Eres mi guerra y mi paz, y cada latido contigo es un incendio que no pide permiso. Te siento en la piel antes que en la razón, en el temblor que recorre mis costillas y se detiene donde tu nombre resuena como un suspiro secreto. Eres la fuerza que me sacude, el filo que corta y abre, pero también eres la calma que me sostiene cuando todo se deshace a mi alrededor. No hay punto medio: cada roce tuyo es eléctrico, cada silencio tuyo es un universo donde mi respiración se confunde con la tuya y el tiempo deja de existir.
Contigo, amar es un acto de supervivencia y de entrega simultáneos. Te busco en cada sombra, en cada espacio entre mis dedos, en los rincones donde nadie más ha osado quedarse. Y cuando te encuentro, no hay palabras que alcancen: hay un temblor, un roce, un instante donde el cuerpo habla un idioma que siempre supo pero que solo tú escuchas. Eres mi guerra porque despiertas mis miedos, mis obsesiones, mi deseo de perderme y no querer regresar. Eres mi paz porque me dejas caer en tu abrazo, me permites llorar sin juicio, me enseñas que rendirse a alguien puede ser un acto de poder, no de debilidad.
Y hay noches donde todo lo que hacemos no necesita nombre. No hay promesas, no hay futuro, solo un encuentro que arde y respira, un roce que se convierte en lengua, una mirada que es refugio y alerta al mismo tiempo. Me atraviesas y me sostienes, me incendias y me calmas, y yo aprendo que no hay otra manera de amarte que así: con todo el cuerpo, con cada suspiro, con cada vértigo que nos arrastra sin aviso.
Eres mi guerra y mi paz, y en esa dualidad encuentro lo que vale: la belleza de lo imposible, el riesgo de lo inevitable, la certeza de que lo que sentimos no puede ni debe ser domesticado. No hay cuidado suficiente para contenernos, ni razón que nos explique, solo esta llama que nos consume y nos protege, que nos desarma y nos reconstruye, que nos hace temblar y suspirar, hasta entender que el amor más intenso es siempre inflamable.