Cada vez que algo le salía mal, su madre le decía que cosechaba lo que sembraba. Lo miraba con severidad y le señalaba en qué se había equivocado. Él se esforzaba, aunque no siempre obtenía los resultados. A su manera, intentaba que ella notara que el problema estaba siendo resuelto. Con el tiempo dejó de buscar su aprobación, no valía la pena. Nada de lo que él hiciera sería lo suficientemente bueno. Ni siquiera podía enfermarse. Por ejemplo, cuando él tenía tos, ella lo regañaba por no cuidarse, y luego le preparaba un remedio de miel, cebolla y limón, y lo obligaba a tomarlo todo. Con frecuencia, sentía que ella le ponía piedras en el camino, porque creía que tropezar le enseñaría a andar, como si las piedras hicieran la diferencia entre el fracaso y el éxito. Más o menos, ésta era el tipo de relación que tenían: tirar y aflojar, ordenar y rebelarse, sí y no. Su madre era como un manual de instrucciones. No le ponía azúcar a su café negro, así que él le ponía bastante al suyo. Se quejaba de su desorden, entonces dejaba todo en cualquier lado. Le molestaba que pusiera los codos sobre la mesa, por lo que mejor comía cuando ella no estuviera allí. Le echaba en cara sus malas calificaciones, así que dejó la escuela… Años más tarde, después de componer un poco su vida y sus decisiones, consiguió un empleo decente, una casa y tuvo una familia. Sin embargo, algo salió mal de nuevo y fue a verla. Platicaron un poco, y ella, tomándole su mano, le dijo que no se preocupara, que creía en su capacidad y que todo estaría bien. Él sonrío. Ella no lo sabe, pero al llegar a su casa lloró hasta sentir que el niño de diez años —que pensaba que su mamá nunca estaría orgullosa de él— lo abandonó.
Denise Márquez (via denisesoyletras)
















