La importancia de nombrarse lencha
Me declaré lesbiana mucho antes de declararme feminista, y cuando volteo a verme, me recuerdo temerosa ante la palabra. Tan áspera, tan rígida y misteriosa. La primera vez que la escuché algo sentí en el estómago, fue como una punzada, un piquete, como la primea vez que besé a otra mujer. Fue nerviosismo y encanto. Algo en mí se revolvió cuando su misteriosa entonación llenó el lugar: Lesbiana.
A los 15 años me nombraba como «gay», porque sí, y porque suponía que ese pequeño anglicismo abarcaba todas las sexualidades disidentes.
«Gay» porque era más fácil,
porque no era una palabra áspera ni misteriosa.
«Gay» porque aminoraba el peso de mi existencia,
«gay» porque era sencillo decirlo,
«gay» porque al decirlo nada cambiaba, nada pesaba.
Dejé de hacerlo el día que noté que «gay» no abarcaba, sino callaba a la multiplicidad. El día que temblorosa me nombré lesbiana, y con mi titubear, noté como todo se desmantelaba. Entonces supe que nombrarse lesbiana era un acto de resistencia, y que todas esas veces en las que lo negué, era en parte, el proceso de cooptación de todo un sistema que se ha encargado de invisibilizar nuestra existencia.
Ay hija, qué fea palabra, escuché, y supe que decir lesbiana era una revolución en sí misma.
Hoy más que nunca, me siento satisfecha con quien soy, he dejado de titubear, de pensarme dos veces el decirlo.
Hoy me abrazo, me amo y afirmo:
Lesbiana porque me niego a perpetuar el silencio.
Lesbiana porque cada día enfrento a un sistema que me declaró la guerra.
Lesbiana porque sólo así nombro mi autenticidad.
Lesbiana porque arde, cala, incomoda.
Lesbiana porque es mi trinchera.
Lesbiana porque soy feminista.
Nunca más una pretendida revolución sin nosotras.