Eres mi siempre en un mundo de instantes
El mundo está lleno de cosas que duran un segundo: un parpadeo, un suspiro, una estrella fugaz, una ola que rompe en la orilla. Todo pasa rápido, como si tuviera prisa por desvanecerse. Y, sin embargo, en medio de tanta fugacidad… estás tú. Tú, que logras detener el tiempo con una sonrisa. Tú, que haces que un instante se sienta eterno.
No sé cómo lo haces, pero contigo todo adquiere otro color. La risa sabe más dulce, el silencio pesa menos, y hasta el dolor tiene un lugar donde descansar. Es como si fueras un milagro chiquito, de esos que se esconden en lo cotidiano y que, al descubrirlos, ya no puedes soltar.
Eres mi siempre en un mundo de instantes. Eres la excepción a la regla de que nada permanece. Porque aun cuando no estás, aun cuando la distancia se asoma o el día se vuelve gris, sigues aquí: en mis pensamientos, en mis ganas, en la manera en que mis ojos buscan algo tuyo en todo lo que me rodea.
Lo bonito de ti no es solo lo que se ve, sino lo que despiertas. Porque contigo no soy solo yo: soy una versión más suave, más libre, más valiente. Eres ese empujón invisible que me recuerda que vale la pena soñar, que vale la pena quedarse, que vale la pena sentir.
Y aunque no puedo prometerte un camino sin tropiezos, sí puedo prometerte mi mano en cada caída. No puedo darte todas las respuestas, pero sí mis oídos en cada pregunta. No puedo jurar que la vida no nos sacudirá, pero sí que, cuando lo haga, quiero estar contigo sosteniendo lo que se tambalee.
Porque no se trata de que seas perfecto, ni de que yo lo sea. Se trata de que en este mundo de parpadeos y segundos fugaces, yo elijo que seas mi siempre. Y lo elijo con calma, con ternura, con la certeza de que no hay lugar en el que prefiera estar que aquí, contigo












