Mi lado oscuro se sobrepone a la luz a veces, me lleva de paseo a lugares en los que preferiría no estar. No quiere valorar las maravillas que se me ponen en el camino, prefiere mandar todo a la mierda y enojarse, prender un fuego, incendiar vínculos y desentenderse. Constantemente tengo que batallar contra él, si fuese por su propia voluntad estaría viviendo sola debajo de algún puente aislada de todo contacto con la sociedad.
Mi lado oscuro es caprichoso, egoísta y tozudo como un niñe mal aprendido que no entiende o no puede diferenciar muy bien las cosas que están bien de las que están mal. Es ciego, es gris, me obliga a llenarme el pecho de aire limpio y exhalar un humo negro y viscoso, casi líquido, grumoso, lleno de veneno. Si dejara que me gobernase, estaría repleta de odio, enojada todo el tiempo, me habría vuelto una pelota de huesos, grasa y pelos duros, con la piel gruesa y escamada.
Mi lado oscuro, después de todo, cree que puede llevarse todo por delante, se cree indomable, supremo, ilimitado... Pero por suerte no es tan fuerte como él mismo lo cree.











