El Mar
Subíamos una pendiente en coche. Al llegar, veía un espejo enorme que reflejaba la luz del sol de mediodía. Creo que ese es mi primer recuerdo del mar. Mi mamá es de la costa; el mar siempre ha estado en su vida y, por lo tanto, también en la mía. Tengo una foto en la que estoy sentado en una cubeta, bajo el resguardo de una tienda improvisada con sábanas y ramas. En la imagen, me veo concentrado, jugando con algo que, según mi mamá, era un pececillo que exploraba con curiosidad.
Amo el mar. Es hipnotizante. Puedo quedarme horas contemplándolo, perplejo ante su vastedad y profundidad. Una vez, mientras dormía, soñé que me arrojaba a él desde el muelle de La Roqueta. Pero mi sorpresa al sumergirme era la posibilidad de respirar bajo el agua. Me recibía Sebastián, el pez de La Sirenita, con su voz caribeña. Me invitaba a vivir un elixir de música y burbujas en las profundidades del océano.
Tengo playas preferidas. En la costa de donde es mi mamá, existe un lugar llamado El Faro. Como su nombre lo indica, está vigilado por un gran faro que, mediante el titilar de sus fotones, envía mensajes a los navegantes para darles dirección y rumbo. Aunque desconozco si, con las nuevas tecnologías, sigue siendo una herramienta fundamental para la navegación marítima. El Faro tiene una playa resguardada por una pequeña cordillera que funciona como una bahía natural. El agua es calmada; las olas rompen lejos, en bancos de rocas situados a unos seiscientos metros. Los remanentes llegan a la orilla con una corriente mansa que invita a relajarte. La vida ahí transcurre lentamente, acariciada por la brisa tibia del mar. Los pescadores van y vienen en balsas que, al llegar a las grandes olas, serpentean y aceleran sus motores hasta alcanzar mar abierto. El lugar cuenta con una gastronomía selecta que va desde el huachinango a la talla hasta langosta, camarones y un sinfín de delicatessen preparadas por lugareños en pequeñas cocinas atizadas con leña. Todos los comensales se reúnen bajo una enramada que cruje con el viento, filtrando entre sus ramas pequeños rayos de sol que se entretejen en el aire.
Otra de mis playas favoritas es Villa Rica, una pequeña bahía en el golfo de México, a unas dos horas y media de donde vivimos. La descubrí gracias a mi curiosidad por visitar las ruinas arqueológicas de Quiahuiztlán, que en náhuatl significa “lugar de la lluvia”. Es un sitio mágico con una vista fenomenal hacia Villa Rica, donde se dice que Hernán Cortés desembarcó por primera vez. Me gusta imaginar el impacto que debió causar en los habitantes del lugar ver aquellas naves flotantes acercándose a la costa. La playa tiene un sabor diferente: hay bocinas que resuenan con música cumbianchera, propia de la región, y caguamas frías que te llevan directamente a tu mesa bajo la enramada. Esta enramada está frente a la pequeña bahía, cuyas aguas calmadas y tibias invitan a quedarse por horas.
En fin, disfruto la sobriedad del mar, el movimiento de las olas y la brisa cálida que golpea mi rostro. Somos parte de él; al fin y al cabo, salimos de sus aguas en forma de pequeñas criaturas y evolucionamos tanto que nos da añoranza verlo y sentir que pertenecemos el uno al otro. El mar no es solo un paisaje; es un refugio, un recordatorio de que, en su inmensidad, encuentro mi lugar.













