—Una ligera risa escapó de sus labios ante la confesión de la chica, la cual sinceramente esperaba; no se necesitaba conocerla a fondo para saber que las fiestas no eran lo suyo. Inconscientemente, su mirada inspeccionó el cuerpo de la castaña cuando ésta acomodó mejor su vestido, perdiéndose momentáneamente, hasta que el análisis concluyó al percatarse de los enormes zapatos que llevaba, provocando que sonriera con diversión. Dirigiendo de nuevo su atención al rostro ajeno, arqueó las cejas—. No, espera, tengo algo mejor. Este es el último lugar en el que imaginé encontrarte y esos zapatos son los últimos con los que creí verte alguna vez en mi vida —exageró, colocando la mano en la que no cargaba su bebida en una de sus propias mejillas, fingiendo completo asombro. Posteriormente, encogió los hombros y arrugó su nariz en conjunto—. Qué va, sólo vine porque mi madre casi me obliga. Me sentía como esos niños de cinco años que no quieren salir a jugar y son vilmente echados a la calle por sus padres —comentó, virando los ojos—. En fin, ya que estamos aquí podemos divertirnos. ¿Ya bailaste? No sé por qué, pero algo me dice que no… —se respondió a sí mismo y entrecerró los ojos en forma inquisitiva. Recuperando su humor, comenzó a realizar tontos movimientos en los que intentaba mostrar sus graciosos y algo vergonzosos pasos de baile—. ¡Vamos a bailar, Panda! —exclamó con entusiasmo, acercándose más a ella. Sin embargo, pausó su extraño baile, afortunadamente, al cabo de unos segundos, para poder darle un trago al contenido del vaso que sostenía, el cual casi se terminaba sin siquiera darse cuenta, extendiéndolo luego en ofrecimiento a la morena— ¿Quieres? No tengo idea de qué es pero sabe bien. Y si no quieres, entonces deberás de mover tus zapatos raros hacia allá —señaló a donde la mayoría de los adolescentes bailaban, encontrando el espacio mucho más tentador que cuando recién había llegado.
Un pronunciado carmín se extendió por todas mejillas al sonrojarse por la mirada que recibía del chico. No estaba acostumbrada a ello, no cuando era mas bien contadas las veces que había salido de fiesta. Bueno, de hecho, no llegaba ni a las tres veces. Inspeccionó el lugar con la mirada, pues no se atrevía siquiera a mirarle. Sabía de mas que seguramente se pondría demasiado nerviosa y acabaría aun más roja, y mira que eso parecía bastante difícil. Finalmente, y una vez que se hubo mentalizado de que aquello sería normal, que aquellas miradas eran normales, volvió a mirarle frente a frente. Rió ante su comentario, jugando con el collar que portaba--. Créeme, yo tampoco esperaba venir y mucho menos con éstos zapatos. Pero, claro, casi que me obligaron a ponérmelos --admitió con gracia, no evitando recordar la situación vivida antes de llegar al lugar. ¡Por poco les rogó el no ponerse aquellos taconazos! Pero, como siempre, terminaron ganando sus amigas y acabó desistiendo--. Mi caso fue algo parecido, pero fueron mis amigas las que me obligaron. Las mismas que me han abandonado --bromeó, sabiendo de mas que no era así. Ella misma fue la que insistió en que se fuesen a bailar con tranquilidad y que no preocupasen por ella. Tampoco iba a arruinarles la fiesta--. No, no bailé. No soy de las que bailan... --admitió en un susurro, dando lugar posteriormente a varias carcajadas al ver los extraños movimientos del joven. Tapó su boca, intentando calmar dichas carcajadas para no llamar demasiado la atención. Aunque ya de por sí los propios pasos ajenos llamaban la atención--. ¿Bailar? --arrugó su nariz, no sabiendo qué contestar. Si aceptar o no. Tenía que perder la timidez que poseía y, ¿qué mejor de aquella forma? Con toda su fuerza de voluntad, y con una decisión impropia de la castaña, tomó el resto de la bebida que le ofreció. Tan rápido y toda la poca que quedaba, sabiendo que tal vez después se arrepentiría sabiendo lo poco tolerante que era al alcohol. Depositó el vaso vacío en la mano de la primera persona que pasó por allí cerca. Total, ya estaba vacío. Y, una vez preparada mentalmente y segura de lo que iba a hacer--. Bailemos --tomó la mano de San y lo guió a la pista, manteniendo una seguridad poca vista en ella.






