Conejo en una tormenta de nieve.
TW: En el siguiente relato se tratarán temas de abuso infantil que pueden herir la sensibilidad de algunos lectores. Por lo mismo, se pide encarecidamente la discreción o abstención de leerse si cree que puede generarle incomodidad.
—¿Estás segura de que no vas a ir? —inquirió su prima Rosario—. A la abuela le va a dar un ataque si no vas.
Sofía Berenguer nunca había sido distante con su abuela paterna, doña María Eugenia, pero sí con su abuelo. En cierta parte se lo debía a su madre, Martina; y su a tía, Matilde, cuyas ideas progresistas chocaban constantemente con las del hombre que la engendró y crio. Habían otras razones, también.
Ahora era su funeral, después de un ataque al miocardio mientras arreglaba el motor de su auto.
Ella torció el gesto, mientras le daba una calada al cigarrillo que compartían entre las dos. Matías, su hermano, tenía trece años y aún así daba vueltas a su alrededor para ayudar a cubrir el “ilícito”. Su prima, por su parte, agachó la cabeza y suspiró.
—Tú sabes que poco y nada me importa el abuelo, Rosa.
La chiquilla le miró con los ojos ligeramente cubiertos de lágrimas, como si sintiese rabia y tristeza al mismo tiempo. Quizá y así era el caso. Sofía se le acercó un poco, apagó la mitad de lo que quedaba entre sus dedos y le abrazó con fuerza. Aún cuando ella no era cercana a su abuelo, sabía que esa niña menuda que se le pegaba al cuerpo le adoraba; no porque fuese fiel a sus ideas, no porque apoyase nada de aquello, sino porque simple y llanamente había compartido más con él que con su otro abuelo. Y ahí, en medio de los crecientes sollozos de su prima, la muchacha logró entender que no era su abuela quien necesitaba su apoyo—o su presencia—, sino Rosario.
—Ta’ bien —soltó ahora, separándose para secarle las lágrimas con el pulgar—, voy a ir. Pero sólo un ratito, que tengo que estudiar.
A la segunda de los nietos del difunto Bernardo Berenguer se le iluminó el rostro, aún con los ojos cristalinos. Sabía que lo último era mentira, pues ella nunca estudiaba, pero aceptó la propuesta porque la necesitaba.
—La abuela va estar feliz de verte —dijo, mientras Sofía se encogía de hombros—. ¡Tú sabes que sí! Hace un tiempo que no te ve. Igual, tú sabes que el abuelo...
—Por fa, Rosa —replicó—. No hables de él.
— ¡Pero es verdad! El abuelo estaría feliz de saber que vas a verlo por última vez.
—El abuelo era un conchadesumadre, Rosario —soltó, sin ser capaz de aguantarle—, y lo sabes.
Todo rastro de tristeza, felicidad o cualquier clase de emoción que mantuviese a su querida prima en lo alto del pedestal se desintegró en los ojos de Rosario, para dejar en su lugar una mirada llena de odio, reproche y desdén. Retrocedió un par de pasos, no sin antes cerciorarse de quitarse sus manos de encima. No veía posible que su prima detestase tanto a su abuelo, o que lo viese de dicha manera. No podía entenderlo. ¿Cuándo había empezado a sentir tan feo en cuanto a ese hombre que sólo tenía amor para ellos? No le cabía en la cabeza ese odio que echaba por la boca.
—¡Ni se te ocurra hablar así de él otra vez! —le gritó tan fuerte que Matías se asustó, no encontrando nada mejor que hacer que correr en búsqueda de su madre—. ¡Ni se te ocurra! El abuelo era un hombre bueno, era cariñoso y nos quería. ¡Nos quería mucho!
Rosario no le dio la oportunidad de responder, o de reivindicarse dentro de esa conversación tan crítica, pues salió corriendo antes de que la mayor pudiese siquiera abrir la boca. Sofía no se dio cuenta que estaba temblando hasta que su madre y su hermano llegaron, acompañados de su tío.
Temblaba y le castañeteaban los dientes, aún cuando allí fuera no hacía frío.
