“To keep on learning and thinking and feeling even if it hurts like hell.”
— Sylvia Plath, from a letter to Gordon Lameyer written c. April 1954
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“To keep on learning and thinking and feeling even if it hurts like hell.”
— Sylvia Plath, from a letter to Gordon Lameyer written c. April 1954
“It is a wet, warm, gray November day, and the yellow-green trees are letting go their leaves in the sodden wind.”
— Sylvia Plath - from a letter to her mother featured in Letters Home (via watchoutforintellect)
Y entonces empecé a entender la diferencia entre la muerte en vida (o la enfermedad) y la Vida. Cuando estaba enferma (no solo físicamente, como manifestaban los síntomas, sino mentalmente, puesto que estaba intentando huir de algo) deseaba alejarme de los penosos recordatorios de la vitalidad, esconderme a solas en un estanque tranquilo de aguas inmóviles porque de otro modo me sentía como un junco quebrado cerca de la orilla de un río que rugiera con vigor, golpeada continuamente por la corriente estruendosa. Por eso regresé a casa, consciente de que al hacerlo me resultaría muy difícil volver al trabajo. El esfuerzo horrible que suponía forzarme a mí misma a zambullirme de nuevo en la corriente persistió los peores días de mi sinusitis, y la llamada llegó un día antes de tiempo. Pero inmediatamente se produjo un cambio de actitud: después de todas las racionalizaciones, de sopesar los pros y los contras, te diste cuenta de que cuando estás viva y llena de vitalidad, competir y esforzarte con y entre otras personas compensa todo lo demás. Tanto da cuánto hubiera podido argumentar lógicamente sobre lo perjudicial que era Belmont para mi salud, o lo poco lucrativo que resultaba en relación con el trabajo que hacía, o cuánto me impedía seguir estudiando ciencias, porque, a pesar de todo, el torbellino magnético de todos aquellos jóvenes diablillos esbeltos y encantadores seguía atrayéndome más que cualquier otra cosa. La vida no consistía en estar sentada en el patio, sumida en una ociosidad cómoda y amorfa, escribiendo o sin escribir, según los caprichos de mi espíritu. No, la vida era el frenesí de una agenda llena en una jaula repleta de gente atareada. Trabajar, vivir, bailar, soñar, hablar, besar, cantar, reír, aprender.
Plath, Sylvia. Diarios Completos. España: Alba. (pp.145-146)
Ahora mismo él me rechaza y me acepta sucesivamente, igual que hago yo aunque en silencio. A veces es un arrebato de miedo, odio y rechazo, destructivo y demoledor: «No puedo, no quiero». Pero luego vienen largas conversaciones: escuchamos pacientemente, preguntamos, y la atracción física vuelve a calmar los ánimos, lo apacigua todo, nos arrulla: —Te quiero. —No digas eso, no es cierto, recuerda lo que dijimos de la palabra «amar». —Ya lo sé, pero estoy enamorado de esta chica, aquí, ahora, no sé quién es, pero la quiero. Y siempre vuelve con fuerza un sentimiento igualmente intenso, aunque en otro sentido: ¿qué pasaría si rechazara esto y nunca más conociera a alguien que me satisfaga tanto o (como deseo) más que él? Para decirlo con una de mis queridas metáforas: es como si cada uno de nosotros, desconfiando de las ostras —tan deliciosas y sabrosas, pero también tan indigestas—, se pusiera de acuerdo para comerse una ostra (la posibilidad de una pareja) atada a un cordel (el temor al compromiso). Así, si cualquiera de los dos siente que la ostra le sienta mal al estómago, puede tirar de ella para extraerla antes de que sea demasiado tarde y haya sido completamente asimilada con todo su ominoso poder de destrucción (el matrimonio). Inevitablemente se produciría una ligera náusea, una sensación de desagrado, pero el envenenamiento corrosivo, definitivo, devastador, no habría tenido ocasión de hacer estragos. Y en eso estamos: dos personas asustadas, inseguras, atractivas, inteligentes, hedonistas, supuestamente «astutas».
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (pp. 132-133)
«¿... puedes ver, a través del extraño y oscuro túnel que formas con tus manos ahuecadas, el gran ojo del cíclope, borroso pero fijo en ti; un ojo como una mancha de luz que crece y se convierte en una nube cambiante, cargada de un sentido que se le impone? ¿Puedes sentir, con el oído educado, los latidos del corazón ajeno, el viento aullando, jadeando, cantando, tras el zumbido que surge del interior del cilindro paradójico del poste de teléfonos? Esos páramos inexplorados y salvajes se ocultan bajo la máscara tranquila o inquietante que ha aprendido su nombre, pero no su destino. Todavía hay tiempo para cambiar de rumbo, para partir, con la mochila al hombro, hacia nuevos horizontes desconocidos en los que... solo el viento sabe lo que aguarda. ¿Debería cambiar de rumbo, debería...? Ya habrá tiempo, se dice a sí misma, y de algún modo sabe que en su comienzo también está su final, y que las semillas de la destrucción, tal vez hoy dormidas, pueden brotar fatalmente un día, hoy incluso, en su interior. Evita actuar de cierto modo para hacerlo de otro, y a lo largo del camino sabe que algún día, tras la puerta elegida, terminará topando quizá con la dama, o con el tigre...»
