I Soy un animal que vive del instinto que el cerebro no lo tiene en el cráneo sino en la entrepierna. Literalmente un lobo que tras devorar a la oveja, le quemó la piel para no tener la posibilidad de vestirse con ella. Algunos me llaman cínico, yo simplemente me considero vorazmente honesto. Se puede decir que mi franqueza es proporcional a mis apetitos. No tiene sentido hablar de mi edad, pero lo que es claro es que a mis 35 cumplí con el ciclo completo de la vida. Es decir, había conocido a alguien, lo había amado profundamente, lo había dejado una y otra vez hasta que él me dejó a mí de forma definitiva. No por otro, sino porque se murió de una forma a la que no puedo llamar trágica pero que tuvo la dosis perfecta de drama. La salida de escena perfecta para un artista como él, que vivió rápido como si desde siempre hubiese sabido que se iba a morir joven. Lo curioso del asunto es que a los 35 no tenía idea de que lo había vivido todo. Lo único que tenía claro era que si no me cuidaba me podía engordar y que si la genética me jugaba una mala pasada tal vez podría empezar a quedarme calvo. En ese entonces en mi cabeza seguía teniendo las mismas cucarachas de las mujeres de mi edad. Lo único que quería era un hombre que no existía. Uno guapo, excepcionalmente bueno en la cama, que siempre tuviera ganas pero que sobre todo me quisiera más que yo a él. Y la verdad es que no era tan imposible esa tarea. Hoy puedo decir que es algo hecho y superado. Dicen que dios le da pan al que no tiene dientes. Es por eso que los últimos años de mi vida, esos abriles que le siguieron a los 35, en los que si bien había sido “feliz”, terminaron siendo una suerte de bonus track en la banda sonora de mi vida. Cursi pero cierto, años que sólo pueden ser comparados con la canción que el día después de la fiesta con dificultad se recuerda. Para algunos es imposible pensar que se ama una sola vez en la vida. Yo estoy convencido que la oportunidad de amar con entrega absoluta es única. Un solo chance de sentir esa clase de felicidad que corta la respiración y que la elimina cuando no sé tiene. Todo lo que pasa después de vivir esa clase de amor es añadidura. Es por eso que no me preocupo si quiera por buscarlo, porque tengo la certeza de que no lo volveré a encontrar. II Conocí a Daniel en un momento en el que ser homosexual era un tema del cual no se hablaba abiertamente. En el que levantarse a alguien era un acto que sucedía generalmente en la oscuridad de la noche o en la clandestinidad de un bar. Sin embargo a él me lo levante a la luz del día, con poca ropa pero con luz. Al inicio, solo observábamos nuestros cuerpos a lo lejos. Sin un hola sólo miradas que se cruzaban en medio del agua, en el pasillo o el parqueadero. Con el pasar de las semanas, a esos “cambios de luces”, se le sumó un “chequeo cruzado”. Posterior al saludo no le siguió la cama, eso es lo que pasó hoy, ayer y anteayer, dos veces por día. En ese entonces yo no era el yo que soy ahora, simplemente era el hombre destinado a ser su primer amor y aunque no lo sabía, también el último. Después de ese primer hola empezamos a entrenar juntos todas las tardes. Sin un acuerdo pre establecido, simplemente parecían los astros y nuestras ganas de vernos estar completamente alineados. Eran los 45 minutos que hacían mi día. Los mismos que esperaba por horas y que inevitablemente corrían con una fugacidad excepcional. Cuando estaba con él recordaba las palabras de mi abuela cuando decía que la felicidad eran fugaces espacios de tiempo, que debíamos saber identificar para no dejarlos pasar ni una sola vez, porque además de efímeros eran esquivos. Era por eso que sin importar lo que pasara a las 4.15 de la tarde siempre estaba allí al otro lado de la piscina, mirándolo de frente, justo antes de sumergirme en el agua y de permitir a mi cuerpo entregarse al suyo en un baile horizontal que si bien no complacía mis apetitos carnales, satisfacía los emocionales. Una coreografía perfecta y milimétricamente diseñada para saciar mis ganas de él. Durante semanas me pregunté cómo sacar nuestra relación del agua para llevarla al mundo exterior. Frente al espejo como un adolescente practiqué mil formas de decirle que quería invitarlo a un trago o comer, sin embargo, cada vez que nos decíamos adiós, y pese a que en sus ojos podía ver sus ganas de no irse, de mi boca nunca salió algo distinto a un nos vemos mañana, que tengas buen día. La tarde del 17 de agosto de 1982, fui yo quien no tuvo un buen día. Como siempre a las 4.15 estuve allí, parado en el borde de la piscina, mirando hacia el frente pero no a él. Mis ojos enfocaban el horizonte como si de esa forma pudieran llegar a alcanzarlo donde fuera que estuviese. Esa tarde mi piel no tocó el agua. Al igual que un gato callejero me mantuve en el borde observando