Hablaron de los bandidos que asolaban los caminos en el siglo diecinueve, y de Billy the Kid. Facundo tenía problemas para comunicarse en inglés. Lo había estudiado por años en Aricana, en Rosario, pero no lo podía hablar casi. Se dio cuenta que se lo habían enseñado muy mal. Podía recitar los tiempos verbales de memoria, pero no expresar sus ideas ni entender lo que le decían. Eduardo les dijo a Helen y su esposo que iban a viajar a Nuevo México con su amigo en febrero para visitar la tumba de Billy the Kid. Frank no hablaba castellano, así que Helen hacía de traductora e intérprete. Frank dijo que su bisabuelo había conocido a Billy the Kid. Había pasado por su rancho y le había pedido trabajo. Su bisabuelo se lo dio y se quedó como tres semanas. Tuvo un altercado con otro vaquero, que lo insultó. Billy no se defendió, pero tenía fama de ser resentido y traidor. Su bisabuelo después de eso le pidió que se fuera, no quería peleas entre sus hombres. Aún no se lo conocía como bandido. Eso fue después, durante la Guerra de Lincoln, cuando formó parte de una pandilla de “vigilantes” y se transformó en su líder. En Fort Sumner protagonizó una batalla a balazos durante cuatro días entre su banda y la de un terrateniente de la región, que terminó con una cantidad crecida de muertos. Después de eso le pusieron precio a su cabeza, y ya era cuestión de tiempo. Los cowboys hacían lo que fuera por dinero. Además, allí todos respetaban la ley, y Billy era un asesino.
El rancho tenía muchos cuartos, y esa noche hizo frío. Era fines de enero, tiempo de verano en Argentina e invierno en Texas. Pusieron la calefacción, que funcionaba a gas. Estaban cansados y se fueron a dormir temprano. Cada uno de los invitados tenía su propia habitación. Al día siguiente desayunaron en la cocina. Comieron huevos con tocino, frijoles y tortillas mejicanas. Frank dijo que los mexicanos habían vivido allí antes que los norteamericanos (es el territorio que les robamos a los mexicanos, bromeó) y que los texanos siempre habían preferido las tortillas de harina al pan. Después de desayunar los invitó a ir al polígono de tiro. Lo había construido al lado de un corral. Les mostró su colección de armas. Tenía revólveres del siglo XIX, varios Colts y rifles históricos, entre ellos el famoso Winchester. Ni Facundo ni Eduardo tenían experiencia con armas, pero por curiosidad aceptaron probar puntería. Facundo acertó al blanco con un revólver, aunque bastante lejos del centro del cartón. Frank aplaudió y dijo que era un “natural” para usar las armas. Facundo lo negó, dijo que el revólver era un arma que no se había naturalizado en su país, era extranjera. El arma nativa, el arma gaucha, era el cuchillo, el “facón”, dijo, y explicó que era un arma de hoja larga, que muchas veces fabricaban con hojas de espada o sable. “Como un cuchillo de cocina”, se rio Frank. “Más o menos”, correspondió Facundo.
Cada vez que la mirada de Helen se cruzaba con la de Facundo, éste se sentía conmovido. No era particularmente hermosa, pero le atraía. Su cuerpo tenía curvas suaves. Su marido era mucho mayor que ella. Era un ranchero tosco, pero rico. Eduardo le dijo que tenía conexiones con políticos influyentes.
Después del mediodía salieron a caballo. Facundo montó con más confianza que el día anterior, dominaba mejor su cabalgadura. Fueron a los campos adonde estaba el ganado y empezaron a dar vueltas alrededor de los animales. Ahí Facundo se empezó a sentir bien. Eduardo, por jugar, tomó un lazo que tenía al costado de su montura y se lo lanzó a un novillo, aunque sin ninguna posibilidad de agarrarlo. Se rieron los dos. Helen los acompañaba en una yegua pintada. El marido se había quedado en la casa. Unos peones sentados sobre las bardas del corral los observaban divirtiéndose, riéndose de sus pobres habilidades como jinetes. Helen miraba con interés a Facundo. Este pensó que si las cosas seguían así, se iba a meter en problemas.
Al regresar de la cabalgata, ese segundo día, Facundo se sentó a descansar en la sala de la casa. Más tarde propuso salir a caminar por el campo. Eduardo y Helen lo acompañaron. El sol estaba aún fuerte, su pusieron sombreros. El campo estaba seco. Casi no había pasto. El terreno era bastante quebrado. La vegetación natural más visible era un arbusto leñoso de tronco retorcido, le llamaban “mezquite”. Facundo le dijo a Helen que ese paisaje se parecía al del monte salteño. “Y al de la Patagonia, en la zona de Santa Cruz”, agregó Eduardo. Allí soplaba el viento como en la Patagonia. Era clima semiárido. “El Llano estacado es una gran meseta”, dijo Eduardo. “Yo imaginaba que esta zona era como la pampa nuestra”, comentó Facundo. “Nada que ver”, respondió Eduardo, “la pampa es húmeda”. Helen dijo que ese año, en junio, iba a visitar la Argentina. Quería conocer bien la pampa, internarse en el campo. No se podía estudiar la gauchesca sin tener una idea de cómo vivía el gaucho, y como era la pampa. Facundo asintió, dijo que él estaría contento de recibirla en Rosario.
Alberto Julián Pérez es ensayista y narrador. Es Profesor de Literatura Hispanoamericana en Texas Tech University. Entre sus libros se destacan sus estudios sobre literatura argentina Los dilemas políticos de la cultura letrada. Argentina Siglo XIX, 2002, y Literatura, peronismo y liberación nacional, 2014, y sus ensayos de poesía y pensamiento latinoamericano, Revolución poética y modernidad periférica, 2009 y La poética de Rubén Darío, 2011, publicados en Ediciones Corregidor de Argentina. Es autor de dos libros de ficción: La Maffia en Nueva York (Historia satírica), 1988 y Melodramas políticos (El valor de una mujer-Viva la patria), 2011. En este momento tiene en preparación un libro de cuentos, Cuentos argentinos (La sensibilidad y la pobreza), de próxima aparición.
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