No existe en mi cabeza la idea de robo. Nunca saqué un caramelo a escondidas del kiosquero, o una fruta en la verdulería. Siempre miré con desdén a quienes sin permiso probaban las uvas o los tomates cherry. Nunca supe lo que es la vergüenza de que me encuentren en la mano algo que no me pertenecía. Para mí el robo es algo que no cabe en mi conciencia, apropiarse de lo ajeno, de lo que el otro construye sin su permiso. Y sin embargo hace unos años lo hice.
Con veintidós años y pensándome una joven adulta, tuve la nefasta experiencia de vivir en casa ajena, la casa de una familia paterna desdibujada por los prejuicios y un estilo de vida muy lejano a lo que estaba acostumbrada. Una ciudad nueva, el sueño de la carrera, los eternos viajes en micro y esa casa que se cerraba como un bunker pasadas las 20 horas por miedo a todo lo que sucedía afuera.
Esa casa guardaba todo tipo de sombras y secretos, escondites con miserias ocultas, altares religiosos, acumulación de cacharros y un baúl con fotos de antaño que creía haber visto muy poco y por el cual había indagado mucho pero sin respuestas. Las respuestas dolían bajo ese techo, por eso estaba prohibido preguntar. La miseria era mucha y las palabras muy pocas. Mi única confidente en semejante tormento era una nenita de 3 años que hablaba y razonaba muy bien para su edad, pero que no dejaba de ser una niña.
Un par de meses fueron suficientes para saber que habitar en lo ajeno era la peor de las torturas y mi campaña por buscar el lugar propio se hacía intensa. Mientras tanto, cual Cenicienta, trabajaba para ellos, estudiaba, cuidaba a la niña y limpiaba mi pequeño logro, un simulacro de dormitorio sin puertas al que le habían prohibido ingresar a la chica que hacía la limpieza en el resto de la casa. Soportaba reclamos, insultos, celos y frases denigrantes que entristecían mi alma hasta secarla. Se hacía realidad aquello que tantas veces había escuchado en forma de rumor, esta buena familia no era tu buena familia, no eras parecida a ellos y por eso ni siquiera eras digna de portar su apellido.
Por fin, el día de gloría llegó, y como Cenicienta tenía la posibilidad de elegir, de irme a mi propio palacio. No de la mano de un príncipe, sino fruto de mi búsqueda. En silencio tomé todas mis cosas, hice los bolsos ,y con la niña de testigo, haciéndole el gesto de silencio, corrí al baúl de las fotos, lo abrí y tomé la más bella foto del hombre que veintidós años antes había decidido ser mi padre. No la pedí, la tomé. Si, la robé. Robé una foto de mi padre de niño. Robé una foto para sentir que podía llenar todas esas palabras no dichas. Robé esa foto sintiendo que hacía un enorme acto de justicia porque sería la última vez que entraría en esa casa donde no era deseada. Tomé la foto, mis cosas y me fui dejando a la niña en medio del llanto gritando no te vayas, no me dejes, nadie me quiere acá.