Entonces la niña que miraba atentamente el Árbol, le preguntaba si en algún momento sería capaz de alcanzar su fruto. El Árbol se tomó un minuto para pensar pero no en la respuesta, se cuestionaba si aquella niña entendería el mensaje, el mensaje implícito en su pregunta. Le respondió
- “Sólo depende de cuanto lo desees, quizás ya eres capaz de alcanzarlo pero tu deseo no es mas fuerte que tu miedo, sabes que si lo intentas caerás, te rasguñarás y sangrarás, podrás perder fuerzas, el cansancio sobrepasará tu deseo, pero si eres digna de ese fruto tu convicción no doblegará”.
La niña que aún miraba atenta al gran árbol, se miró sus pequeñas manos y debatía si el árbol le hablaba de ella. La niña miró a su alrededor, docenas de frutos tirados en el suelo, algunos frescos y brillosos, otros arrugados y de mal aspecto, opciones habían pero su obsesión ya estaba declarada, ella quería aquel fruto opaco, aquel fruto perfecto, pero opaco. Le volvía a preguntar entonces al árbol ¿por qué deseo tanto esa fruta que está sin brillo? El Árbol nuevamente se cuestionaba la capacidad de la niña para entender lo que significaban sus preguntas.
- “La fruta en algún momento madurará y caerá, algunas están destinadas a convertirse en árboles, pero otras simplemente no. Tú en tu momento también fuiste una fruta pero te convenciste de lo contrario y hoy no lo recuerdas. No es primera vez que vienes a buscar el fruto mas opaco de mis ramas, y como la fruta, tu también puedes caer, no somos inmortales y el tiempo es infinito, puedes venir cuantas veces gustes mientras coincidan en este plano, pero te advierto, las frutas inmaduras no se puede comer ni pueden ser humanos, ni siquiera sabemos si pueden ser árbol. La paciencia es una virtud, debes dejar que se revele por si misma.
La niña comenzó a llorar, una angustia se apoderó de su razón, ella entendió lo que necesitaba entender. Miró una vez más su deseo y éste ya no era opaco, resplandecía, la belleza que sólo ella lograba ver se había transformado. Secó sus lágrimas y se despidió. Ella sabía que ese adiós no significaba nada, por lo demás, sabía que no sería capaz de irse, se alejó y en silencio quedó esperando.