Sí se parecen
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Sí se parecen
Un poema de María Paz Guerrero (Bogotá, 1982)
Gismundo
Una adolescente fanática del horror y de las creepypastas (historias de terror que circulan por internet) despierta maniatada en una cabaña
Winter has come
Sansa Stark in Game of Thrones — 8x06
Mi historia con Felipe Montes
Mi relación con Felipe
Conocí a Felipe Montes en un Taller Literario durante la primavera de 1995. Lo organizó en Chipinque la ASOMEX, un consorcio de Colegios Americanos en México. Fue una delicia platicar con él, y conocer a un ser humano que sabe trabajar con la sensibilidad humana y literaria. Tengo mucho que agradecerle, y a mis 36 también tengo otros ojos para leer mi amistad con él.
Antes que nada, haré un disclaimer: yo soy de esas personas que le habló doscientas –o más- veces a su teléfono de La Guarida (su departamento o casa antes de casarse a donde nunca fui) y a su beeper. Efectivamente, hubiera querido recibir más atención de él cuando fui adolescente. Sí estaba enamorada en modo puberta, pero nunca pensé que me haría caso. Como otras chicas que lo denunciaron, mis padres estaban fuera de casa la mayor parte del tiempo.
Felipe supo estar ahí en momentos claves para quienes integramos ese taller literario en los 90’s. Claro que su presencia era muy reconfortante para un grupo de adolescentes atípicos que no encontraban muy bien su sitio en el mundo.
Después, Felipe me ayudó –y sí, gratuitamente- a construir mi primer poemario. Lo prologó y lo presentó conmigo en 2002. Digo todo esto porque sé que una de las formas en las que Felipe está desacreditando a las denunciantes es haciéndolas parecer patéticas y aprovechadas. Le ahorraré esa maniobra discursiva.
Ahora, una segunda capa de lectura de estos años idílicos. Para cumplir 14 años organicé una fiesta en mi casa, ahí supe por las y los integrantes del taller literario que Felipe le había enviado una carta de amor a una de nuestras compañeras del taller. Según recuerdo/recordamos el padre y madre de ella le prohibieron verlo. Pero tanto Felipe como mi compañera fueron a la fiesta. No recuerdo más. Ella no nos era muy simpática, y probablemente nuestra reacción fue de antipatía porque Felipe no elegía depositar sus afectos en alguien que fuera tan carismática y cariñosa como nos parecía él. La misma reacción –de adolescentes- tuvimos cuando nos presentó a su ex esposa, cuando recién anduvieron. Esto lo fui platiqué y corroboré con una amiga de aquel entonces al calor de las olas de Acoso en la U.
Revisando el pasado, Felipe no podía ‘quedar mal’ con nadie. La sensación es que no podíamos reclamarle nada porque él era bueno. Llegaba tarde a nuestros talleres; alguna vez no fue y no avisó. Pero nunca nos enojamos con él, porque era el plato fuerte de nuestro momento cuando sí llegaba. Recuerdo haberlo esperado en Arte AC cuando trabajó ahí. Iba con cita, y afuera de su oficina me dormí un rato en el sillón.
Yo veía a Felipe como un chavo que había sufrido por ser amoroso. Así enmarcaba su despido de una de las prepas del ITESM, a partir de lo que nos contó (que luego sí supe por varias fuentes que fue porque tuvo una relación con una alumna). Deseaba darle ese amor negado en la medida de mi comprensión adolescente. Después de la presentación de mi primer poemario Pneuma en 2002 nos reencontramos en un par de visitas mías durante mis estudios de maestría en Bélgica. Platicamos de El Enrabiado, y después de eso realmente no volvimos a convivir mas que un puñado de ocasiones.
Tras mi regreso de Bélgica repensé la genealogía afectiva de mi escritura, porque en ese momento ya influida afectada por otras figuras claves en mi vida. Lo que me había aportado Felipe era bien apreciado pero no era absoluto.
La relación mentor-discípula es de una asimetría que no se rompe fácilmente. No es poco común entre docentes construir lazos de dependencia, con lo sencillo que es entrar en contacto con personas que pueden admirarte.