el abismo azul al que no me lanzaría. Me vestí con la moral en el piso y sintiéndome el más estúpido por haberme pasado 60 minutos esperando a que apareciera. Eran las 5.30 p.m. cuando me monté en el carro para irme a la casa y continuar con mi día o en otras palabras para terminarlo. Era increíble que por el simple hecho de no verle mi ánimo estuviera por el piso. Me encontraba a escasas dos cuadras del lugar, cuando lo vi caminando. Sin pensarlo dos veces lo seguí. Como un acosador profesional moví mi carro con la lentitud necesaria para acompañar sus pasos. Una vez más quería gritarle que se montará, que lo llevaba a donde quisiera siempre y cuando me diera el privilegio de verlo sonreír y de contarme lo irrelevante que había sido su día. Sin embargo, las palabras me eran más esquivas que nunca y mi boca no se abrió. Desde la esquina de la calle 81 y la Almudena vi como entró en el que asumí era su edificio. Mientras su presencia se hacía invisible a mis ojos, me recriminé el, una vez más, no haberle hablado. Pensando en eso encendí un cigarrillo y dejé mis pensamientos desvanecerse junto con las columnas danzantes de humo que salían de mi boca. Esa tarde la danza no fue horizontal ni en el agua, fue vertical y tóxica. Estuve ahí parqueado por espacio de dos horas. En mis pensamientos era claro que tenía que irme a mi casa a alimentar a mis perros y a seguir con mi día, pero mi cuerpo parecía no reaccionar. Me mantenía allí, inerte, observando la puerta por la que él había entrado y por la que anhelaba verlo salir. Los minutos pasaban con una lentitud casi agónica. El tic tac del segundero de mi reloj retumbaba en mis oídos una y otra vez haciéndome sentir como si agujas penetrarán mi piel. Continuaba allí congelado, solo pensando y fumando. Debatiéndome entre mis ganas de verle y las de no cruzar la línea hacia el acoso. Salí del carro con determinación dirigiendo mis pasos hacia aquella puerta de vidrio con marcos metálicos. No conté los pasos, solo sé que sentí cada uno de ellos sobre mi espalda. La sensación era perturbadora, no sabía si estaba haciendo lo correcto, pero la vida no se divide entre lo bueno y lo malo, o al menos no siempre. En algunas ocasiones, se tiene que hacer, lo que se tiene que hacer. Sin importar si se cumple la convención social o no. De eso se trataron todos y cada uno de esos pasos. De romper los convencionalismos, de olvidarme del deber ser, de ser visceral, de seguir el instinto hasta que se manifestaran los obstáculos en el camino. El primero de ellos se presentó en el lobby. Tras cruzar la primera puerta me encontré en frente a todos los timbres de los apartamentos del complejo residencial. ¿Cómo saber cuál tocar? ¿Debería jugar al ensayo y error? ¿Pretender que era un repartidor de pizzas y llamar aleatoriamente hasta que diera con aquel vecino que en efecto esperaba al verdadero repartidor, para que abriese la puerta para mí? Esas y otras preguntas cruzaban mi cabeza, mientras detalladamente hacía un barrido visual por el muro. Todos parecían ser iguales. Se trataba de una posibilidad de uno en un millón, una apuesta que claramente estaba dispuesto a tomar. Me debatía entre jugar al “tin marin de do pingue” y lanzar una moneda al aire para un cara y sellazo; cuando se abrió ante mis ojos la respuesta a mi problema. Estaba y siempre estuvo allí, no más allá de la punta de mi nariz. De entre todos los timbres, justo en la mitad se encontraba el 8131. Mi número, el que yo debía oprimir para romper la distancia entre él y yo. Pero ¿cómo podía saber que era ese y no el 8132 o el 2414? La respuesta era simple: era el único que tenía color. Aquellas manchas rojas y grises no podrían ser más que obra de Daniel, en un intento por plasmar su firma en esa pared, junto a ese timbre. Para que yo pudiera saber que era ese botón y no otro el que debía pulsar. Sin dudarlo más acerqué la punta de mi dedo índice al botón. Al hacer contacto con la superficie metálica pude sentir como el frío invadía las capas de mi piel. Sin dudarlo y casi que sonriendo lo oprimí. Segundos después una voz, no la suya, otra; respondió al otro lado de la línea: - ¿Quién es? - Busco a Daniel, pregunté. - ¿Quién lo Busca? - Santiago, respondí. Una fría sensación de nerviosismo se apoderó de mí. Me preguntaba quién podría ser este hombre que cuestionaba al otro lado de la línea. Pensé en si debía mentir o irme, pero ya era demasiado tarde. - Daniel no está. - Pero lo acabo de ver entrar. Refuté, en un acto que reveló mi naturaleza de acosador. - Pues aquí no está y no vuelva, respondió la voz, antes de cortar la comunicación. III Asumiendo mi derrota regresé a mi carro para finalmente hacer lo que debía haber hecho un par de horas atrás. Me recriminaba el haber perdido los estribos, el haber actuado de esa forma descontrolada, tan