Sade Olutola
wallacepolsom
almost home

PR's Tumblrdome
Keni
we're not kids anymore.
he wasn't even looking at me and he found me
Monterey Bay Aquarium

@theartofmadeline

pixel skylines
Cosimo Galluzzi
𓃗
d e v o n

izzy's playlists!
No title available
🪼

roma★
EXPECTATIONS

if i look back, i am lost
No title available

seen from Malaysia
seen from Canada
seen from Russia
seen from Singapore
seen from Germany

seen from Germany

seen from Japan
seen from South Africa
seen from United States

seen from Spain

seen from United Kingdom

seen from Malaysia
seen from United States

seen from Türkiye

seen from Pakistan

seen from United States

seen from United States

seen from India
seen from Germany

seen from Malaysia
@scionsofmalice
Viejos hábitos.
La sangre se escurría de entre sus dedos, viscosa y rojiza, mientras su propietario caía al suelo con un ruido seco. Hécate se llevó los dedos a la boca, saboreándola. Era agridulce, contenía tintes de alcohol y un regusto dulzón a una de las drogas nuevas que consumían los humanos. Observó, desde su posición, el cuerpo inerte. Los ojos abiertos con horror, los labios secos entreabiertos, las manos en posición de defensa.
Las pocas palabras que habían salido de entre sus labios fueron la misma sarta de preguntas que todo el mundo solía hacer. El aburrimiento había corroído cada interacción que ambos tuvieran, por mínima que fuera, en cuánto las súplicas, preguntas y rezos comenzaron, hasta que al final, se había lanzado contra él para atacar. Esa ocasión no era rutinaria, más bien ritual.
Su corazón volvía a latir durante un par de segundos, la sangre nueva se deslizaba por las venas y todo funcionaba nuevamente de manera temporal. La emoción de la vida era suficiente como para querer tomar a su acompañante del rostro y besarla, pero se contuvo por más razones de las que pudiera parecer. El sol comenzaba a ponerse, tardío, molestando no solo a sus ojos, también a su piel. Las ropas que llevaba tenían un color rojo y negro, casi ritualístico, y los últimos latidos que dio su corazón fueron frenéticos, emocionados. Pero no hubo tiempo para discursos, para honrar a los difuntos, y tampoco para suplicar a unos dioses que no se preocupaban por la gente como ellos. Los malditos.
Hécate había salido de Arazmere hacía tiempo atrás, pero la ciudad no parecía querer abandonarla. Algunos hábitos tardaban en morir, pero, ¿qué pasa cuando existe uno que no desaparece jamás? Cuando todo lo que queda son movimientos mecánicos, una enfermedad sin remedio. Eso era su ciudad natal para ella, un hierbajo cabezón, un resfriado que se aferra a tus pulmones.
Si Ayesha tenía alguna queja, no fue dicha en alto. Simplemente observó en silencio, hasta que Hécate creyó que fue suficiente. Juntó los dedos, frotando uno contra otro mientras veía la mancha expandirse con cada toque. Debería haber borrado todo lo que la ciudad significaba hacía tiempo, lo sabía. Pero parte de ella seguía anclada ahí, quizá por humanidad, amor o por nostalgia.
Alzó la mirada hacia la chica de cabellos negros y piel tan tostada como la suya, cuya anatomía cambiaba hasta asemejarse a la de un hombre fuerte y grande, excesivamente. Cogió el cadáver con ambas manos y lo aplastó hasta que no quedó nada de él. De los labios de la vampiresa, salieron un par de rezos hacia un dios sin nombre, una fuerza que no respondía, pero que escuchaba.
—¿Has terminado?
—Sí —cogió el pañuelo blanco que le entregaba y se limpió las manos, pasándose la lengua por los dientes. La luna sobre ambas iluminaba las calles con reverencia, como si aprobara lo que acababan de hacer. Otro año más, los monstruosos hábitos que llevaban con ella desde la cuna elegían no abandonarla. Se alegraba, en el fondo. ¿Quién sería sin ello? ¿Sin la muerte, la masacre?
Chasqueó la lengua contra el paladar, se recogió el cabello con una pinza que había conseguido años atrás, y que formaba parte de su colección de favoritos, y suspiró.
—¿Por qué lo haces?
—Para recordar, es una moraleja —sacó un cigarro rojo, enrollado con polvo de sangre, y le dio una larga calada tras haberlo encendido. Se lo ofreció a Ayesha, que ahora cambiaba hasta volver a ser una mujer, pero lo rechazó—. Las cosas que anhelamos son las que pueden llevarnos a nuestra destrucción.
Aguardó en silencio a la expresión de la fémina, que para variar, no reaccionó. Sabía de sus actividades extracurriculares, de las noches que pasaba fuera, de las tardes que perdía encerrada en cámaras de vigilancia. Al final, prensó los labios en una fina línea y habló.
—No creo que un vampiro sea fácil de matar.
—Te sorprendería. Por eso es importante la remembranza. Hay algunas acciones que no se pueden deshacer, males que no pueden ser contenidos.
Venimos de la misma podredumbre.
Hace mucho tiempo, Arazmere.
La residencia de la Casa Valerious era casi tan ostentosa como lo eran sus residentes. Influenciada por los romanos, parecía más un santuario que un hogar en el que habitar de manera habitual. A ella, que en ese momento tenía otro nombre, y otra historia, siempre la hacía sentir de menos. Como si se estuviera colando en un sitio donde no pertenecía, donde las estatuas respiraban y los ojos de los cuadros te seguían.
Estaba segura de que el mármol de las columnas de la entrada en algún momento había sido colorido, pero incluso por aquel entonces comenzaba a perder su tonalidad para dejar entrever una más pura. Casi como toda la construcción. De techos altos, bóvedas y salas donde hasta el más mínimo ruido se amplificaba, era un edificio tan bonito que cualquiera diría que, en realidad, actuaba como prisión.
