X. Death Debt
Los viajes en avión la agobiaban tremendamente y fue por eso que al llegar de su última escapada con Rick, de enterarse de que Lizzie estaba viva y de que algo muy turbio estaba por pasar, Nicole decidió que no pasaría por casa. Ir a casa significaba darse tiempo para pensar y formular teorías que no la llevarían a ningún lado, especialmente ahora que Thea prácticamente les había ordenado dejar el tema. Por eso optó por volver a la base y simplemente deambular por los varios campos y áreas de entrenamiento. Tal vez ahora, sabiendo que tenían infiltrados enemigos dentro de sus filas, podría concentrarse en ver o detector pequeñas señales que los delataran. Era pedir demasiado, pero con tal de no llegar a casa Nicole había decidido darle una oportunidad a su idea inicial. Además, necesitaba aire. Necesitaba no pensar en Lizzie. Andaba con las manos en los bolsillos dentro de aquél campo de obstáculos llamado “C18”, porque de los veintisiete obstáculos que debían ser superados en 60 segundos, siempre habían “18 Caídas”. Era un nombre horrible y seguramente cutre, pero cada vez que Nicole pensaba en aquél nombre y en el origen del mismo le daba por reír. Miraba de lejos, concentrada. Rara vez bajaba la guardia, pero últimamente la había bajado a menudo. ¿Y si era por eso por lo que ahora tenían infiltrados en sus filas? ¿Y si estaban dentro por que ella no había sido lo suficientemente responsabe? Suspiró y negó con la cabeza, ordenándose a sí misma el terminar e ignorar el camino al que esas preguntas la llevaban a menudo: a odiarse a sí misma, a dudar de sí misma, y a menospreciarse. Y estaba harta. Salió de sus pensamientos al notar la vibración de su teléfono a tiempo que sonaba. Se había alegrado de que fuera un mensaje porque, sinceramente, ahora no se veía con fuerzas de debatir con Robert. Desbloqueó el teléfono introduciendo su código y vio que el emisario del mensaje era Jessica Laurence. Nicole frunció el ceño, pensando en que era raro que Jess le hubiera enviado un mensaje porque no era, para nada, su estilo. “Reúnete conmigo en la armería. Tenemos que hablar. x” Aquél mensaje no hizo más que forzar a Nicole a subir su ceja derecha hasta casi el cuero cabelludo. Dio media vuelta, echándole antes un vistazo al entrenamiento, y se dispuso a andar camino a la armería.
X
Tener la sensación de que volviese a dónde volviese y fuese dónde fuese nunca podría decir “he vuelto a casa” o “me voy a casa” malhumoraba a Jessica. DynCorp, Fort Hood, no eran sitios tan diferentes. Las intenciones de ambas organizaciones eran las mismas, lo único que las diferenciaba ahora era el nivel de confidencialidad. La OCEU estaba comprometida, pero si se le preguntase alguna vez su honesta opinión diría que no le daba mucho crédito a aquella agencia militar privada. Acabaría manchándose; porque así era el ser humano. Así eran los hombres. Se jactaban de nobleza y honor, pero al final del día todos tenían un precio. Estaría haciéndose mayor. Eso pensó al haberse sentado en una de las cajas que contenían munición. Llevaba diez minutos en la armería y no sabía si tenía más agotada la paciencia o las plantas de los pies. Definitivamente ya no era lo que una vez fue. “Reúnete conmigo en la Armeria en quince minutos. Tenemos que hablar”. Eso era lo que el mensaje de texto que recibió cuando acababa de salir de la ducha decía. Francamente no le sorprendía. Después de la bomba de Elisabeth barra algo catastrófico pasará barra todos mis amigos me mienten, no le extrañaba que quisiera una conversación. Lo que no tenía claro era si sería profesional o personal. Estaba acostumbrada a ser quién se preocupase de la gente, no la razón de la preocupación de otros. Ella siempre había sido una roca, un soporte para sus hombres y su familia, nunca se había permitido aflojar para dejar que otra persona fuese su amarre. Tal vez le apeteciese que fuese algo personal después de todo. No había hablado con nadie respecto a lo de Sarah aún, y tampoco de como alguien la había sacado de su tumba convertida en una especie de zombie para dejarla en una zona comercial. No hablaba, ese era su maldito problema. Se sacó la pistola del cinturón y