“¡No! N—no de ese tipo, no así…” Se apresuró a decir mientras fue una curvatura tan curiosa como delicada la que adornó el semblante. “Mierda.” Imprecó en susurro bajito, palabra que anuncia como pierde batalla y él gana. “Es como cuando fantaseas que alguien, por alguna razón, se va de tu vida o fallece. Y tú imaginas cómo sería tu vida sin él o ella, si te afecta que no esté, si te pondrías triste o feliz. De ese tipo.” Elucidó por fin cuando sintió la necesidad de descartar ideas erróneas, raciocinio descabellado sobre lengua foránea ofreciendo la libertad para ello. “Eres más oscuro que yo… ¿Estas contento?” Cuestiona sin realmente esperar repuesta, con tintes de gracia salpicando sobre su sinhueso, como una clase de reproche por animarla a quebrantar su promesa, por emitir las palabras justas que necesitaba para exponer lo que quería resguardar en secreto. “Yo no hago eso, y no te mentí… no querer contarte algo no es mentir.” Excusa quizá un tanto desabrida para la circunstancia, incluso hasta infantil, mas no echaba culpas al muchacho, pero no podía evitar reconocer que la persistencia masculina sólo la atontaba hasta despojar palabras de sus labios. Continuamente, sus dígitos ascienden hacía astas en hebras, acomodándolas, gesto que despliega la vergüenza propia y ayuda a obviar el cosquilleo en estomago que ocasionó el chico. Mordió su labio inferior sutilmente, reprimiendo carcajada en eso que se encuentra con la jovialidad en el mirar foráneo. “Tienes razón, aunque podría ir por ese camino aún así…” Promesas dichas desde una broma taimada porque, al fin de cuentas, aquel había sido el propósito de la amistad que la vistió de pies a cabeza, es entonces cuando se sorprende de cómo tan sencillamente las palabras oídas horas antes se habían vuelto realidad. “No, tú fuiste el que me dio esa impresión — la de que no querías pecar solo.” Encoge ambos hombros en un vago intento de descartar toda relevancia, quiere pretender que la cuestión no causó gracia o hizo que lo rosáceo en sus mejillas se intensificará. “Eso explica bastante.” Hace una pausa, brazos caen al costado de sus caderas (hasta entonces habían estado jugueteando con la tiara rojiza), se empapa con la amenidad e ironía que envuelve de pronto su figura. No obstante, su sonrisa se vuelve fantasma cuando finge que una revelación acaba de centellar en fauces opuestos, ofreciendo pasmo. “Oh,” Omóplatos chocan con la pared suavemente, en eso que su cuerpo se había dejado caer. “¿quién lo diría? No te animas. Quizá el cobarde eres tú.” Y la alusión de desafío conquistó su voz, de la misma manera que lo había hecho antes con la impropia.
Comprendió cuáles eran las ideas de la muchacha ahora que se lo explicaba de aquella manera, entendía que más que un deseo se trataba de una especie de ensoñación, nada similar a lo que su mente había interpretado. “Entiendo, mi mente ha exagerado tus niveles de maldad. Pero, ¿entonces fantaseas con ver a alguien morir o sólo imaginas cómo sería si sucediera?” la curiosidad lo invadió una vez más, mientras menos específicas eran las respuestas ajenas, más deseos tenía de conocer lo que ella le ocultaba, y quizá para el final de la noche descubriría que sus expectativas iban mucho más allá de lo que ella le podía dar. “Me mentiste al responderme que no eres un ángel a diario y has hecho tu excepción el día de hoy" le recordó. “A menos que ese tartamudeo al decir tu respuesta haya sido debido a otros motivos, ¿acaso te pongo nerviosa?” optó por creer en la alternativa, aunque no creía que los nervios que podría despertar en la contraria se debieran a algo distinto a que había hecho un claro hincapié en el vestuario revelador que había elegido para aquella noche. Era fácil leerla, o eso era lo que podía pensar con las pocas herramientas que le eran brindadas en esa noche de anonimato; la manera en que su voz no se mostraba firme al ofrecer ciertas respuestas o esa costumbre de morderse el labio inferior para reír con mayor disimulo, que siempre lograba que su mirada fuese a parar sobre ellos. “En mi caso, no lo creo. En el tuyo... yo diría que estás vestida para incitar al pecado” si era un halago o un deseo por despertar los nervios o la vergüenza ajena otra vez, ni siquiera él era capaz de saberlo con certeza. Probablemente se tratara de una combinación de ambas cosas. “Lo que no quería era pecar sin las famosas tentaciones que, según dicen, tú repartes por el mundo” la evaluó con un brillo de diversión en la mirada, a sabiendas de que la estaba poniendo en una situación complicada. “Te falta poder de convicción” criticó, pues ya se había resistido a hacer una de las cosas que le habían sido encomendadas por ella. “Pero vas mejorando” admitió, la provocación y el desafío que representaban las palabras ajenas resultaban motivo de diversión para el ninja más famoso de los videojuegos. Avanzó un paso hacia ella, y luego otro, aprovechando que la posición ajena favorecía a la cercanía que buscaba crear. “Sólo creo que las maneras de hacerte feliz son un poco... asquerosas” entrecerró los ojos, curvando los labios en una tenue e invisible sonrisa. “Pídeme otra cosa.”