27 de Noviembre del 2021:
Un día que se me grabó en el alma
Hace poco más de 26 años, otro día se me grabó en el alma: el 20 de junio de 1995, para ser más exactos. Ese día nació la persona más hermosa y llena de bondad que he conocido en mi vida. Una persona que no tiene un gramo de maldad en su ser.
Simplemente el ser humano más bueno con el que me he cruzado.
Y tuve la fortuna de que esa personita me eligiera (lo digo porque estoy seguro de que todos lo hacemos) como su padre.
Mientras lees esto seguramente estarás pensando “claro, lo dice porque es su papá”.
Y sí, me imagino que todos los padres hablamos así de nuestros hijos y que en verdad todos lo pensamos. Yo lo pienso también de sus tres hermanos y entiendo que cada padre piense eso de sus hijos. Es natural y, me parece, hasta cierto punto legítimo: los hijos de cada uno le cambian la vida a cada uno y cada uno de nosotros ve en ellos lo mejor que existe.
Lo increíble es que lo que aquí expreso sobre Ximena no lo pienso solamente yo, que sí, estoy sesgado. Me atrevo a decir que lo piensa el 100% de la gente que la conoce y que ha convivido con ella.
Ximena es alegría, es felicidad, es amor, es lealtad, es bondad desmedida.
Todo eso, en un metro y cincuenta y cuatro centímetros.
Pero bueno, hoy no necesariamente quiero escribir sobre sus cualidades y sobre lo mucho que la amo, sino sobre este día que ha marcado mi vida de una manera que jamás pensé experimentar.
No sé siquiera por qué estoy escribiendo esto. Qué tan largo va a ser o si te va a resultar interesante a ti que lo lees. No sé cuándo lo voy a terminar ni sé si lo escribo para ella o para mí. No sé si lo voy a poder volver a leer porque no sé si hacerlo me va a hacer llorar de nuevo de alegría y de nostalgia, ni sé si a ti te va a servir de algo leerlo. Tampoco sé (pienso que no) si voy a ser capaz de describir con palabras todo lo que he sentido estos últimos días, estas últimas horas, porque es algo que jamás pensé que iba a experimentar.
Lo único que sé es que lo quiero expresar.
Hoy, 27 de noviembre, ha sido un día hermoso aquí, en Valle de Bravo: no demasiado frío, a pesar de la fecha. El sol ha salido puntual a saludarnos a todos, a darnos calor (como si lo necesitáramos) y a recordarnos lo increíble que es estar vivos. El cielo ha estado despejado, hermoso. Los árboles verdes, las flores llenas de color, todo ha sido perfecto.
Y no podía ser de otra manera, en una fecha tan especial.
Como decía al principio, hace poco más de 26 años vi por primera vez a mi Ximena.
Conocerla me cambió la vida desde el primer momento.
Tenerla en mis brazos envuelta en su mantita, hinchada, con la nariz chueca por el trabajo de parto que tuvo que hacer, con cara de boxeador y unos ojitos que me miraban fijamente, es lo mejor que me pasó en la vida hasta ese momento y es solo comparable con lo que sentí tres veces después, con cada uno de sus hermanos.
El momento en el que ves a un hijo por primera vez, es un momento único. Distinto a todo.
Aunque ellos solo te miren, no te puedan platicar, ni sonreír, lo que te hacen sentir es inolvidable. Sientes en ese instante un amor y una felicidad que no se pueden siquiera tratar de describir.
“Voy a tener que chingarle cabrón para que la quieran por su dinero porque por su belleza no estoy tan seguro”, recuerdo haber dicho en tono de broma al verla.
Vaya que estaba equivocado.
Dos días después de conocerla, su mamá y yo nos la llevamos a casa envuelta en una mantita y, quien me iba a decir, años después, ayer la trajimos en mi carcachita convertible hasta acá, envuelta de nuevo en una mantita.
La diferencia es que hace 26 años la llevaba a casa y ayer, la traía a la cita más importante que ella ha tenido hasta ahora (después de conocerme a mí POR SUPUESTO):
a celebrar su unión con Miguel, el hombre que ama.
