No
No estoy en el mismo lugar que ayer.
Ahora, por ejemplo, estoy sentada en el patio de una casa que gracias a mi suerte puedo alquilar en una situación que cada vez se torna más brumosa.
Siento el viento denso entremezclarse con el pesado aliento con aroma a cerveza que se desprende de mi boca. El gato duerme y el pitido de los murciélagos surca el cielo nocturno en la ciudad de Buenos Aires. Está nublado.
Y pienso.
En la estupidez.
En lo que vendrá, tal vez.
De a momentos, mi corazón se acelera. La ansiedad desmedida, preocupada por pelotudeces que exceden mi obrar individual es una cosa muy de la modernidad. Atacar o huir, el instinto primitivo intacto en un tiempo que pareciera no requerir comportamientos tan drásticos.
Mi mente dice que no se puede confiar en nadie;
que hasta mi sombra es una artimaña de la realidad.
No sé.
Pero no estoy en el mismo lugar de ayer.
Y cuando miro hacia atrás, puedo ver, entrecerrando mis ojos, los pasos que he dado, incluso un vislumbre sagrado de quién soy.
Adentro y afuera de mí.
Lo de afuera está a merced de las habladurías del mundo:
siempre alguien más te va a decir qué cosa te conviene hacer.
Lo de adentro no lo ve nadie, pero es lo que ha lubricado los engranajes de esta máquina que aún me mantiene con vida.




