El sol comenzaba a ponerse por el oeste, las temperaturas eran ligeramente agradables. Lo suficientes como para no tener que utilizar ningún tipo de abrigo, aunque no tanto como para olvidar al completo que debía protegerse del frío. Sus nudillos tocaron la puerta de la entrada, y mientras esperaba a que uno de los criados abriera, sintió al Mundo abrazarse a ella. No está en casa, pero vendrá, susurró. Hizo una mueca decepcionada justo cuando Ivantie, uno de los empleados del hogar de la Casa Valerious, se dejaba ver.
No le dirigió la palabra, no acostumbraba ni siquiera a mirarla. Las cosas parecían haber cambiado desde que escapara de su padre, desde que Constantin eligiera tomarla y hacerla la mujer más feliz del mundo. Ahora, si la miraban, no era por ser la hija de Ștefan Alexandrescu. Era por sí misma, por los frutos de su esfuerzo. Se había ganado con sangre y sudor los afectos de su ahora pareja, y si para preservarlo de vez en cuándo debía hacer pequeñas peticiones al mundo, pagaría el precio.
Cruzó el umbral, escuchando cómo a sus espaldas el portón volvía a cerrarse, y se dispuso a vagar en dirección a uno de los salones principales. Sabía, como casi todo el mundo en aquella ciudad, que los días de gloria del hogar de los Valerious todavía estaban presentes. Sin embargo, el que el resto de Casas hubieran adquirido mayor poder era innegable. Los Valerious lo odiaban, al menos eso lo sabía. Sus pasos resonaron por el suelo, el calzado que llevaba dejando ecos de cada uno de sus movimientos como si se tratara de una advertencia.
Le vio al llegar al salón, sentado sobre uno de los sofás. Por norma general, no tenía que interactuar con ninguno de los miembros de la Casa a excepción de aquel que había robado sus afectos. Por norma general. Y luego estaban esas veces, escasas y prácticamente ínfimas, en las que se cruzaba con su hermano. Sabía a ciencia cierta que evitaba pisar Arazmere demasiado, ya que no terminaba de fiarse de que Constantin cumpliera y permaneciera siendo el miembro en el interior del caserón incluso habiendo otros.
Todavía no comprendía los tejemanejes de los hermanos, quizá nunca lo hiciera, pero no le quitaba el sueño.
El parecido entre ambos era, en ocasiones, escalofriante. Después estaban esas en las que realmente se notaba quién de los dos parecía estar sucumbiendo a la maldición, dejes crueles, sonrisas demasiado afiladas. No disfrutaba en demasía de la presencia de Fyodr, que sabía cómo ganarse los favores de las demás casas y de las mujeres, pero rara vez de aquellos a favor de su hermano y sabía —o intuía— que era mutuo.
—No está aquí —su mano derecha sostenía una copa de lo que parecía ser Țuică, y no apartó la mirada del manuscrito que sostenía en la otra. Tampoco hizo espacio para ella, que no comprendía las letras en el papel.
—Lo sé.
Se mantuvo de pie cerca de él. Había varios criados en la habitación, y suponía por la campanita situada en proximidad que tenía otros esperando a ser llamados. Llevaba una larga túnica que cubría toda su piel, menos por su cuello y rostro, donde podía intuir ligeras venas de color verdoso surgir por su piel levemente arrugada.
—Entonces, ¿a qué esperas? Márchate.
—Prefiero esperar aquí.
En otra época, habría guardado silencio. Agacharía la cabeza, asentiría y se marcharía. Pero las lunas continuaban avanzando, y ya no era la misma que varias atrás. Una de las comisuras de la boca ajena se movieron en un gesto de fastidio.
—Veo que te ha crecido la lengua —el desdén de sus palabras no se le pasó por alto, y apenas tardó un par de segundos en conectar con el viento y pedirle que, por favor, tirara su copa. Cuando esto pasó, se vio reflejado con una súbita brisa que la despeinó, y a él le manchó los ropajes.
Fyodr la fulminó con la mirada, incorporándose como si lo hubiera estado esperando. Los dardos de su mirada se vieron acompañados de una sutil expresión que no supo leer, mientras se centraba momentáneamente en el collar alrededor de su cuello.
Contuvo las ansias de llevarse la mano hacia la zona, protegerlo de su envidia, de su rencor. Sabía que ansiaba tener un vínculo como el suyo, pero que nunca lo conseguía por lo mismo de siempre: las personas a su alrededor siempre terminaban muriendo. Ambos hermanos eran magnéticos, inteligentes, persuasivos. Pero donde Constantin brillaba, Fyodr se opacaba. Y no podía soportarlo.
O eso le gustaba pensar.
—¿Estás bien?
Tan solo tardó dos segundos en cerrar la distancia entre ambos, en que su mano se aferrase a su cuello como a los conejos que sabía que solía cazar por diversión. Juró que el aire se volvió más denso, una prisión destinada a constringirlos a ambos.
Estaba cansada, se dio cuenta, mientras él la movía hasta que su cabeza se golpeó con la pared más cercana y las aristas de su visión se emborronaron. Un jadeo salió de entre sus labios, dolorido. Apenas fue capaz de abrir los ojos parar poder mirarle.
—Permíteme que te deje algo claro, Ștefănescu —escupía las palabras con rabia contenida. La fuerza de su agarre solo aumentaba con el paso de los segundos, hasta que sus pulmones ardían en busca de aire. Sabía que le quedaría una marca si su pareja no se la curaba—. Crees que lo sabes todo, pero pareces olvidar que venimos de la misma podredumbre. Sangramos del mismo color. Sufrimos el mismo dolor. Soy tan él, como él es yo. Y si piensas que estás en la mejor situación, solo porque has sido elegida por mi hermano… —se rió amargamente, como si fuera un chiste, y negó con la cabeza—. Recuerda cuál es tu lugar cerca de mí. Soy paciente, pero hasta eso tiene un límite.
Y, justo cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, cuando sentía el sabor férreo de la sangre en la boca, y las rodillas le temblaban, así como su boca se secaba, terminó en el suelo de golpe. Como si nada hubiera pasado, mientras ella tosía como una condenada, escuchó el familiar ruido de la puerta al abrirse.
