Escribo esto para no olvidar cómo me sentí el día en que decidí irme.
Porque tengo miedo de que el tiempo suavice las cosas. Tengo miedo de romantizar el dolor. De convencerme algún día de que no fue tan grave. Y no. Sí dolió. Sí me rompió.
Recuerdo perfectamente aquel viaje en bus. Iba sentada junto a un desconocido mientras intentaba contarle, entre lágrimas y silencios incómodos, todo lo que había pasado. Y mientras hablaba, me daba cuenta de algo absurdo: todavía no podía creer que alguien pudiera ser tan cruel con una persona que decía querer.
Le conté cómo no parabas de echarme. Cómo cada discusión terminaba en un “¿por qué no te vas?”, “¿por qué no sales?”. Pero también terminaba igual, con esas frases que todavía me persiguen: “siempre hablas así”, “siempre respondes así”, como si mi manera de defenderme después de sentirme atacada fuera el verdadero problema y no todo lo que me estaba llevando a reaccionar de esa forma.
Le conté que ni siquiera tuviste la mínima consideración de ayudarme a bajar una maleta. No por obligación. No por amor. Simplemente por humanidad.
Y fue extraño.
Porque ese desconocido, alguien que no me debía nada, tuvo más empatía conmigo en unas horas que tú en mucho tiempo.
Recuerdo que me miró mientras yo intentaba secarme las lágrimas y dijo:
“No puedo creer que ese man sea tan tonto. No puedo creer todo lo que se perdió contigo.”
Y luego empezó a describirme como si estuviera viendo algo que yo ya había olvidado en mí. Me dijo que tenía una luz bonita, que era carismática, que transmitía una energía linda. Y yo solo pensaba en cómo una persona que apenas me conocía podía tratarme con más suavidad que alguien que decía amarme.
También me dijo que cuando el bus parara no iba a dejar que cargara la maleta sola. Que él la llevaba.
Y puede sonar insignificante, pero a mí me apachurró el corazón.
Porque entendí algo muy triste esa tarde: yo no era difícil de querer. Solo estaba intentando florecer en un lugar donde todo en mí era visto como un problema.
Tú decías que yo no sabía comunicarme.
Pero, ¿cómo iba a hacerlo si cada palabra que decía terminaba siendo usada en mi contra? ¿Cómo iba a abrirme contigo si vivía sintiendo que caminaba sobre cáscaras de huevo? Tenía miedo de hablar, miedo de incomodarte, miedo de reaccionar mal, miedo de existir demasiado.
Y aun así, tú sigues diciendo que no fuiste cruel.
Tal vez en tu cabeza no lo fuiste. Tal vez esa es tu verdad. Pero sigue doliéndome escucharlo porque significa que todavía no eres consciente del daño que me hiciste. En tu historia, yo soy la exagerada. La víctima falsa. La que “no sabe comunicarse”.
Y lo más triste es que yo sí intenté.
Me rompí en mil pedazos intentando ser alguien fácil para ti. Intenté no incomodarte. Intenté gustarte de la manera en que tú necesitabas ser querido. Te di palabras dulces porque dijiste que te gustaban. Te di cariño incluso cuando yo también estaba rota. Hasta los besos los cuestionaba, intentando entender qué versión de mí era suficiente para que no te alejaras.
Y me da rabia recordar todo lo que prometimos hacer juntos. Ir a comer. Ir al cine. Salir. Tener una relación bonita. Habíamos hecho acuerdos tan simples y aun así nunca los cumplimos. Nunca pasó.
Todo terminó convirtiéndose en tensión, en distancia, en heridas.
Y quiero escribir esto para no olvidar cómo me hiciste sentir pequeña. Cómo me hiciste sentir difícil de amar. Cómo convertiste mi presencia en un problema constante.
Porque ahora vuelves con palabras bonitas. Con “te extraño”. Con disculpas que suenan vacías. Como si unas cuantas palabras pudieran borrar todas las veces que me hiciste sentir insuficiente.
Y quizás sí estés arrepentido. No lo sé.
Pero siento que todavía no entiendes realmente lo que me hiciste vivir.
Aunque también trato de comprenderte.
Porque creo que ambos éramos personas rotas intentando amarse desde los traumas. Y a veces el amor no alcanza cuando dos personas no saben cómo dejar de herirse. A veces querer no significa poder.
Tal vez por eso nunca funcionó estar juntos.
Y hay una parte triste de mí que piensa que, si algún día vuelvo a verte, quizás lo único que podríamos ser es eso que siempre fuimos al principio: dos personas que se encuentran un rato, se abrazan un poco, se hacen compañía unas horas… y luego cada quien se va por su lado.
Porque amarnos, en cambio, siempre terminó destruyéndonos.