distinta de mí. Me decía una y otra vez que simplemente debí haberme ido a mi casa y esperar hasta el día siguiente para verlo. Estaría ansioso pero al menos me habría ahorrado esa sensación de haber perdido el tiempo. Con las manos en el timón seguía dudando en dar el paso a la sensatez. Me preguntaba cómo podía ser posible que después todo lo que había hecho no hubiese conseguido verle. Todo lo sucedido no era más que una prueba de realidad. La confirmación de que aunque sabía tanto de él, de su esencia, de su forma de nadar por el mundo; no sabía nada de su vida. Veinte minutos después continuaba allí, a punto de arrancar, en ese microsegundo entre partir y quedarme, perdido en mis pensamientos, dándole vueltas una y otra vez al asunto sin encontrarle un sentido lógico a mi comportamiento de las últimas horas. Aunque me empeñaba en encontrarle una razón a lo irrazonable, algo completamente traído de los cabellos, pero consecuente con lo ilógico de la noche sucedió. Con toda tranquilidad y como si fuera lo habitual, lo convencional, o lo usual, él abrió la puerta se sentó en la silla del copiloto y me dijo: -Tengo que decirle tres cosas: La primera es que si quiere salir conmigo solo me tiene que decir, la segunda es que el tipo que le respondió por el citófono no es mi novio ni mi amante, es mi compañero de apartamento. Un freak que está obsesionado conmigo y que apropósito me acaba de echar de la casa. -¿Y la tercera? -¿La tercera qué? -La tercera cosa. Me dijo que me iba a decir tres cosas y hasta ahora sólo van dos. -La tercera cosa tiene que ver con la segunda. Desde hace diez minutos soy oficialmente un habitante de la calle, no tengo casa y necesito dónde dormir hoy. IV Como en una suerte de acuerdo tácito esa noche durmió conmigo. Nadie dijo nada, simplemente fuimos. Como una consecuencia apenas lógica de aquella noche sin sentido, nos dirigimos a mi casa, tal vez en el que fue el único acto de cordura del día. A esa noche le siguieron no una, ni dos, ni tres. La verdad es que desde el momento en que cruzó por esa puerta nunca más volvió a salir, pudo haber dormido en otras camas y con otras personas, pero nunca logró salir de aquella, la casa que desde ese día dejo de ser la mía para convertirse en la nuestra. Pero ese no es el final de la historia. Aunque no niego que habría sido fantástico tener ese “felices por siempre”, la vida real no es ni a blanco y negro, ni tampoco color de rosa. Nos amamos con una pasión tan arrolladora como el hecho de que pasamos de ser desconocidos a compañeros de vida. Cada minuto que pasamos juntos estuvo cargado de real magia. La felicidad son pequeñas porciones de tiempo que recibimos a cuenta gotas a lo largo de nuestras vidas. Mi relación con Daniel no fue la excepción a esa regla general de la vida. Durante cinco años fuimos felices por ratos y de una forma tal que nuestras vidas quedaron marcadas para siempre. Establecimos un lazo que fue más allá del amor carnal o de pareja. Una suerte de conexión que ni la muerte pudo o ha podido romper. La prueba es que años después de nuestra ruptura final, volvió a vivir conmigo para finalmente despedirse de este mundo. V Era una tarde de jueves, no un miércoles, ni un viernes; cuando como de la nada apareció. Era notable el desgaste de su apariencia, tenía bastantes kilos menos y el cansancio se le notaba en cada gesto y palabra que pronunció esa tarde. Fue directo en su corta intervención, me dijo que se iba a morir y que no quería hacerlo en casa de su madre; porque volver allí significaría haber fracasado en la vida. Como resultado de su visita compramos una casa, yo puse mis ahorros y él su seguro de vida. El trato era que yo sería su beneficiario y una vez el falleciera el seguro pagaría la hipoteca. A simple vista pudo parecer un trato frío y comercial. En la realidad fue algo más allá, tal vez la única forma como podía terminar una historia que nunca fue convencional. Nos mudamos al inicio del verano del 90. Para la primavera del 91, él ya era solo un recuerdo. Uno que se ha mantenido a lo largo de los años. El mismo que una y otra vez me dice que ese tipo de amor y felicidad solo se tienen una vez. Esa voz que me ha acompañado por todos esos abriles que le siguieron a los 35, y que ha sido testigo de mi transformación. Quien sin estar ha sido espectador de las mil veces y una vez más que con ferocidad animal he devorado ovejas y corderos, a quienes mansos o no, he desechado con la facilidad que se escupe la goma de mascar cuando ha perdido su sabor. El mismo que hoy observa en primera fila la sangre que se estrella contra la pared mientras mi cuerpo se despide del último soplo de mi existencia. Para abrazar la verdadera felicidad, aquella que sólo puede sentirse cuando se vuelve al comienzo de las cosas, la única que no es, ni será efímera.