Se llevó la mano al cuello, intentando recuperar el ritmo de su respiración. Apenas cerró los ojos unos instantes, escupiendo al suelo antes de incorporarse. Pasó de largo al lado del sofá, en busca de la persona por la que realmente había ido ahí. Pronto, lo ocurrido en el salón pasó a ser un mal sueño.
Los lobos con piel de cordero, tercera parte.
@embodiedwounds @desangremaldita
Fue como despertar después de una siesta más larga de lo previsto, después de haber tenido un muy mal día. Miguel abrió los ojos desorientado, con el miedo propio de quién cree que ha tenido una pesadilla muy, muy rara. Se incorporó en su posición, observando todo en completo silencio y con una nueva visión del mundo que no recordaba haber tenido, pedido o querido antes.
Frunciendo el ceño, los recuerdos de lo ocurrido hacía un rato sirvieron para que se alejara de sus asesinos. O sus salvadores. Observó primero a Hécate, y después a él. Yves parecía más enemigo que amigo en esos momentos, con su rostro tan perfecto como el mármol, oscuro por naturaleza y los ojos de un color que no recordaba haber visto antes. El rostro se le encogió en una mueca de dolor cuando su estómago gruñó, causando que expulsara un quejido. Se dobló sobre sí mismo, protegiéndose la tripa, sintiendo el tirón. El repentino hambre resultaba molesto, como si llevara días enteros sin comer.
Nunca antes había sentido el palpitar de su corazón, pero ahora, ese área le resultaba especialmente vacía. El sonido diminuto de unos golpecitos en el suelo hizo que ladeara el rostro en su dirección, mas no vio nada. Lo buscó como un loco, con la mirada, hasta dar con una pequeña hormiga que iba directa a su escondrijo. Miguel se movió sin saber muy bien cómo, y la aplastó con la palma de la mano.
Después de ese sonido, vino el aleteo, el crujir de la madera, el ruido de la calle. Los coches, que pasaban con una velocidad que no era normal. Las personas, que no hablaban, sino que gritaban. ¿En qué momento había subido todo de decibelios? Notó una mano sobre su espalda, que hizo que se sobresaltara, pues los pasos habían sido ahogados por los coches, por las personas, por los animales.
Alzó la mirada en dirección a Hécate, confuso.
—¿Qué...?
En la puerta principal se escuchó un golpe, seguido de otros dos más. Pero lo que captó su atención no fue eso, sino el latido de un corazón. Parecía un aleteo, emocionado. El chico que cruzó la puerta buscaba algo, no sabía a quién. No se paró a observarle, a buscar algo que dijera si le conocía o no, simplemente se lanzó contra él. El tirón del hambre había podido más que cualquier otra cosa.
Clavó los dientes en su jugosa piel, y cuando la primera gota de sangre entró en su cuerpo, la emoción se esparció por su ser. Se aferró al chico en un abrazo fuerte, en el que escuchó el crujir de algunas cosquillas, y continuó bebiendo hasta que sintió su corazón volver a latir.
Respira profundamente, familiarízate con la forma en la que se siente todo a tu alrededor. Los sonidos del exterior, el roce del aire contra tu piel.
Habría bebido hasta la última gota del pobre chico de no ser porque algo, o mejor dicho, alguien le apartó de él con una mano en su hombro y otra en su brazo. La fuerza le alejó de su presa, y se colocó entre ambos, con una mano en su pecho.
—Detente o lo matarás —la voz salió de sus labios, más, lo siguiente no—. Respira profundamente, familiarízate con la forma en la que se siente todo a tu alrededor. Los sonidos del exterior, el roce del aire contra tu piel.
Miguel escuchó la voz de Yves en su mente como una caricia aterciopelada, y abrió los ojos con puro terror. No. Ese era el mundo de Eva, no el suyo. El suyo pertenecía a la luz del sol, a los rosarios, a la misa de los domingos a la que realmente no quería ir. A los latidos del corazón, la comida normal y corriente y las actividades de dudosa legitimidad.
Paralizado por el miedo, obedeció a duras penas. Respiró profundamente, consciente de que se encontraba rodeado de dos depredadores. ¿O eran tres, con él? Su mirada bajó directamente hasta el muchacho en el suelo, cuyo corazón aún latía, solo que débil. Frágil. Cerró los ojos y buscó adaptarse, pero alguien gritó fuera, y tuvo que llevarse las manos a los oídos.
Hécate se acercó hasta él, sin llegar a tocarle con sus manos, pero sí con su mente. No comprendió cómo era capaz de notarlo, pero lo hizo. Notó su agarre invisible en él casi con mimo, con disculpa, con ternura. Y sintió ganas de vomitar, porque él solo había querido tener una noche tranquila. Tener amigos normales, amigos con quiénes no se complicaran las cosas.
—Ya está, ya pasó —murmuró ella, que observó a Yves como si hablaran el mismo idioma. Acarició su cabello, despacio—. Ahora estás bien.
—¿Que estoy bien? —bufó—. ¿Qué habéis hecho conmigo? ¿Qué sois?
—Ibas a morir —habló el otro vampiro, sintió cómo la bilis le subía por la garganta y el mundo se paralizaba a sus pies, porque entonces sí que era cierto. Había cambiado. Sus uñas empezaban a estar algo más largas, su piel ligeramente más pálida, y la luz le molestaba a los ojos. Su peor pesadilla era aquella, y no otra—. Así que te salvamos. Las primeras horas son las peores. Cuidaremos de ti.
—¿Cómo?
—Miguel, no había otra alternativa, cielo...
—¿Estoy...? —se llevó la mano al pecho, y se dio cuenta de que su pulso había vuelto a desaparecer. Miró directamente al otro, y le cogió por la camisa con ambos puños. El contacto de los dedos del moreno contra su piel mandó una corriente eléctrica que recorrió su columna vertebral y que decidió ignorar—. ¡¿Iba?! ¡Estoy muerto!
—Estás vivo en todos los sentidos que importan —empleó un tono suave, destinado a tranquilizarle. Mientras tanto, Hécate se acercó hasta ambos, para interceder si hacía falta—. Probablemente más. ¿Habrías preferido morir?
