Joseph Horowitz: Además de las digitaciones conectivas, ¿aplica algún otro principio especial para ejecutar los pasajes ligados?
Claudio Arrau: Jamás toco dos notas con la misma fuerza. Esa es la única forma de imitar la voz humana. Para lograrlo, es muy importante subir y bajar los brazos y moverlos hacia ambos lados. Es una cuestión de disciplina, de recordar que se debe cantar. Las notas deben moverse en ondas. (...)
JH: Cuando evoca los fraseos vocales en el piano, ¿también trata de imitar las respiraciones del cantante?
CA: En realidad, en la música del siglo XIX, todos los fraseos están relacionados con el movimiento de la respiración.
—Joseph Horowitz, «Técnica del piano», entrevista realizada a Claudio Arrau, compilada en Arrau. Traducción de Claudia Adán.
A menudo se ha escrito que la composición musical y la atracción que ejerce reposaban en una búsqueda sin fin en el fondo de sí de una voz perdida, de una tonalidad perdida y de una tónica perdida; de ello se ha deducido a veces que el gusto que conducía hacia la música instrumental –es decir, hacia la música en la que la melodía podía por fin flanquear los límites de la voz personal– conciliaba esa pérdida de la voz y ese estuche extrañamente formado donde su fantasma instrumental, cordado, podía desplegarse, llamarla a voces y recibirla sin fin y sin auténtica presencia de la apariencia aproximada de un cuerpo humano. La familia de los violines, así como la de las violas, son familias de cuerpos humanos de madera hueca.
—Pascal Quignard, «Un episodio extraído de la vida de Marin Marais» en La lección de música. Traducción de Ascensión Cuesta.