Sí, hoy, 27 de noviembre del 2021, se casó mi hija.
Y este día se me quedará marcado en el alma para siempre.
Uno no se prepara para esto. De la misma manera en que uno no se prepara para ser padre. Los hijos te lo van enseñando todo. Te cambian la vida. Te hacen una mejor persona, en la mayoría de los casos al menos.
Yo tengo cuatro. Sí, cuatro. Una exageración en estos tiempos, dirían algunos. Si pudiera, tendría más. En mi caso, ser padre es lo mejor que me pasó en la vida. Respeto a quienes deciden no serlo, aunque mi cabeza no puede entenderlo. Y me dan lástima, mucha lástima los que siéndolo deciden no vivirlo, no ejercerlo y sobre todo, no disfrutarlo. Dar la espalda a tus hijos y a tus responsabilidades como padre me parece, lejos, el peor error que puede cometer cualquier ser humano.
Yo tuve la fortuna de tener a Xime en casa 26 años. Y como dije en la boda, si hubiera sabido que se me iban a pasar tan rápido, hubiera trabajado mucho menos, viajado mucho menos, estado fuera mucho menos tiempo. El hubiera no existe, sí, pero te lo dejo como consejo a ti que hoy quizás tengas hijos chicos o que estés a punto de ser padre:
Disfrútalos. Abrázalos. Bésalos. Diles cuánto los amas y, más que decírselos, demuestráselos todos los días porque algún día para el que nunca vas a estar listo, los vas a estar acompañando a su boda, despidiendo en algún aeropuerto o simplemente viéndolos irse: viéndolos volar.
El tiempo con los hijos nunca es suficiente. Así que hay que aprovecharlo hasta que llegue ese día.
Y es que ese día, créeme que te lo digo porque lo sé, porque ya lo viví, será el día más bizarro de toda tu vida, porque por una única vez, tu corazón albergará la tristeza y la alegría más grandes que hayas sentido jamás, exactamente al mismo tiempo.
Abraza esa dualidad, déjala fluir y gózala porque, al menos en mi caso, ese día también se te irá como agua entre los dedos.
“Aunque se vayan, los hijos nunca se van”.
Hace años escribí esta frase para una campaña de Tequila Cuervo Tradicional.
Hoy espero con todo mi corazón que eso que escribí porque me parecía “muy lindo” y “muy real” lo sea en verdad. Estoy convencido de que Ximena nunca se irá. Convencido más bien de que con Miguel he ganado a un hijo más y de que en el futuro, cuando ellos así lo decidan, ganaré también la inmensa alegría de ver a mis nietos. No puedo siquiera imaginarme lo que voy a sentir al cargarlos “envueltos en mantitas” o al jugar con ellos y consentirlos como enfermo. Le pido a la vida que me deje llegar bien a ese momento y que me deje disfrutarlo.
Pero por lo pronto, hoy caminé con ella en medio de un bosque hermoso, con el sol entrando entre los árboles, con gente alrededor que nos miraba con mucho cariño y ternura, vestida de novia, divina, colgada de mis brazos, y la dejé en brazos de su novio.
20 pasos, 30, quizás. Los más difíciles que he dado en mi vida. Un trayecto que se hace rápido y lento a la vez. No quería llegar. Quería seguir caminando con ella del brazo eternamente y perderme para siempre. Al final eso es la vida: un camino largo que compartes con los que amas. Qué lindo caminar del brazo con mi hija. Qué lindo verla feliz, sentir sus nervios como tuyos, qué lindo querer reconfortarla y, sin necesidad de decirle nada, hacerlo.
Qué lindo ver a su novio parado ahí, esperando igualmente nervioso. Con los ojos llenos de amor y el pecho lleno de orgullo. Qué lindo verlo llorar, feliz, como se ve a alguien que está a punto de recibir el regalo más preciado que tiene la vida. Qué linda la gente que llora de alegría a tu paso. Qué linda tu familia que la quiere tanto como tú, qué lindos tus amigos que te aplauden, te graban, te miran, te dan su apoyo. Qué lindo ver a tu mamá en un momento así, viendo a su nieta tan feliz. Qué lindo pensar que los que se han adelantado están ahí, presentes también, felices por ti y por ella. Qué lindo ritual. Tengo cada segundo de esos 30 pasos grabado en mi memoria para siempre.