Él permanecía con los ojos fijos en los verdosos de Yves, cuyo color le había llamado la atención en vida. Pero no esperaba que se debiera a... nada sobrenatural. Y su respuesta estuvo clara desde el principio, pero aún así...
La tensión de sus manos cesó, y sus puños se relajaron hasta dejar las palmas sobre el pecho ajeno, y apoyar la frente contra el hombro contrario mientras intentaba que el pánico no contaminase todo. ¿Qué iba a hacer ahora? Eva, no podía dejar a Eva sola. ¿Y por qué había podido hablar en su cabeza? ¿Es que le leía los pensamientos?
—Estoy muerto —fue lo único que dijo, aterrorizado.
Yves apoyó su mano en la nuca ajena, esperando resultar reconfortante. La libre se extendió hasta agarrar la de Hécate, acercándola a ambos.
—Se vuelve mejor. Y cuando controles la sed de sangre, podrás volver a coexistir con humanos sin problemas.
Los lobos con piel de cordero.
@lappeldvvide @desangremaldita
Hécate le dedicó una mirada preocupada a Yves, ya con su mano tomada, mientras corrían por las calles con su velocidad sobrehumana hasta llegar al local. El Alexandrine era su refugio, un hogar lejos de casa, su lugar de trabajo. No se habría esperado ese final de la noche, pero tampoco que él le importara lo suficiente como para que el momento resultara agridulce. Olía la sangre que salía de su herida mientras las puertas se abrían para recibirlos tras un simple pensamiento por su parte.
Se acercaron hasta uno de los sillones, donde el chico parecía ser incapaz de mantener los ojos abiertos. Porque eso era, ¿no? Un chico. Él tenía la rodilla apoyada al lado del moribundo, pero con los ojos fijos en el rostro de Hécate. Suspiró al mirarla, levantando con dos dedos la camiseta del otro hombre para contemplar el alcance de los daños. La muerte llevaba acechando a Miguel tres meses, pero ninguno de los dos habían planeado aquello; Yves apartó, con dedos ensangrentados y el fantasma de cierta ternura, un mechón de su frente.
—Yves.
—¿Estás segura? Tal vez nos odie, después.
El mexicano expulsó un quejido adolorido lleno de confusión, mientras sus ojos se movían como si estuviera viendo a alguien que realmente no estaba ahí. Cuando se centraron en ambos, pudo contemplar el miedo en su mirada. Hécate suspiró, como si fuera consciente de que aquello no era una buena idea.
Le dio absolutamente igual.
—Hazlo. ¿Qué más da si nos odia? —murmuró, tomando la muñeca del moribundo y acariciando sus dedos. Le susurró que todo iría bien, mientras observaba a Yves inclinarse sobre él, que negaba, divertido, mientras tomaba su otra muñeca con gentileza. A su vez, ella se acercó la muñeca a la boca, cerrando los ojos antes de clavarle los dientes.
Tres meses. Aquello que había comenzado como un juego meses atrás, finalizaba aquella noche. Tres meses sin sangre, tres meses hablando con él, rondándole, metiéndose en su cabeza, en su cama, en sus sueños. Meses de charlas, de caricias fingidas, de sentimientos prohibidos, de juego macabro. Era su primera vez rompiendo la norma, su primera vez rechazando tomar el premio. La sangre de Miguel sabía a alcohol, a amargura, a tristeza y miedo, a desilusión.
Le vinieron recuerdos, fugaces y robados, de lo que su vida había sido. Ella, al contrario que Yves, no se separó. Su voz llegó a su mente despacio, aterciopelada. «Todo tuyo», que fue respondido con un asentimiento mientras el capítulo se cerraba y se comenzaba otro capítulo. Un jadeo escapó de sus labios, mientras sus manos se aferraran a su piel con el justo autocontrol.
Lo que le quedaba de sangre se introdujera en el interior de su organismo, haciendo que su corazón volviera a latir. Expulsó un jadeo justo antes de tener que separarse, para evitar beberse la última gota, y llevó una de sus uñas hasta la piel de su brazo para hacer una pequeña hendidura, suficientemente profunda como para que la sangre saliera de esta.
Las primeras gotas cayeron entre labios entreabiertos, pero pronto fueron aceptadas de buena gana. Miguel se aferró a su brazo con ímpetu, buscando la salvación tras meses de caminar sobre el borde del precipicio. La fuerza que tenía, ya de por sí extraordinaria, ahora se incrementaba con la transformación. Hécate mantuvo los ojos cerrados, acariciando su cabello hasta que sintió que era suficiente.
—Para —le dijo, pero no lo hizo. Tuvo que apartarlo con un movimiento brusco, temerosa de conocer a la Parca antes de tiempo, y se dejó caer al suelo. El corazón le latía, cada vez más despacio. El alcohol conseguía embriagarla lo suficiente como para buscar a Yves con la mirada, y sonreírle con orgullo—. Bien jugado —suspiró, con la boca llena de sangre, mientras Miguel moría entre ellos.
Los dos vampiros permanecieron ahí, inmóviles, hasta que la vida abandonó por completo el cuerpo del mexicano, hasta que la muerte le convertía en su hijo.
Los lobos con piel de cordero, primera parte.
La noche que Miguel murió, lo hizo en brazos de una preciosa mujer. La luna se encontraba en su cénit, y el olor de las calles le recordaba a las barbacoas que solía hacer los veranos que pasaba con su familia cuando era más pequeño. La ropa que llevaba era cómoda, no precisamente asfixiante. Con los primeros síntomas de otoño vertiéndose sobre las calles, no había querido arriesgarse a pasarse de abrigado, o de fresco. Seguía siendo una persona, aunque el tono de su piel le diera un aspecto febril, aunque su reciente condición hiciera que hubiera bolsas bajo sus ojos, con ojeras que lo adornaban todo.
Evangeline había estado preocupada, alguna vez. Ahora, parecía el pan de cada día. El mexicano no era capaz de dejar ir ese sentimiento de rencor que acongojaba hasta el más fiero de sus sentidos, suplicando en busca de una venganza que no parecía que fuera a llegar pronto. Y, por eso, se había ido alejando de todo. De la vida como la conocía, de la chica que amaba en secreto, y de su propósito, cada vez más y más imposible. Cada vez más en segundo plano.