desmontó el cargador. Desde fuera, una figura masculina, de un metro y pico siendo el pico casi 1,99, miró por entre el diminuto espacio que había quedado al no cerrarse la puerta de la armería. Observó a la rubia sentada sobre unas cajas y la figura, el hombre decidió que era el mejor momento para atacar. Jessica Laurence había bajado la guardia, y el plan del grupo había funcionado. Cogió con ambas manos los pomos de las puertas de la armería y la cerró de golpe, terminando por pasar la cadena y el candado habituales por entre los mismos. La mayoría estaba entrenando así que nadie le había visto cerrar. Nadie sabía quién lo había hecho, ni como, pero en unos minutos o incluso unas horas, Jessica Laurence estaría muerta y su tapadera debía ser perfecta. Y por eso, a sabiendas de que uno de sus superiores se encontraba ya dentro del lugar, se cruzó de brazos y cruzó la calle para dejarse ver cerca el punto neurálgico de la base. Si los cazadores le veían y las cámaras le grababan, nunca sospecharían de su colaboración. Sonrió para sí mismo a sabiendas de que Jessica Laurence dejaría de ser un dolor de cabeza en apenas unos minutos. Mientras, dentro de la armería, otra figura masculina sacaba la arma de su funda y encajaba el silenciador en el extremo de la misma. Jessica Laurence estaba sentada y distraída con su teléfono. Él silbó imitando la sinfonía de "Tiburón" mientras salía de entre las sombras y se dejaba ver. Segundos antes, Jessica ya se había incorporado y tensado. Tenía buen oído, lo tenía ya antes de que su organismo fuese idéntico al de un súper soldado en un 90%. Lo único que la distinguía de ellos era la capacidad de escoger. La voluntad. No era su marioneta. Al ver al hombre con aquél porte tranquilo y expresión un tanto macabra, la ex federal alzó una ceja y colocó nuevamente el cargador dentro de su pistola. Sacó el seguro y no hizo ademán de apuntarle; pero si debía hacerlo, estaría preparada. Una voz en su cabeza le recordó lo paranoica que se había vuelto. Pero otra acotó que razones no le faltaron para no confiar ni en su sombra. —¿Siempre cantas cuando te paseas por la armería? El hombre, Curtis, sonrió mientras se acercaba y se situaba apenas un par de metros de la rubia. —No, solamente canto cuando voy a quitar una vida. Es algo así como un ritual, por llamarlo de alguna manera. El pulso de JT no se alteró. Estaba entrenada para enfrentar situaciones semejantes. Si podía ser capaz de no expresar sentimiento alguno aún cuando su corazón se hacía añicos, podía camuflar el miedo en una mirada de altanería. Todo era cuestión de entrenamiento, y en su caso, habituarse a pretender no sentir después de tantos años obligándose a creer que no lo hacía. En lugar de hablar, observó. El arma de aquél sujeto tenía silenciador. “Claro”. Como si fuese la primera vez. —Supongo que no he quedado con la general después de todo ¿No? Dejó que el soldado se jactase de una sonrisa, ella se la borró en seguida dándole un derechazo. Si creía que iba a ponérselo fácil, que lo pensase dos veces. Aquél derechazo lo esperaba porque la había visto en acción, pero él era grande, enorme y su masa muscular quintuplicaba la de la rubia. Por eso se mantuvo firme en su posición y antes de que la mujer recobrara su propia posición y comenzara un ataque totalmente nuevo, él la cogió de su antebrazo izquierdo y tiró para abajo sacándole el codo de su lugar en el acto. Luego alcanzó la nariz de la rubia con un codo y terminó por dispararle a ella en la rodilla derecha. No quería que fuera un asesinato demasiado rápido. La caída de JT fue inevitable, aunque solo parcial. La rubia mantenía una rodilla flexionada al mismo tiempo que contenía el grito de dolor; podía tener un sistema celular más avanzado que el de un ser humano cualquiera, ser capaz de regenerar sus tejidos cuando una herida se abría, pero ni sucedía tan deprisa ni venía con el extra de mitigar el dolor. Dolió, y mucho. Manteniendo la cabeza gacha, intentando encontrar un ritmo óptimo para su respirar oyó los pasos del hombre y actuó. No había acabado. Sacó de su bota el cuchillo que escondía en el fuero interno y casi en un gesto automático, sin tener que ver lo