Confieso que tenía preparadas muchas ideas sobre qué decirle mientras caminábamos hacia el altar. “Algo tan hermoso que la haga recordar este momento toda su vida, soy creativo, algo se me tiene que ocurrir”, pensaba cuando me preparaba para caminar con ella, pero no me salió decir nada. Nada. Simplemente me quedé mudo. Me bajé del auto, la tomé del brazo y la emoción se apoderó de mí.
No pude sino sonreír, intentar no llorar (no lo logré) y disfrutar.
Con Miguel sí hablé. O al menos, eso creo recordar.
“Por favor, ámala mucho, cuídala mucho, hazla reír mucho. Confío en ti”, recuerdo haberle dicho. Espero que él lo recuerde todos los días y si no, que venga y lo lea aquí.
Confiarle a alguien lo más valioso que tienes es un acto de amor inmenso. Yo confío en él.
Me senté después en una silla y no pude dejar de mirarlos. Sobre todo, no pude dejar de mirarla a ella. A mi niña de la mantita. Esa bebé que volteaba la mirada al verme y me tiraba los brazos en cuanto me aparecía en cualquier lugar, sin importar lo que estuviera haciendo o con quién, haciéndome sentir el tipo más importante del mundo. A esa niña que me hacía repetir una y cien veces la escena inicial del Rey León en la que Scar aplastaba al ratón porque la mataba de la risa. A esa niña que se dormía en mis brazos con la canción de “No more I love You’s” de Annie Lennox. Esa niña corría a mis brazos cuando llegaba de un viaje y se metía en mi cama para dormir abrazándome. Esa niña que alguna vez, cuando empezó a poder hablar y estando en un bautizo del que yo me tenía que ir temprano porque salía de viaje de trabajo me dijo “no te vayas papi, llévame contigo” y me hizo comprar un boleto extra de avión a Costa Rica para llevármela aunque fuera a trabajar. Esa niña que me acompañaba a las filmaciones, que se paró en una premiación del Círculo Creativo a recibir conmigo el premio de Agencia del Año porque “quería saber qué se sentía ser tan importante”. Esa niña que celebra y se enorgullece tanto de mis logros y que le hacía dibujos a mis amigos y que desde siempre le daba tanto amor a cuanta persona se cruzaba en su camino. Esa niña que con el tiempo se transformó en una mujer maravillosa, única, y que siempre va a tener un lugar único en mi corazón.
“Híjole mi Rul, ¿qué se siente entregar a tu hija?” es quizás la pregunta que más me repitieron terminando la ceremonia.
Llámenme estúpido, incrédulo, negado, lo que quieran, pero con todo lo indescriptiblemente fuerte que es ese sentimiento, con toda la melancolía que te puede llegar a causar, con todo y eso, yo no siento que “entregué” a mi hija, ni me gusta pensar que fue así, porque eso me suena a sacrificio, pago de deuda o algo similar.
No, yo no “entregué” a mi hija. La acompañé por ese increíble pasillo a emprender una nueva y maravillosa etapa en su vida junto al hombre que ama. Pasará en adelante más tiempo con él que conmigo, sí, quizás lo llamará a él antes que a mí cuando tenga un problema o una alegría que contar, pero eso no me hace menos importante en su vida ni a ella en la mía. Simplemente las cosas cambiarán un poco, pero pienso que, incluso, cambiarán para mejor.
Sí, tengo que aceptar que desde ese momento en el que soltó mi mano y tomó la suya yo pasé a ser “el segundo hombre más importante en su vida” y que (espero) si algún día tienen hijos pasaré a ser “el tercero” pero eso no es importante. Lo verdaderamente importante, es su felicidad.
Y este día, el 27 de noviembre, es el día que más feliz la he visto en toda su vida.
