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—Eres repetitiva —espetó, sin obtener respuestas de su parte—. No es necesario que te bebas el vaso de agua si vas a volver a llenarlo con tus propias lágrimas.
El impulso de querer decir no me olvides a un momento entre los que transcurren todavía desde el último día entre tus brazos. La seguridad se filtra en el flash de tu rostro entre escenas que bailan en mi cabeza. Así es como se me va la vida extrañándote. Así es como pago los pecados perdidos de amoríos y amores. El único, el más avasallador, el que jura aferrarse a mis muñecas para sepultarme entre recuerdos melancólicos.
Parece casualidad —incluso si las creo absurdas— que mis ojos den precisamente con la imagen que conmemora la incoherente sensación de dibujarlo como un descabellado recuerdo romántico. Precisamente porque carece de sentido válido para que insista en prendarme de su particular sonrisa. Los hoyuelos bailándole en las mejillas, su mandíbula luce particularmente centrada en lo jocoso de su boca. Intento parpadear cuando el ardor de mis ojos anuncia que están por secarse, y sin embargo lo exigente de mi acción me angustia el vientre, porque cuando vuelvo a enfocar el color, la escena desaparece de mi rango de visión. Presiono los labios en plena crisis de molestia, un milisegundo antes de que la alegría me golpee las comisuras, avisando la prohibición tachada de un desplante. Es un enfado autoimpuesto, un indicio de advertencia para el estado incipiente de enamoramiento, justo a principios de la atracción superflua.
Hay más o menos cien pasos de un extremo a otro, de un sólo vistazo se deduce que las zancadas no alcanzan a cerrar el espacio entre la disculpa y el perdón. Por órdenes ajenas y carentes de indulgencia al dolor desprendiéndose por mis vértices, de piquete cosquilleando la amenaza de hacerme daño pronto, tan pronto que las palabras prometen lo que mi futuro adelanta por pequeños destellos abrazados a mis pantorrillas. En las tragedias no existen pausas, se surte la escena de una continuidad poco misericordiosa y una sentencia ofensiva por la que nadie osa escatimar la cantidad de poder destructivo.
Premisas cortas. Por escrito y por verbo se me anula el derecho a la dicha. Por escrito la instrucción contempla cada paso en una misma dirección, el equilibrio de las energías por acción, los pecados se pagan frente a un altar donde finalmente cedo a doblegar las rodillas, el cuerpecito encogido, tan cabizbaja que el color de los ojos se funde con los machones borrosos del oscuro de mi cabello. Pienso, con las lágrimas queriendo abrir las puertas de par en par, que el bullicio no consigue distinguir las palabras, pero sí la intención. Por verbo, de uno en uno los insultos van dejando una retorcida estela que me pisa los talones.
Desde mañana hasta el final de mis días. Los sueños se desglosan y exponen pesadillas camufladas, mentiras encubiertas. La cajita se destapa y me caen los males en la espalda, los fantasmas de peso muerto se empeñan en mantenerme de rodillas al piso, cerca del fuego kilómetros por debajo del subsuelo. Ya no puedo hablar, me hallo enmudecida de impotencia, todavía dispuesta a aceptar por resignación. Alzo la diestra para persignarme la frente, la boca y de vuelta a acaparar el gesto común de la misma cruz en el pecho y donde más duele. Torcido hacia la izquierda yace el corazón roto.
H.D., from poem [5] in “Red Rose and a Beggar”, Hermetic Definition
[Text ID: “why must I write? you would not care for this, but She draws the veil aside,
unbinds my eyes, commands, write, write or die.”]
A la escurridiza hadita que insiste en alimentar mi corazón, el motor del hambre, con sus conjuros de polvitos mágicos al final de las pupilas, con la piel tostada cual florecita de montaña y me deja ansiando un festín de amor […]
Evalúo el mismo concepto cosido a mis vértices desde el día cero hasta mi adultez, porque hoy bordeo los veintidós años y trastabillo por encima de posibilidades disfrazadas cautelosamente en compromisos. En mi visión periférica no hay control, las decisiones son un fundamento producido por una mano superior, mi destino ya no me pertenece (no realmente).
Tiene que ser uno de esos días —generalmente un domingo— en los que no importa ni el significado de mi nombre. La jornada laboral del lunes cae hacia el fondo de una lista de prioridades forzadas desde una absurda sensación de incomodidad con la existencia misma. Es mejor pasarlo en cama, fingiendo que, por consecuencia, no existo. Que me he mimetizado de alguna manera con el mullido mueble y que afuera el mundo no es mucho mejor de lo que me encara en mi habitación. De todas formas los colores lucen del mismo modo en cada rincón del universo.
Tiene que ser una de esas tardes —después de decidir no comer— donde mi propio Pepe Grillo (al que he nombrado “Maldición”) me anuncia a piquetes como alarmas que quizá me vendría bien poner un pie fuera de la puerta de entrada y adentrarme en caminatas bajo un sol que ya no es capaz de brindarme calor ni siquiera sin telas cubriéndome los brazos. No me apetece, sin embargo, bañarme en el aroma a melocotón de mi perfume. Vestirme es una idea mucho menos atractiva.
Tiene que ser una de esas horas —antes de que oscurezca—, cuando los panoramas no son más que molestias que deja la deriva, cuando la fatiga no cede ni a mis platillos favoritos (anuncio una pieza de sushi y una de chocolate), rechazando incluso la tentativa de la milagrosa taza de té para levantarme el espíritu. A las nueve los nervios me aplastan la cabeza a punta de jaquecas y lo único que los mantiene a raya es el humo tóxico acaparando cada uno de los espacios de mi cuarto. El cigarrillo consume los vacíos a mi alrededor y, desee o no, también se lleva una parte de mi salud que me asegura de una u otra manera que la vida se me acaba antes de tiempo.
