Todavía no llegaba a creer cómo había sido convencida, y capaz, de ir a aquella fiesta en la que, según ella, no pintaba nada. De hecho, ahora que lo pensaba, sí lo creía. No pudo decirle que no a sus amigas, no cuando habían puesto tanto empeño en que hiciese algo de vida social más allá de su hermana y su perro, lo cual tampoco es que contase cómo vida social en sí. El caso es que por eso mismo allí estaba, aguantando la música estridente que sonaba en cada rincón de la misma fiesta y aguantando a las personas que, algo pasadas de alcohol, gritaban, reían y bailaban por el lugar. De hecho, incluso llegaba a envidiar a esas personas, pues ella no podía comportarse como tal sin pensar en el qué diran. Panda, ahora sola después de haberle hecho saber a sus amigas que no iba a bailar con tanta gente allí, mirándola, analizándola y pensando en sabe dios qué, se dedicó a esperar sentada a que las mismas volviesen, o que algo la sacase de su aburrimiento; y ese algo se convirtió en un alguien justo al encontrarse con Sam. Se levantó con rapidez, intentando aguardar el equilibrio con aquellos altos tacones, y le sonrió de la misma manera que él lo hizo en un principio, soltando incluso unas breves risitas—. Créeme que éste es el último lugar al que tenía pensado ir hoy —admitió con sinceridad, colocando bien el corto vestido que sus amigas le habían casi obligado a ponerse porque, según ellas, le quedaba de infarto. No se sentía demasiado cómoda en dicha prenda, pero por primera vez se sentía bien y sexy en un vestido tan ajustado como aquel—. Pero, gracias al cielo, creo que acabas de salvar mi noche… A no ser que hayas quedado con tus amigos, entonces no te molestaré —añadió con rapidez, acercándose un poco más a él para que fuese capaz de escucharla con facilidad.
—Una ligera risa escapó de sus labios ante la confesión de la chica, la cual sinceramente esperaba; no se necesitaba conocerla a fondo para saber que las fiestas no eran lo suyo. Inconscientemente, su mirada inspeccionó el cuerpo de la castaña cuando ésta acomodó mejor su vestido, perdiéndose momentáneamente, hasta que el análisis concluyó al percatarse de los enormes zapatos que llevaba, provocando que sonriera con diversión. Dirigiendo de nuevo su atención al rostro ajeno, arqueó las cejas—. No, espera, tengo algo mejor. Este es el último lugar en el que imaginé encontrarte y esos zapatos son los últimos con los que creí verte alguna vez en mi vida —exageró, colocando la mano en la que no cargaba su bebida en una de sus propias mejillas, fingiendo completo asombro. Posteriormente, encogió los hombros y arrugó su nariz en conjunto—. Qué va, sólo vine porque mi madre casi me obliga. Me sentía como esos niños de cinco años que no quieren salir a jugar y son vilmente echados a la calle por sus padres —comentó, virando los ojos—. En fin, ya que estamos aquí podemos divertirnos. ¿Ya bailaste? No sé por qué, pero algo me dice que no... —se respondió a sí mismo y entrecerró los ojos en forma inquisitiva. Recuperando su humor, comenzó a realizar tontos movimientos en los que intentaba mostrar sus graciosos y algo vergonzosos pasos de baile—. ¡Vamos a bailar, Panda! —exclamó con entusiasmo, acercándose más a ella. Sin embargo, pausó su extraño baile, afortunadamente, al cabo de unos segundos, para poder darle un trago al contenido del vaso que sostenía, el cual casi se terminaba sin siquiera darse cuenta, extendiéndolo luego en ofrecimiento a la morena— ¿Quieres? No tengo idea de qué es pero sabe bien. Y si no quieres, entonces deberás de mover tus zapatos raros hacia allá —señaló a donde la mayoría de los adolescentes bailaban, encontrando el espacio mucho más tentador que cuando recién había llegado.