Su carita, su energía, sus palabras, su cariño hacia todos los que la acompañamos.
El día empezó temprano y con este proceso he ido aprendiendo cosas que ahora pasan en las bodas que no sucedían antes:
El “First look” o, lo que es lo mismo, el momento en el que el novio ve por primera vez a la novia con su vestido.
Xime quiso que antes de que la viera Miguel, la viera yo.
Me llevaron hasta donde se estaba maquillando y vistiendo con los ojos tapados y cuando me dijeron, los abrí.
Indescriptible sensación. Simplemente indescriptible. Ese momento se quedará fijado en mi mente para siempre. Es una imagen que me ha venido a la cabeza mil veces desde entonces y que tengo tan presente que siento que la puedo volver a vivir. Lo sé ahora, porque en ese momento no lo llegas a interiorizar. Es como si estuvieras en “automático” o “en modo avión”.
Aquí otro consejo: si te toca ser “el papá de la novia”, asegúrate de vivir cada segundo, cada instante, y de grabártelo en la memoria. Porque ese día pasan muchas cosas maravillosas y desafortunadamente, todas pasan muy rápido. Te vas a quedar después con una sensación de “chale carajo, qué rápido se me pasó todo”. Entre abrazos, preguntas, felicitaciones y demás, todo se te pasa muy rápido. Pon mucha atención a lo que importa: y lo que importa, es tu hija.
De la ceremonia ya hablé al principio así que no voy a volver ahí.
Quiero contarte un poco del baile.
Sobre “abrir pista"· con ella.
Bailar frente a toda esa gente.
Quienes me conocen saben que el baile no es lo mío. Me encantaría poder escribir que bailé con ella como Fred Astaire, que la hice volar por toda la pista, pero no. Para nada.
Ximena eligió “How Long Will I Love You”, para “bailar” conmigo. Entrecomillo la palabra bailar porque lo único que pude hacer fue abrazarla fuerte y tratar (sin éxito) de no llorar.
“A mí a mis hijas me las van a tener que arrancar”, me decía mi hermano Jorge después de la ceremonia cuando le platicaba lo que sentí. En ese momento supe a qué se refería.
No sé cuánto tiempo pasó pero, de nuevo, se me hizo corto. Muy corto, Para mí, fueron segundos. Curiosamente cuando hablábamos de eso durante los preparativos previos yo pensaba “chale ojalá el numerito del baile no dure mucho porque qué oso” y hoy, pienso exactamente lo contrario: “qué rápido pasó carajo, quisiera seguir bailando con mi hija”, así que de nuevo: consejo para ti, padre con dos pies izquierdos, no importa si nos sabes bailar, baila.
Después bailamos todos. Y de nuevo, fue un momento muy especial. Un abrazo muy, muy especial. Y bailó ella con Miguel. Y en algo que al menos yo nunca había visto ocurrir en una boda, la gente se paró alrededor de la pista y, de la nada, mi hijo Sebastián tomó el micrófono para dedicarle unas palabras a los novios. Después lo hizo Emiliano y después, Nicolás.
Y yo lloré de emoción. Lloré al escuchar a mis hijos expresarse así de su hermana y de su nuevo hermano. Cada uno con su personalidad y a su manera, les dijeron cosas que me dejan claro que su mamá y yo (más ella que yo) hemos hecho un gran trabajo con esos niños.
Siempre he dicho que como padre tu mayor logro es criar a personas que resulten mejores que tú. Pienso que con estos 4 lo logré.
Y bueno, hablaron espontáneamente mis hijos. Cosa que tampoco había visto en ninguna boda, al menos no en México. Habló también la hermana de Miguel así que nada, pensé que sería bueno hablar también.
No sabía qué decir. De hecho, no recuerdo bien qué dije. Lo que sí sé, es que nunca me había costado tanto trabajo ni me había emocionado tanto hablar en público. Voy mucho a dar pláticas, estoy muy acostumbrado a hablar en público y no me cuesta ningún trabajo.
Pero en ese momento, me quebré. Creo que no pude ligar dos oraciones seguidas.