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (pp.127-128)
Mis enemigos son las personas que más se preocupan por mí. La primera: mi madre. Su patético deseo es que yo «sea feliz». ¡Feliz! Ese es el estado de ánimo más difícil de definir. O tal vez sea posible despachar el asunto con la facilidad, un tanto sospechosa, con que lo hacía Eddie, diciendo que significa reconciliar la vida que llevas con la vida que desearías llevar (me temo que a menudo significa lo contrario).
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.117)
¿Por qué me preocupan tanto las cosas que a otros les alegra y dan por descontadas? ¿Por qué me obsesionan tanto? ¿Por qué aborrezco lo que me atrae de un modo tan inexorable? ¿Por qué, cuando me meto en la cama en medio de la oscuridad amable y erótica, no me digo, sonriendo: «Si elijo bien el camino, algún día me sentiré satisfecha física y mentalmente»...? ¿Por qué, en cambio, me quedo despierta hasta muy tarde, hasta que todo el ardor se extingue, torturando mi cerebro con pensamientos fríos y calculadores? No sé querer, solo me quiero a mí misma. Es algo que me escandaliza bastante admitir. No tengo nada del amor desinteresado de mi madre. Tampoco tengo el amor perseverante, práctico, de Frank, de Louise, de Dot o de Joe. Dicho sin rodeos y de forma concisa: solo me amo a mí misma, a esta persona flaca con unos pechos demasiado pequeños y unos talentos escasos y raquíticos. Solo soy capaz de sentir afecto por quienes reflejan mi propio mundo. Ni siquiera sé cuántas de mis atenciones con otras personas son reales y sinceras, ni en qué medida son la capa de barniz que me ha dado la vida en sociedad. Aunque me da miedo mirarme de frente, esta noche lo estoy haciendo. Quisiera de todo corazón que existiera alguna conciencia omnisciente, alguien que me dijera la verdad y en cuyo juicio pudiera confiar a ciegas.
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (pp.116-117)
Quisiera estar despierta los próximos tres días con sus noches, tejiendo en torno a mí los hilos de mi capullo de verano y cortando todos los cabos sueltos, y soborear este lugar hasta la última ola, hasta el último crepúsculo, porque abandonarlo significa abandonar un espacio de vida inmenso... y envejecer, envejecer. Regresar al verde opresivo de tierra firme, a un rincón en un pequeño suburbio... a la intimidad, a la mezcla bulliciosa del yo y las actividades, y a una breve existencia nómada antes de sumergirme en la siguiente gran etapa... mi segundo año de carrera. Por eso doy vueltas perversamente alrededor de las últimas estrellas, cada vez más adormecida, ansiando algo en sueños... nada: hablar, trabajar, comer, preguntarme quién soy. ¿Quién es esa a la que oigo hablar?
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.115)
Después de esta divagación incoherente, debo confesar que en mis horas ocio cultivo tenazmente, por falta de imaginación, el estado mental de quien se resiste a soñar, a imaginar o a hacer conjeturas sobre la realidad de cualquier situación que no sea la presente. A medida que una se hace mayor, los acontecimientos se destacan primero nítidamente y luego empiezan a desmoronarse como un castillo de naipes. Las palabras pronunciadas, las emociones sentidas, las situaciones reales, se suman casi inmediatamente en un vacío árido y teórico. Por ejemplo, Dick. Todo lo que ocurrió la primavera pasada... todo lo que pensé, sentí, dije... y registré como una realidad, ha quedado reducido a una especie de mundo mecánico que es posible proyectar en los sueños diurnos, donde las escenas se suceden como una película sobre otra persona. Pero ¿quién es Dick? ¿Quién soy yo? Mi yo, que se resiste tercamente a la imaginación, ya no consigue pensar en él como un ser de carne y hueso, porque en los últimos dos meses y medio de mi vida apenas ha sido una realidad en dos ocasiones breves y extrañas. Los dos encuentros estaban cargados de tensión mental y emocional. Sin embargo, como no tuve tiempo de acostumbrarme a él, pasadas las horas reales, al despertar descubría que solo creía en él teóricamente.
Plath, Sylvia. Diarios Completos. España: Alba. (p110)
Mi intención, que he mencionado hace un rato de forma un tanto vaga, es utilizar ciertas actitudes, sentimientos y pensamientos para crear una pseudorrealidad (pseudo por necesidad) y ponerla ante los ojos del lector. Puesto que mi mundo femenino se percibe sobre todo a través de las emociones y los sentidos así lo elaboro en mis textos (y a menudo doy demasiada importancia a los pasajes descriptivos y a un caleidoscopio de símiles).
