Eres muy dulce — me susurro al oído — Eres la persona más bella que conocido... — terminó de decir. Me sonroje mucho; mientras me veía al espejo, mi cara parecía el propio ocaso; casi tan perfecta y llena de arte como la destrucción.
Me volteé, agarré mi vestido largo y rojo, que con su suave tacto de seda rasguñaba mis pensamientos. Me vestí, me coloque primero mi ropa interior, desfile de la esquina de mi cuarto hasta besar el espejo; levanté los tirantes del vestido alzando mis brazos, y dejé que el fino vestido erizara mi pálida piel. Cayó, cayeron los bordes hasta tocar el suelo para arrastrarse cada que desfilara. — Eres preciosa, cielo... — me dijo totalmente de frente. — Ni Helena entre las vivas mujeres podría compararse contigo —
Levanté la caja azul del suelo, la destape y saque las grandes zapatillas negras, me las puse y volví a mostrarle mi vanidad al espejo, me acerque y lo besé, — Sé cuanto deseas estar acá, sé cuánto deseas quedarte, llevarme y tenerme — le dije de forma antipática, era totalmente apoteosica, era yo sólo por carne.
— Brindame ti... Dame tu mano, reina —
Salí en carro a aquel evento ya perdido, aquel evento donde su meta fue incierta, donde la meta de la carretera no llegaba, aquellas vías que proclamaban el añoro de aquel evento; la boda de la muerte y mi vida.
— Esa propuesta de matrimonio no fue la mejor —
— Lo sé, reina. Pero ahora te tengo entre mis brazos —
— Gracias por eso — y me besó... en medio de todo y de la nada, en medio del frío y del calor, del día y la noche, del cielo y el infierno; en medio del odio y del amor; donde en medio entre él y yo, nacía el sol y la luna; nacía otra razón (de esperanza).