que hacía lo hundió con convicción en el muslo del soldado. Le oyó gritar, y sabía que considerarlo como música para sus oídos no la convertía en una mala persona. Ese cerdo se merecía gritar de agonía durante horas. Aprovechó ese instante de confusión y esa leve ventaja para incorporarse a duras penas y volver a darle un derechazo. La adrenalina aumentó el ímpetu del golpe. La herida le dolía y la sangre salía a borbotones de su muslo, pero las había tenido peores. Respondió al nuevo derechazo de la rubia con uno de cosecha propia. Luego aprovechó que Jessica cambiaba su posición de ataque para parar del golpe y golpearle el estómago con su rodilla. Aquello hizo que la rubia se doblara de dolor y aprovechando que ella estaba a la altura de la cintura de él, Curtis apuntó con su arma a la espalda de Jessica. No había rozado la columna pero seguramente, y con un poco de suerte, la bala habría rebotado por entre las costillas. “Maya” no supo qué fue. Si la bocanada de aire que no encontró al volver a caer sobre sus rodillas o la sensación de un frío otoñal que la embriagó de un momento a otro. No sabría decirlo, pero supo que su vida acababa allí. Y tal vez fue por todas las veces que había pasado la muerte de largo por su puerta, quizá ya era hora de que se cobrase todos sus “casi” y todas las veces que se rió de ella. Porque siempre supo que el momento llegaría, con o sin su mejoría genética, no podría escapar del final. Porque si llegaba a hacerlo significaría vivir para siempre, y vivir para siempre significaría no ser humana. Si lo pensaba fríamente, prefería morir. Su pistola cayó en seco cuando su mano no pudo mantener la firmeza de su agarre. Su mirada estaba perdida en unas cajas apiladas a unos tres o cuatro metros frente a ella. No había nada interesante, nada que mereciese la fijación de sus ojos, simplemente no podía apartar la mirada de allí. Ni pensar en levantarse. Solo era consciente de como la sangre se aglomeraba en su garganta, no obstante deducía que no era eso lo que la impedía respirar. Se ahogaba porque el oxígeno que intentaba respirar se perdía en cada torpe inspiración antes de llegar a sus pulmones, uno de los dos probablemente perforado. Vio las piernas del sujeto frente a ella. Si se acababa allí, no moriría sin mirar a su enemigo a los ojos. Nunca moriría así. Entornó la mirada hacia él. Era irónico. Cuando por fin decidía querer abrirse a alguien, no habría tiempo. Curtis se acercó a la rubia, rodeando el cuerpo de ésta con ambas piernas. No sonrió, no rió y no hizo burla alguna. Había algo sagrado en las ejecuciones, algo que a él lo llenaba más que cualquier otra cosa. Se arrodilló sobre Jessica, todavía apuntándola. Tomó aire y dejó que éste recorriera y llenara sus pulmones. Comprobó que su pulso siguiera bajo las x80 pulsaciones. Suspiró nuevamente, y ésta vez sí que habló. —No es culpa tuya que dejes de serle útil a alguien, pero todos tenemos un final. Y el tuyo ha llegado. No dijo más. No quería alargar aquello más de lo necesario; no quería hablar. Alzó el arma a la altura de su propios ojos y terminó por apuntar en la sien a Jessica Laurence. —Gracias por ayudarnos a encontrar la cura contra el virus. Curtis miró por ultima vez a los ojos a Jessica. Le había dado su momento para suplicar o para llorar, o simplemente para despedirse del mundo, pero la rubia no se iba a ir sin luchar, así que lo único que hizo fue mirarle sin miedo. Aquello casi le hizo admirarla. Casi. Apoyó el cañón de su arma en la sien de Laurence y apretó el gatillo sin contemplarlo demasiado. Ya estaba hecho. Se puso en pie sólo por no mancharse de sangre. Miró durante unos segundos cómo la sangre salía de la sien de la rubia y cómo poco a poco no sólo como su pelo se oscurecía, sino también como el charco de sangre que había debajo de ella comenzaba a expandirse. Debía ser cuidadoso con la sangre porque por lo demás, incluso si dudaran de él, no podrían acusarlo. Todos pasaban por la armería. Sus huellas no revelarían nada. Llevó su arma a la parte trasera de sus pantalones, echó un último vistazo al cadáver y luego se encaminó hacia la cajas de donde había salido minutos antes, dejando así el local.
