Apólogo
(Ignacio Alcocer Cordero, julio de 2025) No, no un apólogo, no un versador aliterante ni un ornamentista aplaudible, no un clarividente de loas, ni aval de manierismos, si bien emancipador de glosas, un vengador de facundias, de claustrofilias benevolentes y sombras trogloditas, rapsoda de lo cotidiano, de lo bucólico, cronista de asonancias y compositor concreto por necesidad más que oficio, obnubilación mas que cánon, y humanidad más que designio; un bestiario de certezas, huésped de lo no acontecido por sed más que academia, y eclosión más que instructo.
No, no lirista, no un cronista de colmillos ajenos, no malabarista de confituras, ni visitante asiduo de lo victorioso; si bien polígrafo de lo inquieto, madriguera de células imaginantes, de protagónicos foráneos, embalsamador de identidades, de manifiestos, flaneurista de eudemonismos, de discernimientos no entronados, actor vitalicio de ceremonias hieráticas, de resonancias óhmicas y ascensos rodantes de vibraciones expatriadas, desentrañamiento de raíces, salivaciones colmadas de borrasca y reflejos estrellados en cielo. No, tampoco escribano, tampoco lascivias aburguesadas en perfecciones amarillentas, no sabidurías autocomplacientes, no elegías lacrimosas, ni frenesís resignados al papel, si bien un traductor de ímpetus, un aficionado a lo entusiasta, a las ideas con piel; un colono de abstractos, ceñido a mis tribulaciones, oriundo de mis testimonios, nefelibato de pensamientos oceánicos, melero de inevitabilidades, vocero mercurial, palideciendo en eurekas, resuelto en paradojas, polenizando finalidades, cantando císnicamente, con el palafrén de la lira y las uñas del tiempo a golpe de grafemas, a tono con lo indefinido, sintiente de mis preguntas, docto de mis llagas, renuente a lo unívoco y bendecido en trastorno. Conjugador de formas sin modos de connotaciones absolutas de alboradas sin calendarizar minando lo argento de lo impasible deseando rizomas a lo mudable y hélices a lo despeñado. Pero no, no artífice, no un alienante de voces ni conjurador de pasarelas no visto de voyeurismos civilizantes ni voy plegándome en odas y clamos, si bien reincidiendo en singularidades, en sumergimientos obsequiosos en floretes y garatuzas, en cámaras y proyecciones, acaeciendo en figurativos, aconsejando a lo inánime, mesmerizando imperfectos, calumnias demasiado precisas y santiamenes poco dilatados, perfilando para cosmos, punteando para veleta, para biógrafo de utopías, reclutando dicciones para esta guerra, esta conflagración gradual de vacantes, verbalizando, asestando trazos posibles, recuerdos potenciales, cercanías entre comillas, floreando estíos, hirviendo en plasma, drogado de sonetos, encastillado en cloroformos palaciegos, empero transgresivos.
No, ni si quiera un ponente, no soy cómplice de lo empírico, no soy un deudor de grafemas ni escribano de anaqueles, no titiritero de lo recurrente, de notoriedades acaudaladas ni exprimidor de sentidos, ni portal de anécdotas reconocibles; no maquillista de argumentos, ni terapeuta de lo fatídico no soy obstetra de musas, cornucopia de insignificancias, ni de abismos fruncidos. Si bien un testigo de esplendores operario de lo indomable de gatillos contemplantes y lógicas bravías; argonauta de figuras, y temperador de celestas, un confesor epistolar, fugitivo del modernismo emulsionando réplicas, tragicomedias dolientes, paisajista ciego de una especie en estado de interdicción; un inseminador de tempestades disertando en cardinales, asentando desenlaces versificables, prescribiendo muletas a lo acotado, arremetiendo contra retículas orales, escalando cornizas de percepción, hasta la cumbre de la adyacencia, contra las prosodias de la realidad, sobre los cabrillos de la vida, desde la comodidad de mis naufragios y como el último humano de marte.
Y no, mucho menos letrado, no un mascullador de intelectos, jornalero de clímax acordonados, alarife de historias erguibles, de beatitudes aplastantes complacientemente perversas, de mañanas flagrantes y desenlaces paternalistas. No a los rapsodas almidonados no más secreciones por aforo ni erotismo por hostias, si bien un heraldo de lo olvidado, augur de quimeras aurovilianas, bocina de terrores avitrinados, de ofuscaciones tornasol. Un redentor de vestigios sofocleos, de reptiles de fuego y corceles astados con péndolas de turbina y trinos de misil enmantados en carencia, en atriles de desesperanza. Un exhortante de pirocúmulos, orquestador de mausoleos vitales, de cortejos para madrugadas gloriosas, pero solitarias, de apologías indeseables, de osamentas descalcificadas, Universos incongruentes y divinidades renuentes a lo periódico, apócrifas pero familiares, que buscan acometer lo inconmensurable en el quirófano de la honestidad, en el perigeo de lo humano, tropezando voluntariamente en este deploro autoinducido, este patíbulo de tres pistas, esta inquietud de dos dimensiones, abortando tropeles, deleznando añejeces y doblegando inviernos en el endocardio de naturalezas incipientes y relojes internos que cuando caminan se redimen, y en cuanto se explican se detienen.