Se sentía como un conejo en una tormenta de nieve, tal y como se había sentido la última vez que había visto a ese hombre como su abuelo y no el monstruo que realmente era.
Llevaba lloviendo la madrugada entera, le siguió después la mañana, para luego poco antes del mediodía comenzar a despejarse. No había ido a clases, había estado despierta hasta las cuatro de la madrugada terminando un informe grupal que sus compañeros no se habían dignado a hacer, por lo que su madre llamó al colegio y les notificó que estaba enferma. Hacía mucho tiempo que no faltaba a clases, por lo que luego de sentirse culpable, se dejó a sí misma aprovechar el día libre que se estaba dando.
“Arréglate”, le había dicho su madre con cariño, a eso de las doce y media. “¿Para qué?”, le había increpado ella entonces, recibiendo la respuesta que por dentro esperaba: irían a visitar a su abuela Eugenia, aquella que tanto quería, pues estaba enferma y en cama. No sabía qué tenía, pero sí entendía que necesitaba reposo y no podía venir ella misma a verle.
Se había puesto un vestido con un par de medias negras debajo, para esquivar el frío. Tanto su madre como su padre se habían reído por su elección. A los trece años, después de todo, no se tiene un muy desarrollado sentido del estilo. Antes de que pudiese darle una rabieta, se subió al auto con una chaqueta encima y con Matías contando chistes raros a su lado. Martina, quien iba de copiloto, hablaba de un libro que había leído; su padre, que intentaba prestarle atención, intentaba manejar concentrado al mismo tiempo.
“Los hombres no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo, mi niña”, le decía su abuela.
—Yo lo único que sé, es que deberían cerrar Punta Peuco.
La mesa siempre se volvía territorio hostil cuando se hablaba de política o temas conectados al golpe militar. "Gobierno militar", en palabras de su abuelo. En esta ocasión, la incomodidad cayó por las palabras—no tan bienvenidas—de su tía Matilde, quien con el tenedor en la mano derecha hacía ligeras gesticulaciones.
—Han inaugurado esa penal hace tres años años, Mati —soltó Martina, en un intento de aplacar la posible tormenta—, dudo que la cierren por ahora.
“Aunque fuese lo mejor”, notó la niña que su madre murmuraba.
—En eso estoy de acuerdo contigo, Matilde —soltó el patriarca—. Deberían cerrar la penal y dejar en libertad a sus detenidos. ¡No hicieron más que proteger a este país de esos comunistas de mierda que querían echarlo a perder!
María Eugenia, quien había dejado la cama para comer con su familia, abrió la boca incrédula. No dijo nada, pues sabía que de decir algo se formarían aún más problemas. Tomás, padre de Sofía; así como Martina, su madre; José Ignacio, su tío y hermano de Tomás; y su esposa e hijos se quedaron en silencio, también. La tensión en el ambiente bien podría haberse cortado con algún cuchillo de los que habían en la mesa. Matilde, sin embargo, soltó el tenedor y arremetió de nuevo.
—¿Sabe, papá? —replicó—. A mí me daría vergüenza defender un genocidio.
—¿Genocidio? —contestó él—. Por favor, Matilde. Hasta tú sabes que los comunistas querían destruir el país, sobre todo con ese rojo asqueroso de Allende.
Martina, quien en dicho “gobierno” había perdido amigos y conocidos, estaba apretando la mandíbula; detestaba la opinión de su suegro. Su esposo, al mismo tiempo, le sujetaba la mano con fuerza por debajo de la mesa. Tomás prefería mantener silencio ante los desvaríos de su padre. Sofía, con trece años, apenas entendía los puntos de vista de su familia. Claro, sabía que el régimen había sido malo, pero también tenía la duda del porqué de la reacción de su abuelo. No entendía cómo un hombre tan cariñoso, tan intachable como él, podía estar de acuerdo con tanta violencia.
Nunca había hecho más que hacerle sentir querida, acariciándole la espalda o besándole las mejillas, diciéndole cuán bonita se estaba poniendo con el tiempo. Se sentía agradecida y afortunada de tenerlo.
En medio de las miradas mortíferas entre su abuelo y su tía, su tío Ignacio terminó por interrumpirles de una vez por todas.