X
Richard Hillson avanzaba por uno de los pasillos de la base con el teléfono pegado a la oreja. Su ceño fruncido y sus hombros tensos eran indicio de que algo no le estaba sentando bien. Irritado sería la palabra. —Tiene dos años Roy, no cinco. Si no quiere cantar “Let it go” no va a cantarla. ¿Qué vas a hacer mañana, llevarla al Karaoke a ver si se marca una balada? Tu... Tu solo dime si ha merendado. ¿Todo? Si es que tengo un encanto de niña. Se ha ganado el cielo con solo dos añitos. No tiene nada que ver que sea su padre, cualquiera con lo di.. —su ceño se frunció más al ver a Nik avanzando en dirección contraria, frente a él—. Oye, te dejo. Estaré allí en unas horas, te llamo luego de todas formas. Colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo. —Nik —llamó aún acercándose—. ¿Qué haces aquí? Pensé que ibas a la armería a ver a Jess. Si vienes de allí déjame decirte que ha sido el encuentro más fugaz de la historia —bromeó—. Aunque no es de extrañar —ya frente a ella y estático se rascó la mejilla—, no es muy habladora. Nicole no había reparado en la presencia de Richard hasta que éste la hubo llamado. Estaba demasiado ocupada intentando borrar de su teléfono y de su propio cerebro la fotografía que Robert le había enviado. Quería arrancarse los ojos. Por eso se detuvo frente a su marido, confusa. Aunque más confusa fue quedándose conforme Rick comenzaba a hablar. Las cejas casi superaban la parte superior de su frente. Le sorprendió que supiera sobre su encuentro con Jess porque ella no le había dicho nada. —¿Cómo sabes lo de...? No importa. —dijo alzando ambas manos haciendo un gesto de que, de verdad, no le importaba. Rick siempre se enteraba de todo.— Me ha dejado plantada, ¿te lo puedes creer? A mi. ¡Plantada! —exclamó. Luego le mostró su teléfono a Richard, mostrándole su rechazo absoluto a lo que le estaba enseñando.— ¡Y Rob no hace más que enviarme fotos de su entrepierna! Este día es una pesadilla. Es... es como haber entrado en un bucle y estar viviendo permanentemente en Jueves. La cara de Richard se había desfigurado al ver la foto que Nik le enseñó. No se recompuso hasta que fue priorizando las palabras de su mujer en su cabeza. —Primero, qué cerdo —soltó con sinceridad— y segundo, no puede haberte dejado plantada si eres tú la que la ha citado. Generalmente el que da plantón es el que quiere quedar, y el plantado es el que va a la.. ¿O es al revés? —negó, sacudiendo la cabeza—. La cuestión es que no puede ser. La he visto hace unos veinte minutos e iba hacia allí. Me ha dicho que querías verla. ¿Que ella había citado a Jess? Ella no... Nicole negó con la cabeza, extrañada. Cerró su conversación con Robert, quién seguramente se había equivocado de contacto, y abrió el mensaje de Jess. Se lo enseñó nuevamente a Richard, segura de lo que le decía. —Me citó ella hace como... pft, ¿media hora? —dijo con cierto tono interrogativo, aunque parecía ser una confirmación.— Estaba a punto de verme con ella cuando he recibido otro mensaje diciendo que lo aplazaba para más tarde. ¿Ves? —volvió a preguntar, esta vez enseñándole el segundo mensaje— Creo que lo de estar con... ya sabes, "L" —dijo enfatizando— la ha trastocado. —Si... —Rick le quitó el teléfono para ver mejor el mensaje—... Tiene sentido. ¿Lo tenía? En realidad no. Se cruzó con Jess en aquél mismo pasillo y estaba presente en el momento en que “Nik” le envió el mensaje. Richard era inteligente, vivía de su coeficiente intelectual, su trabajo en la OCEU era más logístico y estratégico que de campo. Lo que a una persona podía llevarle diez minutos deducir, a él le llevaba unos segundos. Había algo que no encajaba. Nik recibió el mensaje de Jess hacía media hora, Jess lo recibió hacía veinte minutos. “Tu mujer quiere hablar conmigo”, aquellas habían sido las palabras exactas. Algo no estaba bien. —Tengo un mal presentimiento —le devolvió el iphone—. Deberíamos ir a la armería y comprobarlo. Solo para estar seguros. Nik cogió el teléfono cuando Rick se lo hubo devuelto y lo guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones. ¿Y si tenía razón? Rick tenía razón -siempre la tenía - y aquello era bastante raro. ¿Y si se había concentrado más en lo que los infiltrados podrían hacerle a la OCEU como conjunto que en lo que los infiltrados podrían hacer contra las figuras más autoritarias de la base? Si ella estuviera de encubierto utilizaría esa táctica. Asintió a Rick y comenzó a caminar con pasos