Creer en el significante
Las instituciones modernas veneran máscaras, porque el orden normativo privilegia la continuidad de la cadena de mando por sobre la verificación de lo legítimo. En ese marco, la autoridad deja de sostenerse en un examen racional y pasa a operar como forma: basta con ocupar el sillón presidencial, vestir el uniforme militar, o llevar el delantal médico, aún cuando el contenido que subyace a estos signos ya se ha vaciado.
Cuando el poder es capturable, la racionalidad pública se degrada hacia una gestión de símbolos. La política, la ciencia, la empresa o la educación pueden continuar funcionando con precisión procedimental mientras pierden su núcleo justificatorio. Se obedece al rol, al protocolo, al título, al sistema mismo, antes que a la verdad o al bien que supuestamente lo fundamenta.
¿Estamos pensando, o sólo perpetuando la mecánica de la obediencia? En cada ámbito humano donde existe jerarquía, la alternativa persiste: someter el poder a revisión constante, o aceptar que su captura es cuestión de tiempo.






















