Segunda parte escena -habitación seis- versión beta inacabada.
Von Manstein subió rápidamente, con furor las tres primeras escaleras que conducían frente al portal del bloque de viviendas, y repentinamente… «PUMM» de una fuerte patada tiró abajo la puerta de madera. El diablo comenzó a subir las escaleras del edificio; el tacón de sus botas militares emanaba un fuerte «CLOC» cada vez que avanzaba, a cada vez que pisaba un nuevo escalón, cómo si ello fuere el conteo de los restantes segundos de vida que les quedaban a los protagonistas atrincherados en la última planta de la edificación. El silencio perturbador inundaría los últimos minutos de vida para Natalia y sus dos hijas; los llantos de ambas serían contenidos por las manos de su madre, posicionando éstas frente a sus pequeñas bocas, y presionándolas con delicadeza así evitando la fuga de ruido alguno que pudiera delatar su posición. Pero ya era demasiado tarde.
—Maldita sea Herren Mark, están cercando el edificio, ¡¡nos están cercando!! — Brunhold observaba a través de una de las rencillas en la pared como los alemanes comenzaban a cercar todo el edificio, apuntando sus fusiles a la fachada de la edificación. Brunhold apartó rápidamente la mirada de todo aquello, cerrando sus ojos por largos instantes en un intento por buscar una solución, alguna forma de escapar de todo aquello. Giró su cuerpo, reposando su espalda contra la pared, a la vez que él y Mark seguían agachados, sentados en el suelo y apretando sus párpados como si ello les fuera a librar de tan fatídico final.
El sonido que emanaban las botas del mariscal alemán al avanzar a través de la escalinata, cada vez resonaba con más intensidad, produciendo un eco maligno que comenzaría a ensordecer a Natalia y sus niñas. Brunhold abrió de nuevo sus ojos, Brunhold y Natalia se miraron mutuamente una última vez. Y al percatarse de que el diablo se hallaba sólo a dos plantas de distancia de ellos, la escena se convertiría en un intercambio de gestos y miradas, mandíbulas apretadas y vello erizado.
«Tac, tac, tac, tac» Las botas de Von Manstein cada vez sonaban más cercanas, más mortales. El mariscal, habiendo pasado toda la escena con ambas de sus manos junto a las empuñaduras de los revólveres que colgaban de los dos lados de su cinturón, acariciándolos de forma amenazante, ahora los alzaría al aire, apuntando firmemente con éstos frente a él. Mark y Vladgen Brunhold volvieron a girar su cuerpo a modo de echar un rápido vistazo, de nuevo, a la situación en el exterior, pero lo que vieron no hizo más que empeorar las cosas; el cañón de un enorme tanque Panzer irrumpía en escena, haciéndose hueco a la fuerza entre el círculo de soldados alemanes.
Mark y Brunhold rápidamente se dieron cuenta de ello; el cañón de la gigantesca máquina comenzó a moverse, a alzarse paulatinamente hasta lograr una posición en la que, de dispararse, la parte superior del edificio quedaría reducida a escombros. Giraron sus cuerpos, de nuevo. Y cuándo todo parecía perdido, la mirada de Natalia la delató. Ésta rápidamente corrió las cortinas, y con muchísimo cuidado abrió una de las ventanas de aquél lúgubre comedor, mirando hacia abajo, para seguidamente alzar su mirada más allá.
Mientras tanto, Von Manstein llegaría al último rellano, antes de emprender el último y definitivo fragmento de escaleras; antes de derramar aún más sangre, antes de honrar la voluntad de su Führer. Giró bruscamente su cuerpo, con la mirada clavada en el suelo, y cuándo la parte delantera de sus botas de cuero acariciaron el primer peldaño, alzó lentamente su cabeza.
La acción regresó a Vladgen Brunhold; éste cogería a Natalia desde uno de sus brazos, y en pleno ataque de insensatez y ya habiendo supuesto las verdaderas intenciones de la protagonista, intentaría frenarla, pero sin éxito. Y desde más abajo y entre las sombras de las escaleras, una voz grave, catarrosa y por desgracia muy familiar para Brunhold comenzó a resonar…
—...teniente Brunhold… bolchevique traidor ¡¡Amigo de los soviets!!— Y una fuerte y sarcástica risa lo interrumpió. Manstein alzó su pierna, y comenzó lentamente a subir el último trozo de escaleras, a la vez que la presión que sus manos ejercían sobre los dos revólveres en cada una de éstas aumentaba bruscamente.
