Tienes que admitir que cuando estás más enfocado en no llegar tarde a la escuela, prestas menos atención a lo que hay a tu alrededor por más veces que hayas recorrido el mismo camino. Tu cerebro se programa, ya conoces cada uno de los árboles, los autos estacionados a esa hora de la mañana, incluso las grietas sobre la banqueta.
Entonces, siendo una programación tan conductual y común, no te sorprenderá cuando te diga que he ignorado la misma bolsa durante días, me atrevo a decir, que meses.
Todo comenzó una mañana. Salí de mi casa camino a la universidad, era un camino corto. Después de varios semestres tomando la misma ruta a casi la misma hora, resultaba placentero, incluso relajante, sentir como cada día el camino se volvía más corto. Faltaban unas cuantas cuadras para llegar a la entrada principal cuando por el rabillo del ojo me percaté de un bulto debajo de un arbusto mal cortado.
No voltee completamente, pero mi cerebro registró ese objeto extraño solo para asegurarme de que no presentaba un peligro. Mi curiosidad fue tanta que me detuve unos cuantos pasos antes de que estuviera completamente frente a mi. Incliné la cabeza y enfoqué la vista en aquella superficie plástica. Era una bolsa, pero no de basura, parecía una típica bolsa moderna que se ven en las tiendas ostentosas con un diseño cuestionable. Brillaba con los primeros rayos del sol. Estaba completamente fuera de lugar debajo de esos arbustos.
Pensé dos veces en tomarla. No estaba sucia o rota, pero el que estuviera tan descuidadamente ubicada bajo un sitio tan al alcance de cualquier persona, me resultaba sospechoso. Revisé la hora y me fui. Durante el día, el suceso de la bolsa me fue tan irrelevante que no me lo cuestioné, ni siquiera se me ocurrió comentarlo como una anécdota curiosa.
No fue hasta el día siguiente que la volví a ver. Era extraño, puesto que el arbusto y el césped que el día anterior se encontraban crecidos y descuidados habían sufrido mantenimiento, provocando que la bolsa quedara aun más hacia la vista de todo el que pasara por esa banqueta. ¿No debieron haberla recogido?
Me acerqué nuevamente. Mi memoria me estaba jugando trucos. Podía apostar todo mi salario a que la posición de la bolsa era exactamente igual a la del día anterior. Era imposible que no haya sido movida si la malesa debajo de esta también había sido podada. Este objeto inerte comenzaba a cuestionar mi sanidad. ¿Debería tomarla? Esta vez me lo pregunté más veces que el día anterior. Revisé mi reloj, y me fui.
Durante el día, tuve dificultades para concentrarme, mi mente seguía llevándome a esa bolsa negra que reposaba bajo los arbustos. No podía dejar que una curiosidad espontánea se apoderara de mí.
Pasaron semanas, estaciones, vacaciones y la mentada bolsa seguía ahí. Comenzaba a cuestionar mi habilidad de percepción. Quizá era una piedra, quizá era basura. Quizá era la única persona que se daba cuenta de esa bolsa.
Un día me levanté más temprano de lo normal, caminaba a paso rápido, ansiosa de tener tiempo extra de poder inspeccionar la bolsa. Me acerqué al arbusto y para mi sorpresa ya no estaba. Me maldije, justo en el día en que puedo darme el lujo de jugar al detective, alguien había arrebatado mi pista principal. Miré a los lados, tratando de encontrar a quién pudiera darme un indicio del paradero de la bolsa. Podría fingir que era mía y la había perdido.
Era aun muy temprano, la mayoría de las personas aun no comenzaban su circulación habitual. Decidí esperar a cualquier peatón para preguntarle de la bolsa. No podía ser la única que se hubiera percatado de ella.
A lo lejos, divisé a un hombre alto, vestido de gabardina y sombrero. Caminaba a paso lento, sosteniendo una bolsa negra. Indiscretamente lo observé de reojo mientras fingía revisar algo en mi celular.
Él se acercó al sitio frente al arbusto. Voltee a verlo y cruzamos miradas. Sentí como mis piernas comenzaban a temblar mientras una descarga de adrenalina se esparcía por mi cuerpo. Algo no estaba bien con ese hombre, era anormalmente alto, su piel pálida parecía echa de papel, sus ojos estaban hundidos y la sonrisa que me dedicó levantaba sus pómulos de un modo imposible. Su rostro se estiraba como una caricatura mal animada. Me sostuvo la mirada todo el tiempo. Quería que lo viera.
Colocó la bolsa debajo de los arbustos, la abrió y comenzó a meter los pies, luego las rodillas, luego la cadera, el torso, los hombros. Se doblaba como si la bolsa no tuviera fondo. Su sonrisa se mantuvo todo el tiempo.
—No seas tímida, levántame— me dijo, con una voz profunda. —Algún día me llevarás contigo.
Finalmente su cabeza se perdió dentro del plástico negro. El cierre se cerró lentamente y después de unos cuantos tumbos, la bolsa se acomodó en el mismo lugar en donde había estado desde hace un mes.
No volví a tomar esa ruta a la universidad.