«Este objetivo, como acabo de enunciarlo, ¿no se encuentra en contradicción flagrante con la imposibilidad evidente para el hombre de poder realizarlo alguna vez? Sí, sin duda, y sin embargo el hombre no puede renunciar a él y no renunciará nunca. Augusto Comte y sus discípulos podrán predicarnos la moderación y la resignación, el hombre no se moderara ni se resignará nunca. Esta contradicción esta en la naturaleza del hombre, y sobre todo en la naturaleza de nuestro espíritu; armado con esa formidable potencia de abstracción, no reconoce y no reconocerá nunca ningún limite a su curiosidad imperiosa y apasionada, ávida de saberlo y de abarcarlo todo. Basta decirle: “Tu no iras más allá”, para que, con todo el poder de esa curiosidad irritada por el obstáculo, tienda a lanzarse al más allá. Bajo este aspecto, el buen Dios de la Biblia se ha mostrado mucho más clarividente que Augusto Comte y los positivistas, sus discípulos: habiendo querido, sin duda, que el hombre comiese del fruto prohibido, le prohibió comerlo. Esa falta de moderación, esa desobediencia, esa revuelta del espíritu humano contra todo límite impuesto, sea en nombre del buen Dios, sea en nombre de la ciencia, constituyen su honor, el secreto de su poder y de su libertad. Es al buscar lo imposible como el hombre ha realizado siempre y reconocido lo posible, y los que están prudentemente limitados a lo que les parece posible no han avanzado nunca un solo paso. Por lo demás, en presencia de la inmensa carrera recorrida por el espíritu humano durante los tres mil años poco más o menos conocidos por la Historia, ¿quién se atreverá a decir lo que dentro de tres, cinco, diez mil otros años será posible e imposible?»
Mijaíl Bakunin: Filosofía, Ciencia en Obras completas, Volumen 3. Las Ediciones de la Piqueta, págs. 249-250. Madrid, 1977.
TGO
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