mas bien largos y rápido. Les llevó casi cinco minutos llegar al edificio. Cruzaron la puerta principal (siempre abierta) y avanzaron hasta toparse con una segunda. Rick frunció el ceño al ver la cadena echada, reforzada con el candado. Tal vez solo estaban paranoicos. Si la armería estaba cerrada ¿cuales eran las posibilidades de que Jess siguiese allí? O de que hubiese entrado si quiera. Pero tenía que asegurarse. —Nena, tu tienes una copia ¿No? —preguntó mientras sacaba su propio teléfono y marcaba el número de Jess. Una buena forma de cerciorarse de que estaba bien sería oír su voz. Las arrugas en su frente se multiplicaron no al oír el tono de espera, sino la melodía del móvil de la ex federal. Se oía lejana y cercana a la vez. Rick acercó la oreja a la puerta. Venía de dentro. Había sacado una ristra enorme de llaves de su otro bolsillo y se detuvo en seco al escuchar la melodía del teléfono de Jessica. Miró primero al frente, a la puerta cerrada, y luego se giró para mirar a Richard. Si había algo que le gustara más que otra cosa en este mundo era su habilidad, la de ella y de Rick, de comunicarse con la mirada como si tuvieran conversaciones tremendamente largas e importantes. Aquella mirada duró apenas un par de segundos, pero pareció durar años. Si la armería estaba cerrada y el teléfono de Jessica cerca.... Dejó salir un "fuck" apenas audible y pasó su dedo por entre la cantidad de llaves hasta encontrar la correcta. Luego abrió el candado aprisa, ya acostumbrada a esa cerradura. Cogió la cadena del límite que colgaba de los pomos y la sacó dando dos vueltas contrarias a las agujas del reloj. La dejó caer al suelo dejando que el sonido hueco del metal de la misma los envolviera durante el tiempo que les bastó con empujar la puerta y adentrarse en la armería. Estaba todo oscuro, excepto por las luces de emergencia que estaban en el otro extremo de la sala. Palpó la pared para guiarse hasta que alcanzó con la punta de su dedo indice el interruptor. Rick en cambio ocupó aquellos segundos en desenfundar su pistola y sacarle el seguro, sosteniéndola con ambas manos al frente. Incluso cuando las luces se encendieron avanzó con prudencia. Le hizo una señal a Nik para que ella comprobase la zona de su derecha, él comprobaría el hala este. Nada parecía fuera de lugar, había un orden casi obsesivo en la armería, aunque a Rick acababa de quedarle bastante claro que deberían mejorar la seguridad. Tantas cosas habían pasado aquél último año. No había tiempo para pensar en todo, nunca había tiempo. Volvió a marcar el número de Jess. La melodía le guió, y hubiese deseado que dejase de oírse cuando vio lo que vio. Bajó los brazos inconscientemente, como si le pesasen demasiado de repente. Su mirada pareció teñirse de todo el rojo que sus ojos veían bajo y encima del cuerpo de Jessica. Fue como una revelación devastadora; no necesitaba acercarse y comprobar su pulso para saber que ya estaba muerta. Tragó saliva. —Nik —aunque su voz se oyó ronca, supo que se hizo oír. Terminaba de registrar su zona cuando escuchó la voz ronca de Rick. Por su tono ya sabía que no eran buenas noticias y que si sumaba 1+1 sabría que JT yacía muerta a los pies de su marido. Bajó la pistola consciente de que no había nadie más en la armería, y se acercó a Rick con pasos muy lentos. No quería llegar a su posición. Aún así lo hizo, y no pudo hacer más que apoyar su mano derecha en una de las cajas y dejar así que la misma soportara su peso. No se llevó las manos a la cara, no lloró, y no gritó. Sus labios le temblaban y sus ojos estaban cristalinos como dando un aviso de lo que tal vez estaba por venir, pero no sucedió. Cerró los ojos, maldiciendo a todo y el mundo y a nadie a su vez, a todos y especialmente a sí misma. Tenía que haber visto venir esto. Debería haber visto venir tantas cosas... Mantuvo su mirada en el cuerpo ya sin vida de Jessica observando el único disparo que parecía tener en su cuerpo; en su cabeza. Intuyó que habría más disparos por la espalda por la cantidad de sangre que había debajo de ella pero eso había sido... una ejecución. Había sido una ejecución en toda regla. Y ella no podía salvarle la vida. Rick estaría seguro si se parase a pensar en ello de que no había tardado jamás tanto en guardar su pistola. El cuerpo le pesaba, e intuía que eso era porque el alma le pesaba. Aquella imagen era desgarradora. Le echó una mirada a Nik que también duró más de lo que planeo. Siempre, y