Memorias de una bicicleta:
Una vez que me quedé sin dinero tuve que empeñar mi bicicleta de montaña.
Traía en la mano mi cámara Nikon, una vieja D3100, que no habían querido recibirla en el Monte de Piedad porque ya está descontinuada.
Caminaba por la calle un poco desconsolado cuando vi venir a esta niña que jugaba afuera de su casa en su bicicleta oxidada.
Sentí una lejana conexión.
Más a menos a su edad, yo también había aprendido a andar en bicicleta montado en una mucho más desvencijada que la suya.
Serían los últimos años de los 70 allá en Salamanca. Nuestra calle ni siquiera estaba pavimentada. Por ella corría el agua en verano cuando llovía, arrastrando el lodo de cuadras arriba.
De un promontorio me lanzaba una tarde de primavera en aquella bicicleta infantil, calle abajo. No recuerdo haberme caído, pero al cabo de unas cinco carreras en rauda bajada, ya podía mantener el equilibrio.
La bicicleta rechinaba desplazándose a una velocidad en que mis piernas podían apenas seguir el paso, arrastradas por los pedales.
El asiento, ya sin esponja, estaba forrado por bolsas de hule para cubrir el fierro oxidado cuya dureza golpeaba el trasero en cada brinco.
Pero, igual que esta niña, yo iba y venía feliz en aquella bicicleta.
Luego, mientras crecía, me volví bastante hábil en bicicletas más grandes. Zigzagueaba con pericia entre los autos estancados en los embotellamientos del centro. Y, aunque por años no me subiera a una, jamás perdí la habilidad.
Por eso quería tanto mi bicicleta de montaña.
Al toparme con esta niña, justo cuando atravesaba por tan penosa situación, no tuve más remedio que accionar la cámara.
Le pedí que me dejara tomarle estas fotos y posó con bastante disposición.
Es lo que hacemos los fotógrafos, ¿no? Tenemos una ansia por fotografiar lo que, al verlo, nos parece significativo.
Ésa es la diferencia con otras personas: la mayoría quiere salir en la foto; el fotógrafo no. El fotógrafo quiere atisbar el visor y apretar el obturador.
En el Día Mundial de la Bicicleta, recordé esto.