“Quizá no tiene caso escribir todo esto, incluso sé de sobra que no vas a responderlo, pero es que ya pasaron más de 30 día sin verte, 30 días sin saber si quiera que tanto bien o mal te encuentras; por mi parte me es difícil conciliar el sueño, hago demasiadas cosas para mantenerme ocupada y no pensarte tanto, hablo con otras personas, intercambio ideas, pero sigo estando sola. No termino de adaptarme a tu abandono, y sé de sobra que me lo busqué al mentirte y no tienes ni una sola idea de cuanto me arrepiento de haberlo hecho; lamento en verdad haber sido solo un espejismo borroso en tu vida, un lastre de dolor y mentiras, una ingenua que creyó ciegamente en que el tiempo todo lo borra y lo perdona. Si tuviera las fuerzas para pedirte una disculpa y tratar de abrazarte y besarte, pero no lo soy, por el contrario, soy una cobarde, una cobarde que no hace más que extrañarte. Muchos me dicen que lo que más extraño de ti es la costumbre, pero es que ellos no saben lo bonito que te vez cuando despiertas, tampoco conocen que sueles dormir encorvado, que te cuesta mucho trabajo conciliar el sueño una vez que te despiertas, o que necesitas que te abracen en las noches porque siempre tienes frío. No conocen que tomas café en exceso, y que siempre debe estar muy caliente pues es como más te gusta, casi no contiene azúcar, no comes mucho pan pero en tu casa siempre debe de haberlo. Tu cuarto tiene un aroma entre cigarrillos, tu loción (que no sabes cuanto extraño y que siempre ando buscando) y un toque a un aroma que no logro descifrar. No extraño mi rutina, extraño tus manos que tomaban mi cintura, extraño tus delgados y fuertes brazos que me tomaban,. extraño tu risa, tus chistes, extraño lo que teníamos, aunque siempre llegará tarde a todas partes, extraño ver tu sonrisa cuando me veías bajar, o como aquella vez que llegaste con unos girasoles enormes a la puerta de mi casa. Extraño tu cara de seriedad, incluso aunque esa sea mi última cara que me otorgaste cuando decidiste rechazar mi suplica para que no termináramos. No te pido que me respondas, sé que no lo harás, que te has quedado frío, que ya no sientes nada por mi. Incluso presiento que ya ni me recuerdas, que ya no me extrañas, porque es cierto, soy de esas personas que se olvidan fácil, que son reemplazables, que no importa cuanto me arrepienta, el daño ya esta. Solo quisiera rogarte me perdones por todo lo mala y cruel que fui contigo, por haberte mentido, por ser una mujer intensa; perdóname por no haber comprendido tus compromisos, por no llegar temprano el día que conocí a tu hijo; Perdóname por llorarte tanto, por extrañarte tanto; perdóname por no ser lo que esperabas, por haber llegado demasiado deprisa, perdóname por recordarte, por sentir que aún tenemos algo que solo existe de mi parte. Perdóname por defenderte de las criticas, por culparme de todo lo que hoy me esta dañando. Anoche soñé contigo, como no te había soñado en días, te sentí tan cerca, podía respirar tu aliento, podía sentirte respirando a mi lado, anoche soñé con tus ojos, con tu pelo, con tu barba, soñé que todavía me querías, que aún existía cariño y perdón de mi parte, y desperté, desperté añorándote de nuevo, con esta angustia eterna de no saber si aún formo parte de tus pensamientos… Por último, perdóname por escribirte tanto, por extrañar algo que ya no existe, porque es cierto, soy mejor persona para escribir que para hablar, que me arrepiento de haberme ido ese día y no voltear atrás, me arrepiento de no haber sido yo quien te entregaba y recibía mis cosas, pero no podía, lo juro, sabía que si te veía, verías mi cara toda destrozada, y entonces, conociéndote, me dirías que no llorará más, que no sufriera tanto por ya no tenerte… Perdón por todo, infinitamente todo.”
— Melancolía. Daniela Trejo