La gente reía, lloraba, me animaba y yo trataba de expresar un poco lo que sentía en ese momento, un poco como lo estoy tratando de hacer ahora. Trataba de expresarles a ellos dos todo el amor que sentía pero al final no sé ni qué dije.
Lo que sentí, fue una energía increíble. Una energía única, en verdad especial. La energía que emanaba del amor de toda esa gente que estaba ahí, compartiendo ese momento tan especial con todos nosotros, por amor y desde el amor.
“Señor, quiero decirle que yo leo mucha poesía y, lo que dijo hoy usted, es poesía pura, nos inspiró a todos”, me dijo más tarde un chico al que no conocía. Insisto, no recuerdo ni qué dije, pero me hizo muy feliz que me lo dijera, como tanta gente que se acercó a decirme cosas tan lindas, tan llenas de amor.
Eso fue lo que hizo de la boda de Ximena y Miguel un momento tan, pero tan especial:
El amor que se tienen, el amor que les tenemos sus padres, hermanos y familia y el amor que les tiene toda la gente que nos acompañó.
En verdad que la boda fue un evento lleno de amor. Y es ahí donde toda esa tristeza que te puede dar al pensar que “tu hija se casa”, que “la vas a entregar”, que “a partir de ese día ya no serás lo más importante en su vida”, se transforma en una alegría y felicidad enormes. Y es por eso, por el amor, que ese día será también uno de los días más felices de tu vida.
Cuando lo ves así, te relajas, como me relajé yo.
Te pones feliz. Disfrutas. Disfrutas viendo a tu hija feliz. Disfrutas haber podido regalarle un día tan especial y te das cuenta de que también te lo regalaste a ti.
Disfrutas cada pequeño momento, cada gesto, cada abrazo, cada agradecimiento, cada cumplido. Y te crees que cuando la gente te dice “es la boda más linda a la que he ido en mi vida”, te lo dice porque es cierto.
Momentos así son los que hacen la vida inolvidable. Son los que hacen que valga la pena vivirla.
Y ser “el papá de la novia”, el “pobre wey al que ya no van a pelar”, es lo más maravilloso que te puede pasar.
Vivir para ver a tus hijos volar con seguridad, realizados, verlos elegir su propia vida, su propio camino, su propia felicidad, donde sea que ésta esté, es el mejor regalo que te dará la vida.
Yo no “entregué a mi hija”. Yo gané a un hijo. Un hijo maravilloso. Un tipo responsable, determinado, buena persona. Pero sobre todo, un tipo que la hace feliz. Eso es lo único que me importa. Que mi hija sea feliz. Y le estaré siempre muy agradecido por hacerla feliz.
Gané también a una nueva familia: consuegros increíbles, con los que nos hemos sentido muy conectados desde el primer momento, sin pretensiones ni encuentros forzados nos hemos llegado a querer y estoy seguro de que esa relación también crecerá con el tiempo.
Cuando las cosas se hacen con amor y desde el amor, sucede magia.
La vida es hermosa y te regala momentos únicos, que se te graban en el alma para siempre.
El 27 de noviembre del 2021 es eso para mí.
Y quería compartírtelo a ti, si llegaste hasta acá, para que si ya lo viviste recuerdes lo maravilloso que es o que, si no lo has vivido pero lo vivirás algún día, los disfrutes tanto como yo.
“Aunque se vayan, los hijos nunca se van” es desde ahora, mi frase publicitaria favorita, de todas las que he escrito en 30 años.
Ustedes nunca se irán, queridos Ximena y Miguel.
Gracias Xime, por todo el amor que me has dado desde el primer momento en que te vi y por regalarnos a mí y a todos los que te amamos un día tan especial.
Gracias Miguel, por amar a mi hija más que a nada en el mundo, porque ella se lo merece.
Gracias a todos los que con tanto amor nos acompañaron.
Gracias a todos los que me abrazaron, me apoyaron y me dijeron cosas tan hermosas.
Disfruten mucho esta aventura, queridos hijos, y sean muy felices.