Fue muy natural este reacomodo de mi panteón personal de inspiraciones, porque yo estaba definiendo cómo quería ser como docente dentro del marco de responsabilidades explícitas (institucionales) e implícitas (socio-afectivas). Claro que mucha de mi reflexión surge de no poder restablecer relaciones de amistad con ex profesores/as cuando regreso de la maestría. Supongo que porque se modificó la jerarquía. Eso me obligó a reflexionar profundamente sobre mi relación con mis figuras modélicas.
Lo que sucedió con Felipe fue muy sencillo. Fuera del ámbito fresa en el que yo me desenvolvía de chava Felipe no era tan bien apreciado. Una ex pareja me dijo en tono de sorna que Felipe era conocido por tener relaciones con sus alumnas. Recordé que un par de sus parejas más importantes de las que supe durante el tiempo que fuimos más cercanos fueron alumnas, y comencé a ver a Felipe con otros ojos.
Después de entrar al activismo de lleno, entendí que el Felipe de mi vida no aportaba una energía de cambio. Disparó energías creativas, pero para que llegaran a un puerto contenido, seguro y complaciente con las estructuras de poder. Ese es el genio del conservadurismo regiomontano: emocionarnos y hacernos llegar hasta un muro invisible.
A través de los años, las relaciones que veo que privilegió son con personas con cierto prestigio público. Lo demostró al no invitarnos al banquete de su boda a lxs miembrxs del taller que teníamos. Pudimos ver a quién sí. A mí me había pedido apoyo para solventar algunos gastos de la recepción, y yo había aceptado prestarle dinero de una cuenta de ahorros que tenía justo la cantidad que me pedía. Después ya no lo requirió. Pero a una no le cae el veinte la primera vez que se ve en el organigrama de los afectos de una persona, menos si una tiene ese descubrimiento a los 17.
No extraña que su campaña de saneamiento de su figura la haga con el apoyo de Hugo Gutiérrez, un periodista de la vieja guardia y de la escuela de El Norte. (El mismo que investigó, redactó y dio seguimiento al grueso de las notas que destruyeron a mi padre como una figura pública.)
El proyecto narrativo sobre la historia regional de Felipe no desprendía debates sobre el impacto de los sucesos en el presente. Todo paraba en el momento de afrontar. Releí esa performance de niño que tiene en cómo se presenta como escritor, y dejaba de ser atractivo en un mundo que necesitaba a sus intelectuales implicados en fomentar una conversación seria sobre el pasado y futuro de una región adolorida. Ahí yo dejé de pensar a Felipe.
Estos sedimentos de memoria se descolocaron cuando surgió el blog de Acoso en la U. Ahí se pueden leer varias constantes de la relacionalidad de Felipe que yo puedo constatar: estar rodeado de chavas mucho más jóvenes que él, enmarcar cierta caracterización de la infancia como una virtud literaria, escapar responsabilidad… Pero ese es un comportamiento tipo de alguien que no puede estar sin la admiración de quienes le rodean.
El ecosistema de un acosador
La búsqueda de afectos de una persona narcisa suele ser tácita y muy tenaz. El acosador podría decir muy pocas palabras, hacer muy pocas llamadas, pero tiene todo un escenario, narrativa y conductas montadas para lograr entrar en el mundo de sus objetos de deseo.
En el ecosistema que luego construyen los acosadores, yo raramente soy directamente acosada. Soy más bien la chica envidiosa que mira de reojo a sus compañeras al ‘ser distinguidas’ con la atención del macho alfa. La atención que yo recibo es menos sexual; es de hecho marcadamente asexual. Es como si dividieran el mundo, y también buscaran dividirnos.
Las que están en mi posición solemos estar convencidas que nuestra incomodidad es producto de baja autoestima. Eso nos dice el sistema disciplinar. Puesto que la envidia muy mal vista socialmente la escondemos y jamás es tema de conversación real.