“I could live almost completely in imagination.”
— Louise Glück, from The Destination in “Poems 1962-2012″
¿Por qué me cuesta tanto aceptar el presente, tomar cada instante como una simple manzana: sin cortarla ni desmenuzarla para descubrir una razón, ni colocarla en una estantería junto a otras manzanas para sopesar su valor, ni intentar preservarla en conserva y terminar llorando desconsolada al descubrir que se pone marrón y deja de ser la manzana maravillosa que me dieron por la mañana?
La costumbre siempre ha sido ver espaldas tiesas donde apunto los ojos, luceritos cargados del mismo azul turbio separado de su rojo furioso. Sé que las fórmulas físicas son incapaces de concretar la mecánica de un corazón roto, es un libro diferente, las letras borrascosas y sedimentadas de la angustia de una niña antes que yo.
Para mí hay alabanzas girando a punta de pies, reconozco la voz suave entre pensamientos, con la cabeza bajo el agua y segundos que tropiezan cuando los pulmones exigen oxígeno a través de mi incapacidad de otorgarles una libertad que no he conocido. Después, en minutos camuflados de años, hay etapas, con pasitos menesterosos e impulsados de la pura gracia divina que es que un sistema interno obligue al cuerpo a luchar para sobrevivir, el reflejo de asesinar a ese que te roba la sangre y la malgasta en un suelo álgido. Es mi suposición del motivo, porque moverse es lo más sencillo.
[...] dos fuerzas en pugna: ¿para matar? ¿Para alcanzar la oscura llama del olvido? ¿Para perder la identidad? No es exactamente amor, es más bien otra cosa: un hedonismo refinado. Hedonismo, porque es un lamer, besar, tocar, ciegos, en busca de la satisfacción física. Refinado, por el deseo de estimular al otro, porque no nos importa únicamente, aunque sí principalmente, nuestra propia satisfacción. Una forma fácil de poner punto y final a las discusiones con la boca: la unión de dos bocas cálidas, dos lenguas estremecidas lamiéndose, saboreándose.
Ha llegado un momento en que todas tus salidas están bloqueadas, como si las hubieran taponado con cera. Estás en tu habitación, sientes una ansiedad que recorre todo tu cuerpo, te oprime la garganta y colma peligrosamente las bolsitas de lágrimas en tus ojos. Bastará una palabra, un gesto, para que todo lo que reprimes (resentimientos enconados, celos gangrenados, deseos superfluos —e insatisfechos—), todo, estalle convertido en un llanto desesperado, en sollozos lastimeros y berrinches contra nadie en particular.
“Men have used her meanly. She will eat them. Eat them, eat them, eat them in the end.”
— Sylvia Plath, from Three Women in “The Collected Poems Of Sylvia Plath”
Te extraño, niñita. Cuándo te volveré a ver.
Ya sabes dónde encontrarme.
Puedes besar a la esposa de alguien y salirte con la tuya, puedes besar a un miembro de tu mismo sexo con absoluta impunidad, puedes dar un beso incestuoso a escondidas de vez en cuando o intercambiar éxtasis con ratas de laboratorio pero, cariño, no puedes besar a la muerte sin que la muerte te devuelva el beso. Es que la muerte es un apasionado besador y te muerde los labios, incluso lo hace con la lengua, deja un poco de sabor a sangre como un presagio de lo que vendrá y no acaba ahí. Si tuviera que besarte entre las piernas seguramente verías también un poco de sangre sobre ellas y pensarías que tu período estaría llegando temprano pero no sería tu menstruación, sería tu ruina. Una cabeza de muerte con tu clítoris en la boca. La muerte te estaría odiando y a su vez te estaría amando. ¿Lo amarías también? Adelante. No está necesitado pero disfruta de la intimidad, sólo desliza tu cara en la suya. Hazle sentir la calidez de tus labios sobre su rostro inerte, las cosquillas de tus pestañas vívidas en sus zócalos vacíos. Un día también va a poner su cara en la tuya y experimentarás otro tipo de intimidad, una donde estará dentro de ti, como un amante. Te besará desde dentro y se sentirá como un escalofrío volviendo añicos tus huesos, removiendo tu columna vertebral y acabando contigo en silencio. Te llevará a su cama de lombrices y cuando seas un polvo horrible, seguirá siendo fiel a ti. Es que es la muerte, y cuando te ama, es para siempre.
(...) y yo que pensé que volvería a encontrarte en la biblioteca, lanzándote entre letras de esos libros de páginas gastadas, amarillentas, con olorcillo a pegamento y vejez porque hay tantos que quieres devorar pero tan poco tiempo. O quizás de un lado a otro, correteando con la guitarra en la espalda y el estrés en los hombros junto a la taza de café grapada a la mano. Mira que no pensé verte tan pronto, yo que pienso tanto, y entre supuestos me entretengo. Luego de girar en la esquina y mirar por undécima vez la nubecita ennegrecida que me vuelve una miedica, bajé la vista y te encontré. Tú, en tu mundo, haciéndole cosquillas al gato quisquilloso de la señora del quiosco en la barriga, con el pelo revuelto y los ojitos avellanados escondidos en esa sonrisa que me gusta tanto. Entonces yo me acerqué, de puntillas, antes de rodar los ojos ante el cuchicheo de las muchachas de iglesia y sus miraditas por encima del hombro. Anda que pestañeé rapidito cuando llamaste mi nombre. Estoy segura que habría querido hacerme la loca, silbar un poquito y jugar a la indiferente, así como siempre.