No quedaba de él nada salvo el ansia por hacerse con esa sustancia, salvo la ira, salvo el duelo. Ni siquiera era una buena compañía, se decía una y otra vez, mientras las tardes se convertían en noches, en madrugadas y amaneceres en compañía de Yves, o de Hécate. Los había conocido por casualidad, una noche de verano. Él, había estado donde no debía. Ellos, se encontraban justo donde pertenecían. Y no sabía, no realmente, qué era lo que le atrajo hacia ellos, o viceversa. Pero se dejó encandilar sin mucha dilación, sin pausas incómodas, sin silencios.
Ellos hablaban y él escuchaba, también funcionaba a la inversa. Recordaba las manos de la morena, acariciando su piel con cariño, con suavidad. Un roce en su mano por aquí, un beso en la mejilla por allá. El tono ambarino de sus ojos le recordaba al oro líquido, pero no se podía comparar con Yves. Yves, que le desarmaba con cada paso que daba, que era incapaz de hacer que se diera cuenta de lo que ocurría. Que reía, cantaba y se movía como si el mundo fuera suyo.
En ellos había encontrado familiaridad, y por eso, cuando llegó el momento de compartir espacio una vez más, no se había negado. Entre ellos, no había cabida para juicios, tampoco para ser verdugos. El lugar elegido fue, para sorpresa de nadie, el Ítaca. Dicho bar se convirtió en su terreno de juego, donde a veces le buscaban acompañantes para pasar la noche, y otras, se emborrachaban hasta decir basta.
Cuando traspasó las puertas y saludó a algunos de los camareros (todos eran iguales, ¿gemelos? ¿monstruos? No lo sabía), los encontró en su mesa habitual.
—Siento la tardanza —se dejó caer en el sillón, al lado de la mujer que ahora sonreía y se atrevía a apartarle un rizo rebelde de la frente. Le peinó hacia atrás y se inclinó para besar su mejilla. Tuvo que tragar saliva.
—Oh, Miguel. Nunca te disculpes. Te estábamos esperando, ya lo sabes.
Yves le sonrió y aprovechó ese momento para llamar la atención de uno de los camareros, alzando un dedo sin siquiera molestarse en mirar. El reflejo del dueño del Ítaca dejó una botella de champán sobre la mesa, con tres copas, tal y como habían indicado y pagado nada más cruzar la puerta.
—Me apetecía algo especial por mi cumpleaños —cambió de postura, tomando la botella y abriéndola con pericia. Parte de la espuma manchó sus dedos antes de llenar cada una de las copas. Dedos que se rozaron con los suyo cuando le pasó su copa, acción suficiente para que un escalofrío recorriese su columna vertebral. Escondió el gesto al tomarla y la alzó para sugerir un brindis mientras le felicitaba, y llevársela a la boca más tarde. El trago le supo a gloria, a excusa enmascarada con celebración. Hécate, Yves y él, formaban un semicírculo que pondría nervioso a cualquiera. De eso era consciente, aunque no fuera algo que quisiera saber.
La cantante acarició la mano del empresario con mimo, para después hablar de lo encantada que estaba de que hubiera decidido celebrarlo con ellos. Había algo en el aire esa noche, como una especie de promesa no dictaminada. Los meses habían pasado y él comenzaba a sentirse, por fin, cómodo en presencia de ambos sin que ninguna de sus alarmas sonase.
—¿Qué te apetece hacer? Hoy mandas tú.
Fue la sonrisa de Hécate quién terminó de darle intención a las palabras del mexicano, a pesar de que no hubieran llevado un doble sentido. Y él, que de por sí era un hombre grande, de apariencia algo ruda, se sonrojó y carraspeó.
—Exacto, pide.
(...)
—Ya me dirás a qué gimnasio vas.
—Mejor aún, te lo enseñaré.
Miguel le ofreció su mano a Yves, para que los tres abandonaran local. No obstante, por muy borracho que estuviera, incluso él notó que algo no iba bien una vez estuvieron fuera. Eran cinco, todos ellos corpulentos y ataviados con camisetas de algún equipo de fútbol americano, olían a alcohol rancio y a problemas incluso agrupados en la acera frente al Ítaca. Los silbidos inundaron la calle en cuanto vieron a Hécate, comentarios cada vez de peor gusto. Fue difícil de precisar quién se detuvo primero: la mujer en cuestión o los dos que la acompañaban, pero no tardaron en rodearles, exhibiéndose como pavos reales en época de celo.
—Deja a estas dos mariconas y ven con un hombre de verdad —dijo uno de ellos, que se llevó una mano a sus partes íntimas.
No supo realmente qué fue lo que le llevó a lanzarse contra él, a iniciar la pelea. Quizá fuera la manera en la que miraba a Hécate o cómo miraba a Yves. Cómo le miraba a él. Se había sentido tan ofendido y tan molesto por la elección de palabras, que el alcohol solamente sirvió como aliciente. Antes de que el otro reaccionara, antes siquiera de que lo hiciera él, sacó la pistola que llevaba siempre encima y el sonido de un tiro lo comenzó todo.
Justo después, mientras perdía la noción del espacio a su alrededor, escuchaba el ruido de una botella romperse contra el suelo, y sentía los cristales clavarse en su estómago. Rio como toda respuesta, mientras veía a Hécate lanzarse sobre uno de ellos. Esa fue suficiente distracción como para que le asestaran un golpe en la mandíbula, que solo trajo consigo más sangre y un quejido.
Los gritos no tardaron en llegar, casi más asustados que si estuvieran realmente siendo fruto de la pelea. Él, sin embargo, usó esto para terminar de noquear al que tenía enfrente. Todo lo sufrido había conseguido que se tambalease de manera notoria, casi perdiendo el equilibrio debido a la cantidad de sangre. Cuando los buscó con la mirada, encontró cadáveres a su alrededor.