Después de egresar de la licenciatura, cuando ya no podría haberme reprobado en mi tesis, me cayó el veinte de que mi director de tesis acosador efectivamente dañó a mis compañeras acosadas. A ellas las desacreditamos en sus intentos de decirnos las cosas. A mí no me agredió así, pero sí administró una medida disciplinar y me hizo un blanco de burla algunos momentos. A la mitad de un proceso de escritura de la tesis marcado por ansiedades ajenas al material y a mi capacidad intelectual, yo sólo alcancé a decirle que no me daba confianza el modo en el que trataba a las demás personas. Supongo que dentro de la confusión sentí que eso me estaba afectando y gracias a este abordaje logramos pasar ese bloqueo.
A pesar de que gracias a muchas maniobras mías y de mis compañeras mi asesor de tesis de licenciatura acosador creció su perfil, no me hizo una carta de recomendación para mis aplicaciones de posgrado, ni movió un dedo cuando mandé solicitud a la UNAM. A este profe le hice un pastel, le dedicábamos loas, y éramos cariñosas con él porque aprendíamos mucho. Quienes nos movemos en ámbitos académicos regiomontanos sabemos que la popularidad de un profe y que sea percibido como ‘alguien que sabe’ son vitales para escalar laboralmente.
Acostumbrada a ironizar las burlas, en aquel entonces no viví una afectación importante cuando consciente de mi interés en él me pidió que vendiera sus libros frente al salón. Reconozco a muchísimos años de distancia la intencionalidad de esa maniobrita, porque en aquel entonces no hubiera podido con la sensación de humillación. La pospuse. Ahorita él para mí no es mas que un referente y no una relación viva. Ex compañeras de la licenciatura, no obstante siguen justificando sus comportamientos: “Es que él es muy inteligente y le hartan las chavas tontas”, “ya sabes cómo es él”, “su esposa debe ser una mujer muy insensible”.
Lo que sigo afirmando en mi proceso personal y político es que esto es la norma o aspiración con los profesores -supongo que con profesoras también. En la UDEM los vi, y los veo, despreciar tácita y/o abiertamente a las ‘niñas bobas’ y distinguir a las ‘niñas listas’. Sobra decir que sus juicios no son para nada un indicador de talento académico. No todos acosan, cierto, pero una mayoría contribuyen al montaje y sostenimiento de estos significantes afectivos. A veces lo hacen en el no cuestionar o minimizar el alcance del daño del profesor.
Debo decir que como parte del clan de las ‘niñas listas’ no me interesaba mucho desmontar el prejuicio de los profes de mi universidad privada. Sin embargo, después de ser profesora de la UDEM me cayó el veinte de cómo estos personajes disciplinan su entorno para poder sentirse poderosos frente a los herederos y herederas.
Ellos, los acosadores, son hijos sanos del patriarcado. Han sido personas socialmente reconocidas. No son hombres con obras o dichos que causen gran controversia. Felipe Montes no era un hombre controvertido. Estos hombres son dóciles y complacientes con los cotos de poder local. Buscan estar ahí, amistarse con hijos, esposas y vínculos con los grandes empresarios locales. No ponen en peligro un solo nodo patriarcal. A algunos los han dejado salir sin aspavientos de sus lugares de trabajo, y ciertamente recuperarán prestigio.
En el entorno regiomontano se han montado homenajes, loas y todo mundo habla bien de ellos. En mi etapa adulta y de trabajo en las universidades puedo ver cómo celan ese coto de admiración que ellos co-construyen. El momento de quiebre se produce a partir de que las personas de su entorno descubren que al mismo tiempo de este comportamiento deseable, se han gestado y perpetuado conductas muy nocivas. Se dan cuenta de cómo este dispositivo de normalización de las conductas agresoras ya no funciona como esperan.
Claramente empieza a fallar la maquinaria que habilita el acoso impune si las agredidas deciden que no quieren seguir calladas. El primer frente de batalla es mantenernos calladas y sin comunicarnos entre nosotras. Vuelvo a mi punto inicial, sin decir pio, lo tienen dominado. Las afectadas primero superan la división que se quiso imponer entre ellas, y luego estudian qué hacer con la historia. Básicamente eso pasó con Acoso en la U, unas chavas conversaron y decidieron compartir sus historias.
