Era probable que una marca horizontal se estuviera formando en el dorso del americano, que llevaba casi treinta minutos recargado contra uno de los escalones de la productora habiendo olvidado cualquier noción del tiempo. Y es que el libro que leía había logrado su cometido, ensimismarlo hasta el punto de crear una burbuja entre él y ese entorno que a veces lo lograba exceder. Sin embargo, con un sonido su atención se dividió entre las letras frente así (porque su mirada no había viajado hasta el objeto victima de la gravedad) y la persona a unos metros que, según lo que escuchó, no había notado que aquello había sucedido:— Eh, eh, se te cayó algo —indicó, para luego mirar a quien se estaba dirigiendo.
Con los oídos que aún le retumbaban levemente, la castaña acababa de salir de su clase de bajo del día. Se la había pasado sentada al lado del amplificador, era por eso que sus oídos ahora la castigaban. Bajaba las escaleras hacia el primer piso con la esperanza de tomarse un descanso antes de ... hacer lo que tuviera que hacer después. Llegando al segundo tramo de las escaleras se encontró con la figura de su compañero y amigo hacía ya algunos años. Se detuvo un escalón más arriba de dónde él se encontraba, esperando que él notara su presencia. Sin tener éxito, dejó caer sonoramente las partituras que llevaba en su mano, con la esperanza de que eso despertara al morocho de su ensueño--Ese algo son tus partituras, tarado--Replicó a la vez que las recogía y se sentaba a su lado.