Varias de los hombres que habían participado, ahora se encontraban en el suelo. Iba a abrir la boca para decir algo, pero no se vio capaz. Yves se acercó hasta él, y para cuándo la mano del hombre pasó por su cintura, por su hombro, sus parpadeos ya eran lentos y se notaba cansado. Como si de alguna manera el estar de pie resultara un esfuerzo. Se llevó la mano al estómago, como para cortar la hemorragia que ahora era consciente de que tenía, y tragó saliva.
—Cuidaremos de ti —lo susurró contra su oído, ajeno al público creciente, emprendiendo un paso acelerado.
—No me siento muy bien —respondió, observándolo con cierta confusión en la mirada. Alzó su rostro en busca del de Hécate, pero solo encontró el horror en su mirada.
(...)
“the shame of what we did, the shame of what has been done to us.”
El filo del cuchillo que sangra,
la llama que arrasa,
la culpa que asfixia,
la huida que culpabiliza.
El tic tac del reloj martiriza,
los susurros se tornan asesinos.
El tiempo pasa,
corre,
vuela.
Y tú no estás.
El tiempo avanza,
se lleva todo,
me arrastra.
La sangre en mis manos,
las mentiras en tus labios,
la vergüenza de lo ocurrido.
Clamaste ser valiente,
que deberíamos ser nosotras,
pero no eres un león.
Y yo,
enredada en tus acciones,
me perdí en sus telarañas.
Me volví presa de tus juegos,
encogida por el miedo,
paralizada por las mentiras.
¿Y ahora qué?
Ahora es mi turno.
Ahora yo miento,
yo planifico,
yo huyo,
yo susurro.
Yo recojo sus pedazos,
olvido los míos.
Me convierto en el foco de atención,
cambio de nombre,
cambio de forma.
Olvido quién soy.
Otra vez.
Me pierdo bajo la injusticia
de tus actos,
me pierdo bajo la injusticia
de los míos.
No destruyas nuestro hogar por un recuerdo.
Ayesha se despertó en mitad de la noche, abandonando la cama improvisada en uno de los camerinos y dejándola sola el tiempo que tardó en salir de su estupor. La vampiresa permanecía con los ojos cerrados, pero la mente activa. Había pasado una semana desde la mudanza de Zahra, y estaba claro que, si bien su compañera no se había quejado, la idea no le resultaba del todo agradable. No era la primera noche, de esas siete, que la mujer se escabullía por uno de los ventanales más altos y regresaba cuando la otra vampiresa se había marchado a trabajar.
No obstante, pareciera que ese crepúsculo fuera diferente. Desde una distancia prudencial, la observó deslizarse por el teatro abandonado en el que vivían —aquel que estaban en proceso de restaurar y convertir en un hogar sin perder sus toques clásicos— y escoger una de las butacas para sentarse. Apoyó una de sus piernas en la butaca de al lado, pensativa, mientras su cuerpo se rotaba de lado para más confort.
La mujer mantenía el ceño fruncido y la mirada perdida. Su puño sujetaba su mentón, y la mano libre jugueteaba con una pelota rojiza oscura que había tomado hacía unos días de vete tú a saber dónde. Todavía quedaban misterios entre ellas, y aún así, conocía casi todo de aquella mujer. Todo lo que era imprescindible saber, lo sabía. Y viceversa. Las grietas, los huecos vacíos y las puertas cerradas se mantenían para esas partes de sí mismas que no estaban dispuestas a compartir. Y Hécate lo respetaba, lo compartía. Había cosas de las que ni siquiera con Yves hablaba, era mejor así.
Se acercó en silencio, como los gatos, como los espías. Sus pasos no causaban sonido, ni lo necesitaban. La mujer dormía con el pelo trenzado, pero algunos de los mechones le caían rebeldes por el rostro, en cascada, enmarcando su rostro. Los ojos ajenos cambiaban siempre de color, pero aquella noche eran de un color tan oscuro como la noche, casi negro, mientras la luz de la luna que entraba por las ventanas se reflejaba contra su mirada.
La pelota se encogía en sus manos y volvía a su forma de manera casi estudiada, como si la ausencia de un cuchillo u alguna otra cosa pudiera ser paliado por ella. Conocía sus orígenes, que había sido traficada en contra de su voluntad, que su libertad sabía a sangre, pólvora y arena. Sabía que ahora hacía lo necesario para sobrevivir, y que le quedaba tan poca humanidad como a ella. Pero que sentía, sentía tanto que a veces sus sueños terminaban salpicándola, igual que sus pesadillas, hasta que robaba retazos de su ser que ella no había consentido.
—¿Crees que ha sido buena idea?
Había llegado a su lado, entre las hileras de asientos a medio quitar, hasta colocarse en la fila en la que se encontraba. Y ahora se movía por ellos para llegar a la butaca correspondiente. Ayesha continuaba con su distracción, como si hablara para sí misma, pero Hécate sabía que era una pregunta dirigida a ella. Igual que sabía a lo que se refería.
Se sentó a su lado, con la espalda recta, apoyada contra el terciopelo, y la mirada en el escenario vacío. Las cuerdas vocales le picaban, suplicándole que cantara. No lo hizo.
—Era necesario.
—Eso no es lo que he preguntado.
La voz de ambas, como los silencios, era suave, calmada, y también un susurro. No sabían si la tercera en discordia estaba ahí, durmiendo en la habitación que le había sido asignada, o si por el contrario había salido a cazar, o a aprovecharse de un pobre idiota. Aún con eso, con la carencia de reproche, conocía las dudas que ahora surcaban la mente de la otra.
—No. Es caprichosa, egoísta y está enamorada de sí misma y de la idea de ser deseada —había decepción en su voz, pero también algo más, enterrado bajo las estudiadas capas de rechazo. Llevaban mucho tiempo alrededor de la otra, aún con todo, y ella no era su madre. Tampoco su mentora. Al fin y al cabo, algo la atrajo hacia Zahra en un primer momento, y ese algo no se había evaporado en ningún momento.
Es más, dudaba que fuera a evaporarse. Sin embargo, conoció a Ayesha. Con sus ojos cambiantes, su alma torturada, su dificultad para entablar vínculos, sus besos ácidos y agarres en busca de un control que no tenía. Y tampoco pudo resistirse. Incluso aunque en aquellos momentos la observase, por fin, y no por algo bueno, suponía.
