La noche. Todo calla. Y en lo alto tiembla el cristal de los luceros. Brilla una cabrilleante y amarilla franja sobre las ondas de cobalto, ¡Qué llena está la paz de sobresalto! ¡Qué henchido el esplendor de maravilla! ¡Qué trágica se ve, de orilla a orilla, la silueta del puente! (El silencio es azul, hondo y divino). Quizá, en aquella góndola distante, de vuelta del placer, torne el amante, loco de ensueño y pálido de vino.
