para siempre le dolería verla llorar. Aunque le dolía más que se obligase a no hacerlo, como si no tuviese el derecho. Se acercó despacio al cuerpo de Jess, pensó en agacharse sin tener que pisar el charco de sangre, pero no fue posible. Aún tenía los ojos abiertos. Fue un segundo solamente, pero la fugaz esperanza de que aún estuviese viva causada por esa mirada le estrujó el pecho. Agazapado dejó ambas manos sobre sus propios muslos, acariciándose el pantalón nerviosamente. Entonces acercó dos dedos de la derecha a la cara de Laurence y le bajó los párpados lentamente. El suspiro que vino después fue largo y entrecortado. Como un masoquista entrenado repasó la figura de la difunta agente. Tenía un tiro en la rodilla, probablemente uno en la espalda, pero definitivamente su sentencia había sido el balazo en la frente. Ni si quiera Jessica sobreviviría a eso. —Mierda, Jess —se llevó una mano a la cara en una fuerte caricia desde la frente hasta la barbilla. Era todo tan irreal. Acababan de recuperarla de lo que suponían era el peligro, fuera de la zona segura de la OCEU, y había caído dónde supusieron que estaría a salvo. Evitó minuciosamente la mirada y la preocupación de Rick, porque si no lo hacía lloraría y no podía permitirse ese lujo. Igual que tampoco podía permitirse el lujo de salir de su momento "Directora", que tenía una actitud totalmente distinta a la personal. En cambio observó cómo Richard le cerraba los ojos a Jessica, tomó aire varias veces e intentó mantener la respiración en ritmo constante. —Hay que pensar en cómo llevaremos esto. —dijo sin más, evitando mirar el cadáver de Jessica pero a la vez hablándole de forma autoritaria a Rick. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la realidad de que Jess había sido asesinada en la OCEU y por alguien de la OCEU, y que se enfrentaría a su marido también, seguramente por su falta de empatía en ese mismo instante. Era algo que él odiaba profundamente. Rick se tragó la congoja junto con un poco más de saliva y ésta vez su suspiro fue más fugaz. Se pasó la mano por debajo de la nariz durante otra inspiración y asintió. Él no era el director, pero si era el marido de la directora y el director de logística. Sabía lo que debían hacer; simplemente se odiaba por pensar en ello cuando debería estar pensando en quién había muerto. —Traigamos a Lauren. Hay que limpiar esto —se levantó como si de repente tampoco tuviese empatía alguna. Si eso era a lo que Nik quería “jugar”, entonces jugarían. En el momento en que las reglas de ese juego cambiasen y ella decidiese abrirse, él estaría allí. Así habían funcionado siempre, no había conseguido cambiarla en más de diez años y no lo conseguiría ahora. Traer a Lauren era arriesgado, todo lo era, la confianza se había roto. Pero confiaría en su juicio, y le daría un voto a la doctora. Por Jess. Nicole asintió sacando el teléfono de su bolsillo e inmediatamente enviando un mensaje de texto a Lauren. Lauren había trabajado con la OCEU más de siete años, así que confiarían en ella. Le enviaba el mensaje mientras le daba órdenes a Rick. Sabía que él no se molestaría. —Si han matado a JT aquí y han dejdo su cuerpo para que lo encontremos, el e Gregg también estara aquí dentro, en algún lugar. Que Lauren se ocupe de las pruebas y que te tenga a tí como refuerzo. Yo me encargaré de manipular un par de cosas en la sala del fondo para que cuando el resto vea que la armería está cerrada tenga un sentido. Decimos.. decimos que JT se ha ido de la OCEU y que Gregg... si Gregg está muerto decimos que se ha pedido unos días, y ya nos las arreglaremos entonces. “Ya nos las arreglaremos”, repitió Rick en su cabeza. Ya nos las arreglaremos.
“They say, people are getting better. People are okay. But I can only say that none of this is okay. The world is not okay. And I’m no better than anyone else; I’m looking for answers. Stumbling around in the dark, curling up like a question mark because I don’t know what to do. But I know you have to care about the world, because it doesn’t care about you. That's why I wanted to be an agent. It was the best way I found to prove I'm someone who cares”. - JT
[Jessica Laurence's story line ends here. La verdad es que podría haber habido un final mejor, siempre queremos un final mejor para nuestros personajes. Pero no me queda un sabor amargo del todo con esto, porque sé que su historia tuvo un principio, un desarrollo y un final. Gracias]