Apoyó la nuca contra el respaldo de la butaca, suspirando. Pudo sentir la caricia del aire acondicionado que llevaba instalado desde antes de que se embarcara en aquel proyecto de restauración y acondicionamiento, que mantenían en funcionamiento por Ayesha, y suspiró. Cerró los ojos.
—Y, a pesar de todo eso, está aquí. Con nosotras.
—Ajá.
Cambió de posición cuando la mano contraria se posó contra su pierna, en una caricia suave, sutil. Consuelo y condena al mismo tiempo. ¿Qué iba a decir ella? Si ambas eran conscientes de las terceras personas en su cama, de los fantasmas en sus armarios, de los ataúdes, de la sangre, el arrepentimiento y la imposibilidad de la vuelta atrás.
—No destruyas nuestro hogar solo por un recuerdo, عزیز —susurró contra su cabello, antes de depositar un beso en aquella zona.
—No lo haré.
Alzó la mirada en su dirección, en busca de su boca, antes de que el mundo se llenara de un estallido de color, de fuegos artificiales, de promesas vacías. De sus labios, colisionando. No volvieron a tratar el tema, ni realmente ningún otro, pero el fantasma de la conversación se mantuvo presente en el aire, en las acciones que realizaban, en la manera en la que el sol brillaba contra sus pieles.
La chica y la amenaza que representaba pulularon a su alrededor, a veces de manera sutil, otras de manera literal. Y Ayesha no hizo nada al respecto, pero tampoco Hécate.
Una verdadera tragedia.
Mason fue a cenar a su casa un martes. Ese mismo viernes, el ataúd de sus abuelos bajaba hacia la tierra. Zahra se encontraba la primera, arropada por un corrillo de gente que había sido amiga y conocida de los Toussaint, que los había querido tanto como ella se había podido permitir o más, y que ahora lloraban su pérdida. Ninguno de sus amigos conocían la hora del entierro por decisión propia, pues al fin y al cabo era lo mejor, y mientras el sol se ponía y el cura hablaba sobre la efimeridad de la vida, notó la familiar presencia de Hécate a su lado.
La mano de la vampiresa se colocó en su baja espalda, y cuando giró la cabeza para observarla, con la visión parcialmente borrosa debido a las lágrimas ensangrentadas que no se estaba permitiendo dejar caer, se arrepintió de haberlo hecho. El vestido que llevaba era sencillo, veraniego y negro. Llevaba una especie de sombrero con rejilla que tapaba parcialmente su rostro, unos tacones que hacían que le sacara media cabeza y un pintalabios oscuro que resaltaba contra su piel.
En contraste con Zahra, que se había forzado a ponerse algo recatado al recordar de qué ocasión se trataba, parecía una supermodelo. Ella misma conocía su belleza, pero nadie era comparable con Hécate. Su compañera acarició la zona en la que su mano se había colocado, a modo de consuelo, y se permitió apoyarse contra la misma, agachando la cabeza. Estaba verdaderamente triste.
Se quedaron ahí, en silencio. Era como si acabaran de formar su propia burbuja, el mundo quedaba relegado a un segundo plano. Solamente los sonidos de los llantos, los pájaros y los pañuelos al sonarse rompía el silencio. El mundo lloraba al matrimonio, que había perdido la vida con pocas horas de diferencia, mientras la noche se encargaba de silenciar el mundo. Parecía una especie de ritual, y aún así, la presencia de su voz en su mente rompió la magia (y la tranquilidad) del momento.
«Una verdadera tragedia, ¿no?»
Supo reconocer perfectamente el tono acusatorio, incluso aunque no lo pronunciara, y alzó sutilmente la vista nuevamente en su dirección.
«Lo fue.»
«Pensaba que les tenías cariño.»
«Se lo tenía.» Zahra frunció el ceño, pero Hécate estaba mirando al frente, sus dedos continuaban trazando círculos en su espalda. «Yo no he hecho esto.»
La vio fruncir el ceño, mientras la tierra comenzaba a caer sobre la tapa del ataúd. Se separó de la cantante, y antes de que fuera demasiado tarde, se acercó hasta la futura tumba y tiró dos rosas blancas que cayeron justo encima del ataúd. Al volver al lado de la otra mujer, Ayesha le regaló una pequeña sonrisa, una disculpa. También vestía de negro, pero su indumentaria distaba de parecerse a la de su compañera. Llevaba un mono largo, que tapaba sus piernas y tenía tirantes anchos.
Cómo la odió, al ver que sus dedos se rozaban contra los de Hécate, y los ojos claros de la susodicha la buscaban hasta formar una pequeña sonrisa. Saludó a la nueva incorporación a su dúo dinámico con un cabeceo.
«Estamos en un funeral, Héc, no es adecuado traer a tu nuevo ligue.»
Si reaccionó de alguna manera a sus palabras, Zahra se lo perdió. Alzó el mentón, regodeándose en esa pequeña victoria, pues aún era capaz de escuchar el latido del corazón de la mentada, que, por lo tanto, no podía formar parte de aquel intercambio.
«¿Quién ha sido, entonces, si no has sido tú?»
Se rascó la barbilla para contener las súbitas ganas de reír que le habían entrado ante el ignoro de su puñal, y notó el hastío a través de la voz que resonaba en su cabeza. Hécate expulsó un suspiro, y Ayesha las dedicó una mirada que delataba que sabía que estaban teniendo una conversación.
Todavía no era capaz de leerla con la facilidad con la que podía a la otra, y, de por sí, le recordaba a un camaleón. Por consiguiente, no fue capaz de averiguar si estaba o no molesta. La tumba terminó cubierta de tierra, y tuvo que alejarse de la pareja para soportar que la gente empezara a acercarse, a compartir anécdotas, a decirle cuánto lo sentían.
Podía pensar una lista de cosas que le apetecieran más que aquello.
«No lo sé.»
«¿Sigues sintiéndote vigilada?»
Acogió entre sus manos las de una pareja que llevaba siendo amiga de los difuntos desde hacía bastante tiempo, poniendo una mueca triste que nada tuvo de falsa.
