Pero quizá la solución sea dejar de escribir, pues cuando escribo, incluso ahora mientras estoy escribiendo esta frase, esta palabra, soy consciente de la presencia de un lector fantasma que se inclina sobre mi hombro y contempla mi pluma, que tergiversa mis palabras y distorsiona mi significado, haciéndome sentir incómoda incluso en la intimidad de mis propios pensamientos.
Resulta muy enervante exponerse una misma bajo una luz desconocida, aunque se trate de una luz decididamente falsa.
No volveré a escribir.
El cuento número trece, Diane Setterfield.