Y de nuevo, esa grave y desgarradora voz volvió a emerger de entre las tinieblas, alertando aún más a Natalia, acelerando su pulso y disparando su adrenalina hasta límites peligrosos;
—Voy a encargarme personalmente de usted, de los desertores y de sus amiguitos sionistas; me encargaré personalmente de llevarle ante el Führer, vivo o muerto…
Las miradas de Natalia y Brunhold, de forma radical, se entrecruzaron; ésta apartó rápidamente la mano del teniente alemán de su brazo, y de manera veloz se dirigió a por un par de las sillas de aquél lúgubre comedor. Brunhold se había percatado de las intenciones de la joven soviética, sabía perfectamente que no iba a dejarse capturar tan fácilmente…
Subió encima de una de las sillas, abriendo el ventanal de par en par, a la vez que con la ayuda de Brunhold levantaría la silla restante más allá de la línea del marco de madera de aquella podrida ventana. Repentinamente, el respaldo metálico del asiento rozó uno de los cables de alta tensión que comunicaban varios de los bloques de viviendas colindantes con el que se encontraban los protagonistas. Natalia lo intentó varias veces, pero todo parecía abandonado; el paso de la guerra había dejado sin suministro eléctrico a gran parte de la ciudad. Brunhold agarró el brazo de la joven una última vez, pero ésta siquiera le miraría; Novikova había regresado.
El gélido viento soviético comenzaba a soplar con fuerza, obligando a los cables de alta tensión que circulaban por las altas azoteas de Stalingrado a oscilar fuertemente. Un silencio atronador se había adueñado de la escena; Brunhold seguiría comunicándose a través de gestos, mientras tanto, seis plantas más abajo el enorme tanque Panzer comenzaba a alzar su cañón.
Y a contados escalones de distancia, el demonio esperaba; la marcha militar de Von Manstein proseguía sin tregua, coloreando las blancas paredes de aquel edificio de un tono rojizo, de un color a muerte. El rugido de sus botas cada vez era más temible, más ensordecedor, especialmente en la mente de Natalia.
—Pienso llevar a su zorra roja ante el Reichstag, ¡¡Y después entregarla a los soldados!! Está acabado teniente Brunhold… — El tono demoníaco de Von Manstein, repentinamente había regresado, inundando la mente de Natalia de miedo; su pulso temblaba, y las gotas de frío sudor comenzarían a hacerse hueco entre las arrugas de su frente.
Natalia miró a Brunhold una última vez. Éste se la devolvió, junto con la complicidad y una fuerte convicción por ella; había que huir de allí con vida, fuere como fuere. El teniente alemán recogió a ambos bebés de los brazos de Mark, y con uno de ellos en cada uno de los suyos, se los entregó cuidadosamente a su madre. Novikova temblaba, a la vez que su sentido del tiempo parecía cada vez más alterado. Brunhold guiñó el ojo a Natalia. Ésta devolvió la complicidad llevando una de sus manos a su frente, despidiéndose así de Vladgen Brunhold.
Rápidamente, Natalia desabrochó su cinturón, y de pié, sobre las alturas de aquella vieja silla de madera, aproximaría uno de los extremos de éste junto al cable de alta tensión lindante a la fachada del bloque de viviendas en el que se encontraban. Pasó el extremo del cinturón por encima de dicho cable, asegurando la unión con el cierre de la hebilla, y realizando una especie de nudo con éste lo suficientemente tenso cómo para poder deslizarse a lo largo del cable, pero también lo suficientemente ancho como para ser capaz de introducir su mano, en un firme agarre.
Envolvió a ambas bebés con una blanca y holgada manta. Seguidamente, las cubriría introduciéndolas en el raso de su uniforme, mientras con su mano derecha se aseguraría el firme agarre necesario con su cinturón. Brunhold, repentinamente la detuvo;
—Fräulein. — Y llevando con firmeza la mano a su frente, el teniente alemán saludó una última vez a la joven soviética. Natalia cerró sus ojos, y de un fuerte empujón hacia atrás tumbó la silla sobre la que se encontraba, comenzando a desplazarse por inercia a través de la oscuridad y las alturas del cable, y girando una vez más la ruleta rusa de aquella maldita guerra.