—Lo sentimos mucho, cariño, si necesitas algo…
«A diario. Haga lo que haga.»
—Lo sé, muchas gracias… Sé que Tamara y Bernard lo apreciarían mucho.
Llevaba semanas con esa sensación de estar siendo vigilada, e incluso en esos momentos, sentía como si alguien estuviera espiando la conversación que estaba teniendo con la otra vampira. Por ello, levantó las murallas de su mente mientras las veía sumarse a la fila de gente que se encargaba de darle el pésame.
Cuando fue el turno de ambas, Ayesha se encargó de dejar un beso sobre su mejilla. No es que su relación fuera mala, pero no soportaba verla con Hécate y no saber lo que se traían entre manos, qué eran, qué hacían. Sabía que se conocían desde hacía algunos meses, que pasaban tiempo juntas, que reían, que se conocían. Pero nunca, jamás, había tenido una confirmación.
Eso era lo que peor llevaba, además de no sentirse elegida. Y tampoco es como si lo necesitara, no realmente, pero había querido a la mujer durante el tiempo suficiente como para que aquello le resultara odioso.
Ayesha se alejó y vino su contraparte, que la rodeó con los brazos y se acercó hasta su oído, susurrando tan bajo que ningún humano habría sido capaz de escucharla.
—Tienes que irte de esa casa.
—Lo sé —respondió, apenas moviendo los labios.
—Ven con nosotras.
And all my devotion turns violent.
Nombre actual: Hécate Baizen.
Fecha y lugar de nacimiento: En algún momento a principios del siglo XV, en Arazmere, Dacia (actual Rumanía). En sus papeles actuales consta que nació un 25 de agosto de 1999.
Ocupación: Cantante de jazz en el Alexandrine.
Especie y habilidades: Vampiresa, gran parte de sus habilidades son comunes a las de la raza. Al llevar tanto tiempo viva, sin embargo, es capaz de salir al sol sin sufrir el malestar generalmente causado por este a otros.
Historia: Llegó a este mundo de manera descuidada, dando tumbos de hogar en hogar hasta que fue acogida por un compositor que la tomaría como su hija y como su musa según el día. Conocería lo que es ser malquerida desde sus primeros años de vida, y también los límites de la obsesión. Los incesantes viajes de su padre a Italia hicieron que dominara el idioma a la perfección, y poco más. No sabía leer, mucho menos escribir, y cuando su maestro no se inspiraba para componerle una ópera, decía que se acercaba la hora de buscarla un buen marido.
Pero Hécate, nacida con otro nombre, con otro apellido, nunca quiso eso. Ella quería ser libre, disfrutar de la magia de la femineidad y poder descubrir qué cosas escondía el mundo. Cuando los primeros vestigios de su magia se manifestaron, sin embargo, supo que acababa de ser sentenciada. Eternamente conectada al Mundo, que se encogía y moldeaba a su voluntad, fue consciente de que lo que le esperaba era una angustiosa supervivencia.
Huyó de su hogar justo en el momento en que el hombre con el que vivía comenzaba a quitarse el velo de los ojos y a verla como lo que era: una mujer. Qué horror, qué desgracia, pero menos mal que ahí estaba su caballero de brillante armadura. Constantin. Verdugo, salvador, amante, mentor. Lo suyo sí que fue un flechazo, no solo por el hecho de que la encontrara con una flecha clavada en el hombro derecho, sino porque a día de hoy (por desgracia), Hécate es incapaz de sentir por nadie lo que sintió por él.
Constantin, Constantin, Constantin. Con él pasó los mejores años de su vida, alejada de lo que se esperaba de ella. Aprendió a modular su voz, que desde pequeña había sido exquisita, y a cantar como las grandes lo harían en un futuro no muy lejano. Se enamoró de la Ópera, del teatro, de las sinfonías, de las partituras y las letras con la misma fuerza con la que lo hizo del maldito. Le ayudó a recorrer el mundo, a mantenerse joven, a beber de ella hasta que no quedó nada.
Fue feliz, durante esa época. Tan feliz como nunca, aunque a día de hoy le pese. Pero todo lo bueno acaba, y ellos no fueron la excepción a la regla. ¡Cómo dolió, saber que no la quería! No realmente. Y por eso, tuvo que huir. Cuando sintió las cadenas, pesadas e invisibles, arrebatarle la magia que le había pertenecido desde su nacimiento, supo que era hora de dejar de luchar. Moriría entre los brazos de su amado, asegurándose de entregar una actuación creíble, y se marcharía antes de que su cuerpo terminara bajo tierra.
Abandonó Arazmere con nuevos dones, y también con la misma maldición que recorría las venas de los Lestrange. El Mundo ya no le susurraba, pero las sombras sí. Akasha, Akasha, Akasha. Nunca comprendió el idioma en el que hablaban, la persona a la que mencionaban, pero sí que sabía una cosa: nunca podía volver atrás.
Se hizo de oro en Italia, viviendo en la noche, en la Ópera. Recorrió Europa y amó hasta que no pudo más, hasta que esas mismas cadenas volvieron a terminar sobre sus muñecas y no le quedó otra que repetir el pasado, y huyó a las Américas. Ahí, vivió bajo diversas identidades hasta el día de hoy, ansiando compañía pero negándose a buscarla. Y entonces conoció a Zahra.
Zahra, cuyos ojos había visto en otra vida, en otra persona, en otra historia. Zahra, que tenía una sed insaciable, que nunca estaba satisfecha, que iluminaba las cosas que amaba, y destrozaba las que no. Y el resto fue historia.
Información adicional:
Conoció a Yves hace cuarenta años, desde entonces no se ha despegado de él. Trabajan mano a mano en el local, y es la única persona que suele saber a dónde se marcha en sus idas y venidas. Sin contar con Ayesha, su actual compañera de hogar, no hay otra persona que la conozca tanto.
Tras sus ojos se encuentran los recuerdos de otra persona, de tiempos mucho anteriores a su nacimiento.
Maneja el francés como una de las varias lenguas que conoce, pero finge ser de esta nacionalidad a día de hoy.