Cuando hablo con ciertas personas, me imagino lamiendo su cerebro.
A esos que me preguntan ¿cómo estás? y se quedan a esperar mi respuesta. Y me escuchan con los ojos, los oídos, la boca, las manos, el cuerpo.
A esos que cuando me miran, me miran. No esos que posan su mirada sorda sobre la mía mientras piensan que van a comer más tarde.
A esos que sin necesidad de preámbulos ni rodeos que solo dan mareo, me cuentan lo que soñaron anoche porque entienden que los sueños son pensamientos encriptados que intentamos ocultar bajo la alfombra cuando estamos despiertos.
A esos con humor inteligente, sarcasmo prudente, mal pensados acertados.
A esos que dedican una hora de la semana a tomarse un café y quejarse de todo y de todos: su trabajo de mierda, su jefe hijo de puta, la injusticia, la política, la rutina, los impuestos, sus papás, la sociedad, el amor, el desamor… y terminan su café, apagan su cigarrillo, se ríen a carcajadas como si la vida fuera una comedia de mal gusto y se van a seguir viviendo.
A esos que andan por ahí apasionados, locos y sueltos, que prefieren masticar toda la vida antes que tragar entero, esos que son tan detallistas que leen mis gestos y cuando estoy mintiendo sonríen, y sé que me descubrieron.
A esos que mientras hablan sobre la muerte de las estrellas fugaces, la vida de las mantarrayas, los dioses de La India, sus recuerdos de infancia, las crónicas del amor y otras muertes anunciadas, y yo los miro con la mirada perdida saben que los estoy escuchando y al mismo tiempo fantaseando con lamerles el cerebro. Y sonríen y sé que me descubrieron.