—Yo creo que no deberíamos ponernos tan pesados con ese tema —dijo, levantando su copa de vino y dándole un sorbo—, después de todo, lo importante es que estamos todos acá para celebrar que la mamá todavía tiene para rato.
La niña le sonrió a su abuela, quien le lanzó un beso desde su asiento.
—Sí pues, caballero —añadió esta última, refiriéndose a su esposo—. ¿No cree que es un poco amargo ponerse a hablar de matar gente y de cárceles en la mesa?
La mayoría soltó una risa, incluida Sofía, quien seguía sin entender mucho.
En menos de cinco minutos todos en esa mesa se habían arreglado, o al menos dentro de la medida de lo posible. Las ganas de fulminarse mutuamente entre Matilde y su padre habían existido desde siempre, sólo ensanchándose con la pérdida de su hijo, tantos años atrás. No había compasión, amor o empatía de ella hacia él; no había nada, en realidad, y ambos lo sabían perfectamente.
Cuando terminaron de comer, los adultos fueron a conversar fuera del comedor. Los más pequeños, Matías y dos de sus primos, salieron corriendo a jugar al patio trasero. Por su parte, Sofía se quedó con su prima Rosario, quien aún tenía hambre. Esta última tenía entonces once años, era flaca como un palo y nunca terminaba de llenarse. La pelirroja le decía que tenía una lombriz en el estómago.
—¿Tendrá frutas en la cocina la María? —su pequeña prima hablaba de María, la señora que ayudaba a su abuela en la cocina. Era una mujer adorable, menuda y muy parlanchina—. ¡Es que tengo hambre!
—Pero, Rosa... —replicó la niña—. ¡Si acabamos de comer! Tú y tu lombriz...
Las dos se echaron a reír, para terminar por ir a la cocina de todas maneras. No había nadie, pues María se había ausentado por un rato para ir a buscar una torta a la pastelería. En silencio, o lo más calladas que podían estar entre pequeñas risitas, encontraron la cesta de frutas llena. Quería coger uvas y salir disparada, pero Rosario quiso manzanas. Le frunció el ceño, pues sabía que tendría que pelarla antes de que le hincase el diente encima.
—Ya po, Sofi —estaba juntando las manos, como si le suplicase—. No me gusta lo que tiene color.
—Tú molestai’ más que los cólicos, oye.
Tomó un cuchillo de encima, sin caer en cuenta de que estaba recién afilado. Ninguna de las dos lo notó, no hasta que la más grande de las dos terminó por hacerse un corte sin querer. Rosario lanzó un grito, pues odiaba la sangre, mientras que la herida palpitaba y la pequeña pelirroja dejaba la manzana sobre el mueble, abriendo la llave del agua fría y sumergiendo el corte bajo el chorro. Le pidió a su prima que guardase silencio, pero esta no se aguantó mucho y fue a buscar ayuda.
Detestaba lo exagerada que era su prima, ¡no era más que un corte chiquitito! Se enojó con ella y consigo misma, por ser tan tonta de no darse cuenta del filo.
—¿Qué pasó? —la voz de su abuelo había impactado en su espalda—. A ver, a ver.
Estaba de pie tras de ella, con la pequeña mano de Rosario en la suya. Esta última se estaba refregando los ojos, ya que había soltado un par de lágrimas a causa de los nervios. Eso a Sofía le pareció entre tierno y tonto.
—Nada, tata —dijo, sacudiéndose la mano. Aún seguía sangrando—. La Rosa que es exagerada, si fue un cortecito no más.
—A ver, déjeme ver —se le acercó, tomándole la mano entre las suyas—. Uhhh...
—¿Qué pasó, tata? —Rosario hablaba de nuevo—. ¿Está muy feo?
—Un poquito. Pero vaya a jugar, Rosarito. Yo le ayudo a su prima.
Rosario se fue corriendo a jugar con sus primos, dejando a su abuelo y Sofía solos en la cocina. Había olvidado ya su hambre y la comida.
—Vamos, en el botiquín del baño de arriba tenemos alcohol y parches bonitos.