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.106)
(...) y en la página 14 la señora MacGonigle, de 103 años, explica su secreto para llegar a una edad tan avanzada: «Hay que comer mucho pescado y evitar los autobuses y los trenes». Tres niños a los que cada vez quiero más duermen en la casa vacía Estoy echada, despatarrada y desnuda en la cama, con todas las ventanas abiertas, y el aire salino y fresco del atardecer acaricia suavemente mi cuerpo bronceado; me llega el olor del césped húmedo, recién cortado, en el anochecer detenido, y el rumor de las olas rompiendo al cabo de la calle. Dios mío, no hay nada como la pleamar, el gran lienzo azul y plata y el fulgor plateado y oriental de la luna sobre el agua del mar para lograr el mismo efecto que las sales de amoníaco: hacer que el pensamiento salga de su letargo con un estornudo y vuelva, lúcido y tembloroso, a la conciencia.
Plath, Syvia. Diarios completos. España: Alba. (p.104)
«105. A veces también te sientes muy inteligente y eternamente joven. Estás tomando el sol en las rocas, el agua te salpica los pies y una niñita de unos diez años, mofletuda y pecosa, se te acerca con algo, invisible pero evidentemente precioso, en la mano. —¿Sabes si las estrellas de mar prefieren el agua fría l caliente?— te pregunta ingenuamente.»
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.103)
«Pero en alguna medida quería que supieras al menos cómo me hizo sentir tu confesión de ayer, asombrosa y tal vez imprudente. Sentí que no tenía derecho a condenarte, y que aun así, de todos modos, mi fe y mi confianza se venían abajo. Sentí que era posible racionalizar, justificar, aunque al precio de permitir que un ser humano excepcional se convirtiera en alguien común y corriente.»
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.93)
La serena conciencia del carácter inevitable de los cambios, lentos y graduales, en la corteza terrestre se apodera de mí: es un amor irresistible, no inspirado por un dios sino por una conciencia clara y completa de que las rocas anónimas, las olas anónimas, las anónimas hierbas silvestres, se singularizan momentáneamente en la conciencia del ser que las observa. Al sentir el sol quemando las piedras y la piel, o el viento agitando la hierba y el pelo, nace la conciencia de que las inmensas fuerzas ciegas, neutrales, inconscientes e impersonales sobrevivirán, y que el frágil organismo, milagrosamente formado, que las interpreta, que las dota de sentido, se agitará en este lugar brevemente y luego desfallecerá, se hundirá y se descompondrá al fin en la tierra anónima, sin voz, sin rostro, sin identidad.
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.92)
Éramos pequeñas, muy pequeñas, dos animales bronceados trepando, diminutos, microscópicos, por una de las caras del inmenso peñasco, bajo el sol enorme, en medio del mar azul y gigantesco. —Quiero concebir a mis hijos en el mar —dijo Marty. Y de pronto me pareció que tenía razón. Dos cuerpos desnudos, en las rocas bajo el cielo infinito, las estrellas inmensas, el gran desierto de la noche: es mucho más sobrecogedor y mucho más limpio que si se acuestan uno junto a otro en una cama estrecha y sofocante, en una de esas cajitas completamente oscuras que son los dormitorios construidos por los hombres.
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.90)
(...)Pienso en que la vida es un movimiento rápido, un flujo, un cambio constante, y en que siempre estoy despidiéndome y yendo de un sitio a otro, viendo a distintas personas, haciendo diversas cosas. Sólo cuando llueve, a veces, cuando la lluvia limita aún más tu radio de acción, penosamente reducido de por sí; sólo cuando te sientas a escuchar a través de la ventana notando apenas el aire helado y seco en la nuca... solo entonces piensas y te sientes de veras mal. Sientes cómo se te escapan de las manos los días, escurridizos como lombrices viscosas, y te preguntas qué tienes a los dieciocho años, y piensas en cómo, haciendo un esfuerzo de concentración, a duras penas podrías evocar un día, un día de sol, los cielos de un azul aguado fundiéndose con el mar. Podrías recordar las sensaciones que hicieron real ese día, y podrías engañarte a ti misma convenciéndote —casi— de que puedes volver al pasado, revivir los días, las horas, rápidamente. Pero no, la búsqueda del tiempo perdido es más complicada de lo que piensas, y estas búsquedas lastimeras devoran el presente.
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.78)
68. A medida que me hago mayor, cada vez soy más consciente de la velocidad con que pasa el tiempo. De niña, las horas y los días eran largos, dilatados, y había juegos, un montón de tiempo libre y cientos de libros infantiles que leer. Recuerdo que a los ocho años, mientras escribía un poema sobre la nieve, me dije en voz alta: «Ojalá tuviera la capacidad para expresar por escrito lo que siento ahora que todavía soy pequeña, porque cuando crezca sabré cómo escribir pero habré olvidado lo que se siente de niña». Y es cierto que la sensibilidad infantil para las experiencias y las sensaciones nuevas parece disminuir en una relación inversamente proporcional al aumento de la destreza técnica. A medida que nos vamos puliendo nos insensibilizamos y entonces nos sentimos culpables porque comemos, dormimos, vemos y oímos de un modo despreocupado e indolente. Nos vamos volviendo indiferentes, insensibles, nos conformamos con nuestra pasividad, y cada día añade una nueva gota en el pozo estancado de nuestros años.
Plath, Sylvia. Diarios completos. España: Alba. (p.73)