¡Niñita, no!
De repente he logrado notar un detalle en mi sobrina. Cuando está completamente metida en su mundo de juego y hace una pequeña locura (usualmente nada terrible), debido al griterío con el que manifiesta su felicidad infantil alguien llega a regañarla; a veces son otros en mi familia, y a veces puedo ser yo mismo, pero siempre hay una reprensión fuerte: “¡Niñita, no!”. Ella se detiene y nos mira con una expresión horrible, mezcla de impotencia, decepción, confusión e incredulidad; y luego sale corriendo a cualquier habitación donde se refugia entre lágrimas.
Lo noté hace muy poco, en realidad. Es así como siempre se han corregido los niños en mi familia, y eso que cuando yo era niño se usaba también un rejo, así que no le veía nada raro. Sin embargo, darme cuenta de esa expresión me hizo recordar cómo era sentir eso, cuando yo era niño y pensaba: “¿Por qué los adultos no pueden entenderme?”, con una frustración inimaginable.
Por un instante me siento muy culpable. Me gusta presumir de mi eterna infancia, que me resisto a abandonar; ¡pero he sido el adulto aguafiestas para una verdadera niña desde hace ya un par de años sin darme cuenta! La vergüenza en embargó cuando hice el descubrimiento. Me he convertido en aquello que juré evitar. Soy un maldito adulto amargado. Ella pronto volverá a querer jugar algo, el instante de culpa habrá pasado, y yo, irritado, seguramente vuelva a gritar: “¡Niñita, no!”.














