“Cuando el cielo se haya tornado rojo, es el momento de llamarlos.”
Una debe llevar consigo un cirio verdadero para iluminar el sendero, y un cuenco con lágrimas de una misma, como ofrenda. En el tobillo izquierdo, un brazalete tejido por alguien que te ama, como protección.
La arqueóloga repasaba mentalmente la lista que halló en uno de los manuscritos que tenía en su mesa de trabajo, para mantenerse centrada en el camino y no regresar a la serenidad de su recámara.
Las lágrimas fueron el elemento más sencillo de conseguir, solo le tomó tres lunas recolectar el cuenco entero.
Para el cirio hubo de canjear muchas cosas queridas por ella en el mercado negro.
Pero en definitiva, el brazalete tejido era lo más complicado. Rogó y suplicó a cuantas arqueólogas había en el retiro, sin recibir de ellas más que alguna mirada de burla.
Ninguna estaba ahí para entablar conversación, cada una, recluida en su celda, trabajaba arduamente buscando entre los escritos que les tocaba, la verdad para revivir al mundo.
Solo una vez hizo un amigo, pero ya no lo había visto desde hace varias eras. Su recuerdo la iluminaba más que el cirio verdadero que llevaba en la mano.
Debería estar cerca, tras el recodo del Olmo giró hacia el norte hasta dar con la pared oriental, de ahí siguió el riachuelo hasta su nacimiento, entre piedras resbalosas mientras el sol comenzaba su descenso.
Mirando hacia abajo, veía el centro de la ciudadela. Su hogar, lleno de personas como ella, repasando el pasado. Bueno, como ella no; ella salió a buscar algo en el ahora. Cerca comienza el laberinto, creado para mantener a salvo a los Habitantes, aún de ellos mismos. Que uno de ellos haya llegado hasta el Claustro de las Arqueólogas seguía sorprendiéndola.
Giró de nuevo hacia su camino y siguió andando, guardó el recuerdo del Habitante en un rincón de su mente y pudo continuar.
Mientras el sol caía por el horizonte llegó a la cima, entonces encendió el cirio verdadero y entonó el canto, esperando que el tono fuera correcto.
En la hora mágica, cuando el sol marca un tinte rojo, puso el cirio verdadero sobre una roca y vertió el cuenco de lágrimas por encima de ella, sin dejar de cantar.
Cuando iba por la tercer vuelta, el Elemental surgió al lado suyo.
- Vaya, por fin te dignas venir. - El Elemental la miró de arriba abajo y alrededor, y soltó una risa aguda. - Mira que haber trenzado tú misma esa pulsera, ¿no te da miedo que no te vaya a servir de protección?
- Oh Elemental, vine a esta cima con un único deseo, tener los escritos de los Antiguos.
- Bah, tú siempre tan aburrida. Ve tras de ti, y después de tenerlos no mires de nuevo hacia acá, mejor corre, corre, porque tu brazalete tiene un poco de amor por ti, pero no tanto como para mantenerte segura después de llevarte algo nuestro.
La arqueóloga giró como le fue instruido y sobre el suelo encontró tres tomos. Los acunó entre sus brazos y echó a correr.