¿A qué se debe tanto caos? Tan malacostumbrada al orden miserable que retoma mi vida al despedirme, Al verte ir a través de mi pecho, mis manos. Brindas una quietud, Interrumpida por el peso de nuestros suspiros, De nuestras miradas, Encontrándose inocentemente al preguntar las cosas más absurdas, Carentes de interés si al contestar estarás mirándome, Perdiéndonos en la incógnita de la causalidad provocada por el caos ya creciente en mi pecho, Estremeciéndome la cordura, Incitando a mis ya raídos ojos, Mirarte con la tibia ternura existente, Al posar mi cabeza en tu hombro, Buscando el abrigo perdiendo entre la infinidad, Cuestionándome, ¿A qué se debe tanto caos? A ti.
