Para mí hablar de una persona tan querida que es un agresor/a implica repensar las influencias de mi vida, mis modelos a seguir y mi vida afectiva. En ningún momento recordar mi historia con Felipe Montes este año fue un acontecimiento inocuo. Recordé que mi mamá habló con algún padre o madre de familia que sí decidió que su hijx no volviera a las reuniones del taller literario que tuvimos de adolescentes. Ella vio que a mí me hacía bien y a pesar de sus reservas no puso frenos. Reviví los momentos de alegría, pero también me viví como una niña muy vulnerable. Vi estas escenas como constitutivas de un universo afectivo en el que me auto alieno y que cuando permanecen sin cuestionar conducen a episodios depresivos.
Entiendo mejor la responsabilidad afectiva que tenemos las adultas con quienes son lxs jóvenes. La adolescencia me formó y trajo hasta aquí. Es por esta responsabilidad conmigo misma y con mi comunidad que escribo esto. Hubiera deseado mucho más respeto como humana de estas figuras a las que yo admiraba. Ya tengo un proceso de sanación bastante fortalecido, pero le debo mucho a ese ente colectivo y feminista con el que resuenan mis procesos.
Eso sí, definitivamente no puedo rescatarme de mi propia angustia sin asignar responsabilidad a quien no honra promesas, a quien traiciona confianza y a quien me hace un instrumento de su personalidad narcisista. Esa persona lo comunica con una sonrisa que yo le he devuelto. Lo menos que puedo hacer por mí es no devolverle la sonrisa a esa persona.
Felipe a estas alturas no me preocupa tanto. Es el chivo expiatorio del ecosistema de acoso por ser el macho más preocupado por su imagen. No puede ver que los señalamientos son producto de su cofradía de machos que se protegen a sí mismos. Éstos tácitamente llegaron el acuerdo de que él aguantara las pedradas de todos en la arena pública. Si bien el comportamiento de Felipe tiene años de sostenerse, y es aberrante, quienes buscamos que cambien los comportamientos en espacios de jerarquía no nos alimentamos con esta defenestración exclusiva de él. La expansión de la narrativa del chivo expiatorio tapa la sistematicidad del fenómeno que nos interesa que se vuelva visible.
Lo que sí me preocupa, y mucho, es el grupo de hermanos y hermanas machistas que solapan sus comportamientos y los de tantísimxs machos. Me obliga a desmarcarme respecto de la hermandad cultural que está protegiendo a Felipe Montes, aún si sustentan sus defensas con recursos baratos como entrevistas a modo o artículos mal investigados. Espero que esta pieza de escritura contribuya a desmontar ese andamiaje de la cofradía machina y pueda servir para abrazar a las víctimas. Estos intentos de hacer al victimario víctima están diseñados como granadas de fragmentación de pobre manufactura, pero eso no las hace inofensivas.
I’m super sexual but like also I’m super shy which don’t mix well
Taekie’s smile at Dukseon ❤️
In the end, fate and timing don’t just happen out of coincidence. They are products of earnest simple choices that make up miraculous moments.
Jung Hwan, Reply 1988 (via mitchays)
“I just like her. I like being with her and I almost feel like I could die when she smiles.”
Bot de colores
Nos sentamos en la mesa y mientras pedías una dos equis noté que tenías todos los colores del mundo. verde alegre lila carcajada negro libre azul mezclilla rojo bicicleta amarillo relámpago blanco quieto Qué extraño presenciar el espectro visible sobre tu cuerpo, qué extraño notarlo sólo yo y mirarte asombrada con los ojos empañados y el síntoma de desconfianza en todos mis sentidos. Mis ojos me mienten, me dije pero ahí estaban todos los colores del mundo la felicidad del rosa bonito con la energía del blanco mañana y el verde picoso luego el amarillo calcinante Todos los colores sobre tu cuerpo y el mundo sin notarlo.
- Alejandra Arévalo