A lo largo de los siglos ha habido dos grandes concepciones de la historia: la primera de ellas es la concepción circular, es decir, así como el círculo no tiene comienzo ni fin, no se sabe dónde comienza y dónde concluye, así también era la historia humana para los antiguos, como los griegos, que pensaban que la historia era cíclica y se iban repitiendo los acontecimientos a lo largo de los siglos. Esta idea fue retomada por Nietzsche en el siglo XIX, el cual habló del "eterno retorno", que es la misma visión circular de la historia.
La concepción judeocristiana de la historia no es circular, sino que es lineal, es decir, la historia tiene un comienzo, un medio y un final. El comienzo sería la creación de los ángeles y de los hombres que abren el ciclo histórico, en medio la encarnación del verbo, no en sentido estrictamente cronológico, pero sí entendido como un gran acontecimiento que separa la historia en un "antes" y un "después", y el fin, donde se profetiza la vuelta de Cristo.
Más tarde, esa concepción judeocristiana de la historia mantuvo su horizontalidad, pero le fueron negadas todas las virtudes relacionadas con la fe, en el iluminismo, de Kant a Hegel, que entendía la historia como algo horizontal, pero negaba que hubiese un fin de la historia, y hablaba de un progreso indefinido, lo cual facilitaba el camino para el naciente capitalismo. Es decir, la historia progresa necesariamente sin que concluya jamás, sin dar comienzo a la eternidad.
Cuando Nietzsche retoma el tema del eterno retorno, lo hace partiendo de Platón y Aristóteles, pero además y principalmente de Anaximandro, quien decía que el verdadero ser lo constitute el infinito, es decir, lo indeterminado. Luego, por oposición, aquello que se puede determinar no es infinito, y necesariamente tendría un principio y un final.
Ahora bien, en toda la extensión de la palabra, la cultura es un ser viviente. Como tal, hay todo un proceso entre el nacimiento y la muerte, que es importante entender para evitar caer en un "bucle histórico".¿Cómo se hace eso? Pues aprendiendo de la historia para no repetirla.
Si tenemos fiebre, dolor de cabeza, dolor muscular, fatiga, tos, congestión o escurrimiento nasal, lo más probable es que tengamos un resfriado común. ¿Y cómo lo sabemos? Pues lo sabemos porque existe un historial, un antecedente del comportamiento del virus cuando fagocita al cuerpo humano.
El Kali Yuga se dice que inicia 600 años antes de Cristo. Tener conciencia de ello, como cuando se está enfermo, nos sirve para reconsiderar cuáles son los elementos propios con los cuales, de manera individual, podemos dar respuesta a aquellas cuestiones que ponen en peligro nuestra cultura. Y para ello, es necesario seguir los remedios que ya fueron utilizados por los antiguos.
Se dice que aquello que constituye la caída, ya de un individuo o de una cultura, debe servir para la elevación. En el tantra pre-védico de la India se decía lo mismo, es decir, que aquello con lo cual un individo cayó, debe poder servirle en algún momento para levantarse. Al respecto, Heráclito de Éfeso decía que "el camino para subir y bajar es el mismo". Esto, en la antigua disciplina oriental, es el wu wei, que es la no acción, y no es lo mismo no actuar que no hacer nada.
Decía Aldous Huxley que "quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia". Esto pone de manifiesto una realidad, y es que nuestra actual concepción de la historia sólo puede darnos una idea acerca del problema, pero nos imposibilita para dar con una solución. Y mientras descubrimos el problema, "el virus" que amenaza nuestra cultura, avanza a pasos agigantados para imponer el Nuevo Orden que le es más propicio para alimentarse del huésped que ha fagocitado.