Cuatro sucesivos, arduos y férreos años repletos por gripes, anginas, caos en plural, poco hambre, mucho hambre, tanto café, algunas pérdidas y, sobre todo, deforestación mental. Pero valió la pena, si. Valió la pena ese constante encierro en ese constante laboratorio porque descubrimos algo magnífico. Un grupo de veinte científicos, talentosos y trabajadores (puede ser una sinonimia) llegó a lo que no llegaron tantos en la historia. Ahora el mundo de las ciencias naturales, y sobre el todo el de la biología, cambió para siempre. En el medio hubo de todo, como ya les anticipe. Hubo muertos. Carlos, uno de los capataces, murió a la edad de cincuenta y nueve por supuesto exceso de estrés o por colesterol (no me acuerdo bien) y Santiago e Ismael, que si bien no murieron, se sintieron desterrados de la vida: sus respectivas esposas les pidieron el divorcio por la imperdonable falta de sexo. Hubo neurosis y psicosis: en el proceso, varios de los investigadores enfermaron psiquicamente; estar veinticinco horas dentro de cuatro paredes y con otros neuróticos conduce automáticamente a la histeria, a las fobias, al síntoma, a la depresión aguda y grave. Por ejemplo, Mabel, una de mis compañeras favoritas, se llenó de psicosis. Un día, de la nada, empezó a gritarnos que dejemos de mirarle la parte trasera y los senos (no sabía que tenía) y, créanme, era un delirio; teníamos nuestros ojos ocupados en microscopios y sustancias y en los ADN. Otro ejemplo de psicosis es el de Miguel, otro de los capataces, que adquirió, después de un tiempo, un fuerte delirio de grandeza: “Yo soy el futuro Darwin y todos ustedes son una pequeña parte de dios”. Pasaron otras cosas: nos peleamos entre nosotros, perdimos amistades y familiares, dejamos de viajar por Barcelona y Rosario, dejamos de creer en Dios, nos golpeamos con manos y piernas y cabezas, dejamos de dormir, dejamos de amar, nos olvidamos de la humildad, nos olvidamos de olvidar e intentamos dejar la investigación, pero el objetivo que estaba próximo a concretarse era sumamente tentador. Y finalmente dejó de ser próximo y paso a ser actual. Es el turno de los tributos, de los, quizá, nobeles, homenajes, saludos, abrazos espirituales, de que los que se divorciaron se casen devuelta dos o tres veces, de que el que murió sea feliz al enterarse de que fue por una causa especial, de plagarnos de plata y oro, de emborracharnos después de cuatro años y de cambiar el mundo. Oh, si, mañana empieza el cambio. Mañana saldrá en todos los diarios, no se bien en qué página ni en que categoría, pero en todos los diarios existirá esta noticia. Soy impaciente, soy ansioso, soy nervioso y por eso vine hoy, un día antes, a ayudarlos a dejar de esperar. ¿Por qué esperar? Me parece grosero que ustedes, seres apartados de este fantástico, pero agotador, mundo de las ciencias naturales, se priven de saber esto. Les quiero mejorar el día, la vida, las nubes, la lluvia, la existencia, ¡el sentido!, quiero que sepan esto ya: hemos descubierto, para llenarnos de orgullo y de aplausos, el genoma de la papa.