Subieron las escaleras en silencio, a ella le ardía la herida. Sólo le había asentido a su abuelo cuando le dijo que fuesen arriba. Allí, donde estaban ahora, casi ni se escuchaba nada de lo que ocurría abajo, muchísimo menos fuera. Eso siempre le había parecido curioso, el que no se escuchase nada; que fuese casi a prueba de sonido. Su tía Matilde siempre le había dicho que no le gustaba esa parte de la casa, que no era agradable. Nunca había entendido el porqué, si para ella era igual al resto.
—Venga, deje mirarle la herida —Bernardo se sentó sobre el filo de la tina, luego de abrir el botiquín—. A ver qué tan feo quedó.
Sofía, sin saber porqué, se acercó nerviosa. Le había cerrado la puerta tras su espalda, o la había juntado casi hasta cerrarla. El hombre le hizo una seña para que se sentase en su rodilla izquierda, cosa que su nieta hizo sin pensar. Le tomó la mano con delicadeza, regando un poco de alcohol en el corte mientras tarareaba una canción que ella reconocía a medias. Sin que lo pensase mucho, le cubrió finalmente con un parche que tenía pequeños conejitos y zanahorias. Lo recordaba porque ella los había elegido antes.
—Gracias, tata —le dijo, depositándole un beso en la mejilla—. Ahora ya no me arde.
Antes de levantarse, le retuvo. Le pareció un gesto de cariño algo brusco, pero se quedó quieta. Su abuelo, sin duda alguna, era un hombre cariñoso, aunque algo tosco de vez en vez. A su tía Matilde parecían no gustarle sus muestras de afecto, pero ella lo creía porque a su tía no le agradaba su abuelo en general. En algún punto de aquél momento, mientras ella se quedaba viendo los conejitos del parche, él había empezado a tocarle la rodilla derecha. Con cuidado, acariciando. Seguía tarareando. Le hizo tantos círculos en la rodilla que bajo las medias sentía ligeramente rara la piel, como cuando esperas quitarte el frío pero no funciona.
Tarareaba, ella seguía sin reconocer la canción.
Estaba comenzando a sentirse extraña, no entendía el porqué. Su abuelo seguía tarareando, mientras subía ligeramente más la palma, llegándole a la altura del muslo. Seguía haciendo lo mismo: círculos, y círculos, y círculos. No era primera vez que hacía eso, pero esta vez estaba yendo más lejos que antes. Vio el conejo del parche de nuevo, pensando en Alicia en el país de las maravillas. Y cuando casi lograba tocarle directamente entre las piernas, la puerta se abrió de golpe.
El abuelo Bernardo había dejado de tararear, ella levantó la vista. Era María. La mujer aún llevaba un pequeño bolso bajo el brazo y, ahora, lucía preocupada.
—¡Ahí está, mi niña! —dijo, con falsa animosidad—. Abajo la estaba buscando la Rosarito. Que quería jugar, me dijo.
Se acercó y le tomó de la mano, con una sonrisa fingida. Él parecía molesto, tenía la mandíbula apretada; también había una pizca de vergüenza, pero no tan fuerte como la molestia. María la sacó del baño, casi trotando por las escaleras.
—No vaya más al baño con el abuelo, ¿ya? —le dijo despacio, a la niña le sorprendió—. Su tía Matilde y yo se lo pedimos.
Asintió sin decir mucho, tampoco miró atrás. Luego de un par de horas se fue a su casa, mientras escuchaba los chistes de Matías, las opiniones de lectura de su madre y veía a su padre intentando prestar atención y manejar al mismo tiempo. Todo de nuevo, en reversa. La radio del auto sonaba. Se quedó quieta cuando reconoció la canción.
“(...) Una vez nada más
Se entrega el alma
Con la dulce y total
Renunciación
Y cuando ese milagro
Realiza el prodigio de amarte
Hay campanas de fiesta que cantan
En el corazón (...)”
Y en su asiento, mientras escuchaba la canción que siempre tarareaba el abuelo y miraba los conejos del parche, se imaginó como un conejo en una tormenta de nieve, tiritando sin entender nada.